El paciente y la familia: una mirada cercana

El paciente y la familia: una mirada cercana

Dr. Jesús de la Cruz Lombardo

Presentación

La Delegación Pastoral de la Salud de la diócesis de Málaga, con motivo del inicio de curso, me ha invitado amablemente a compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el paciente y la familia e intercambiar mi experiencia como médico con personas que dedican desinteresadamente su tiempo a cuidar y acompañar a los enfermos y sus familias. Mi más sincero agradecimiento a ustedes por escucharme y a la delegación pastoral por concederme tal distinción.

Dos modos de vivir

Alguien dijo una vez que el mundo es camino y la vida el viaje que por él hacemos. No le faltaba razón porque ciertamente vivir es viajar en el tiempo, seguir un itinerario. Y hasta podemos distinguir a dos clases de viajeros: aquellos que van muy deprisa, sin apartarse nunca de su ruta y los que hacen su trayecto no como corredores sino más bien como peregrinos, es decir, andando, despacio.

Sí. El mundo es camino; la vida, viaje o itinerario. Y el hombre, un caminante al que vemos con frecuencia corriendo y con la mirada perdida en lo distante; persiguiendo metas lejanas que lehacen olvidarse de su fragilidad, de su condición vulnerable y la de los demás. Hasta que repentinamente un dolor, un malestar, un desarreglo lo detienen bruscamente, lo sacan de sus proyectos y fantasías y lo devuelven sin miramientos a la cruda realidad.

Todos hemos sufrido esa clase de experiencia alguna vez, en nosotros mismos o en un ser querido: esposa, padres, hermano, hijo. Tarde o temprano la enfermedad entra, o mejor dicho, se cuela en nuestra casa y lo hace sin avisar. Nadie se espera el infarto, el ictus, el cáncer, el accidente… Ni para él ni para ninguno de su familia. Pero cuando llega todos nos preguntamos lo mismo: “¿por qué me ha tocado a mí, por qué a mi familia?, ¡qué injusticia!, ¿cómo puede ser?”. La enfermedad trae consigo preguntas difíciles de responder; con todo, para muchos, lo peor es lo que acarrea: el viaje se detiene, la carrera hacia la meta se interrumpe, el proyecto personal o familiar se paraliza; quedarse apeados o en el dique seco, sin saber hasta cuándo…

En la ruta del buen samaritano

Las metáforas del camino y el viaje me sirven ahora para proponerles algo: seguir los pasos de un viejo conocido: el buen samaritano. Les invito a averiguar conmigo con qué vamos a toparnos.

Un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó se topó con unos salteadores que le robaron y apalearon, dejándolo desnudo y medio muerto. Algunos que iban por ese camino pasaron de largo pero un samaritano “se aproximó y al verlo de cerca se compadeció de él.” (Lc 10, 33) 

El samaritano no llevaba prisa y que tampoco le importaba entretenerse. Por lo visto era de la clase de los peregrinos, los amigos de caminar despacio. Y ¿qué fue lo que le movió a acercarse? La respuesta ya está casi dada: para un peregrino, el otro aunque se trate de un desconocido, es otro peregrino y como tal, expuesto como él a los peligros y vicisitudes del camino. Por tanto, alguien que comparte su destino, un semejante.

El pasaje evangélico deja constancia de que por ese camino iban también otros viajeros que no se detuvieron y prefirieron pasar de largo. ¿Por qué actuaron de ese modo, qué les impedía detenerse? La respuesta tampoco es difícil: sus “importantes” e “inaplazables” quehaceres y tareas, sus metas. Preocupados por la urgencia que les metían y con todo su interés puesto en ellas lo que pasara a su alrededor se les volvía irrelevante e inoportuno.

La mirada cercana

El ejemplo del buen samaritano nos revela algunas cosas interesantes. Su forma de vivir, que recuerda, ya lo hemos dicho, a la del peregrino, se nos ofrece como la preferible a la hora de reconocer al otro como un semejante, particularmente cuando se encuentra en peligro o pasa por dificultades. Y fíjense que he dicho “al otro” (“reconocer al otro”) y no “a los demás”. En la vida, en la realidad no nos encontramos con “los demás” sino con personas concretas: el vecino, el amigo, mi padre, mi esposa, mi hermano… El otro no admite nunca generalizaciones porque es siempre alguien determinado. El plural tiende a desdibujarlo, volverlo abstracto y genérico en vez del alguien concretísimo que tenemos delante, justo aquí y ahora. Por eso, reconocer al otro como semejante obliga al que lo hace a entretenerse con él, esto es, a abandonar temporalmente sus asuntos y prestarle atención.

Y qué averiguamos cuando vemos de cerca lo que le pasa. Por lo pronto, que deja de ser el extraño que divisábamos en la lejanía. Aquel bulto sospechoso se transforma en alguien de carne y hueso, frágil y vulnerable. Prestar atención al padecimiento de un extraño genera siempre esa insólita mutación: el hasta entonces personaje anónimo (sin nombre, sin alma) se humaniza, se vuelve como yo y entonces lo veo como prójimo. Prestar atención convierte al enfermo “abstracto” y “genérico”, en mi prójimo, alguien que me es familiar, alguien de mi familia. Y la gente lo sabe, la gente anda muy fina en lo referente a esta cuestión. Por eso los médicos oímos con cierta frecuencia el siguiente ruego: “doctor, quiero que trate a mi madre como si fuera la suya, quiero que trate a mí hijo como si fuera el suyo”. Por lo que a mí respecta, cuando oigo ese ruego, que algunas veces suena más a exigencia que a petición, me entran ganas de responder también esto: “De acuerdo, pero ¿estará usted dispuesto a verme a mí, en tal caso, como un hermano?, ¿me tratará usted a mí como si yo fuera realmente su hermano?

Todo lo que se diga sobre la humanización de la atención sanitaria y del cuidado de los enfermos pasa por mostrarse conforme con esta obviedad: sin mirada cercana no se reconoce al prójimo, al semejante; sin ella solo se verá un caso clínico más, otro problema social, el pronóstico de una enfermedad… pero nunca a un ser humano atravesando su momento más bajo, aquel en que se halla más necesitado de ayuda y socorro.

Por ese motivo, quien se arrima a un enfermo desvalido y permanece indiferente nos parece un desalmado, un amoral, alguien sin conciencia. Pero lo grave es que eso nos puede pasar y de hecho nos ha pasado a todos alguna vez. Incluso con miembros de nuestra familia. Es de justicia reconocerlo y no caer en la hipocresía. La urgencia de la vida, la prisa que nos meten nuestras obligaciones, la misma masificación de la asistencia hacen que nos comportemos con ellos, sin querer, de un modo parecido. Es entonces cuando el otro se queda para siempre siendo aquel bulto sospechoso para el que nunca nos queda tiempo.

La mejor versión de nosotros mismos

Pero lo natural es que la debilidad e impotencia del prójimo me inciten y provoquen para sacar lo mejor de mí. Al acercarme, el enfermo a la par que me muestra su padecimiento me brinda la ocasión de mostrar mi mejor versión. Por eso, soy yo el que paradójicamente le tendría que estar primero agradecido a él.

El sitio o entorno donde primero aprendemos a valorar la importancia de la salud es precisamente la familia; en ese sentido, se la puede considerar como una verdadera escuela de salud. Cuando el enfermo es un ser querido, alguien de mi propia familia, encuentro la mejor ocasión para mostrarme como el marido o la esposa que tengo que ser, como el hijo, el hermano, el padre o la madre que aspiro a ser y que quizá hasta ahora, por la urgencia de la vida, por mis prisas, metas y obligaciones, no he logrado ni de lejos ser. La enfermedad nunca es bien recibida en casa, aun así, podemos obtener algún beneficio de su lado positivo. La enfermedad nos detiene, interrumpe nuestra marcha, cierto. Pero también podemos aprovechar la pausa para reconciliarnos, para recuperar el diálogo perdido, para rescatar el cariño olvidado, para volver a ser el padre, marido, hijo o hermano que acaso un día fuimos, antes de que nos alejáramos y olvidáramos. El tiempo que dura la enfermedad puede convertirse en una buena oportunidad para recomponer una relación familiar si no rota al menos enfriada. Y el ejemplo de los voluntarios, su ayuda desinteresada, su labor en la sombra, prudente y silenciosa, puede contribuir y acabar también resultando muy eficaz.

Decía antes que la cercanía del otro lo convierte en semejante, en prójimo, en alguien como yo, en una palabra: en persona pero, entiéndase esto bien, persona no en un sentido abstracto sino en la concretísima persona que tengo delante y me mueve a la compasión. La persona como “objeto” de reflexión filosófica o antropológica resulta algo abstracto. Fíjense como la he llamado: he dicho “objeto”, por tanto, tanto valdría decir “cosa” o “tema” de estudio. La persona de esa clase no mueve a la compasión, por la simple razón de que no es real, no la hay aparte de nuestro pensamiento. No nos topamos con ella en nuestra vida. Las personas abstractas son como nuestras ideas y teorías: generalidades.

El enfermo de carne y hueso, que conozco y sé que vive solo y no tiene a nadie que lo lave, lo cambie de ropa o le haga la comida, ni quien converse con él un rato o lo saque para que le dé un poco el aire, ese es el que me mueve a la compasión, el que me muestra cuál es mi verdadero itinerario, el que me guía hacia mi auténtico destino sacando de mí lo mejor de mí. Solo si miro de cerca a ese enfermo y me compadezco de su situación podré ser luego un buen médico, o un buen enfermero o un voluntario realmente útil para él. Y fíjense en esto: la mirada cercana y la compasión son silenciosas, solo las notan la persona que mira y la persona que es mirada. Por eso decía San Pablo que si no pongo caridad en lo que hago solo soy un platillo estridente (1 Cor 13, 1). Sin mirada cercana y sin compasión, mis reflexiones filosóficas, teológicas, éticas o antropológicas no pasarán de ser platillos que aturden o, como se dice también ahora: “humo”. Puro voluntarismo o intelectualismo. Y me las podría perfectamente haber ahorrado.

La compasión no se queda, por tanto, en el plano contemplativo-sentimental, no es sólo ni principalmente la lástima que sentimos por el desvalido sino que abarca mucho más: es un empujón que nos despierta para que hagamos algo positivo y concreto por el prójimo, un empellón que nos saca del extraviado itinerario de nuestros planes egoístas y por el que transitamos a toda prisa en pos de metas tan irrelevantes como absurdas.

La compasión es una fuerzacapaz de volvernos mejores, de sacar la mejor versión de nosotros mismos. Desde esa perspectiva se comprende muy bien al protagonista de la película “El intocable”.

Como recordarán los que la hayan visto, yo desde aquí la recomiendo, va sobre un hombre muy rico que sufre un grave accidente y se queda tetrapléjico. Buscando a alguien capaz de asistirlo se fija en el que menos reúne el perfil para el puesto. Cuando sus allegados le preguntan por qué ha elegido precisamente a ese, responde: porque busco a alguien que no sienta lástima de mí, alguien que no me recuerde continuamente el estado en que me encuentro, alguien que vea lo que antes de nada y de verdad soy, una persona como él.

Ver y actuar: el contacto con el enfermo

Apuntaba al principio que los peregrinos caminan despacio, sin prisa y sin importarles entretenerse con el prójimo. En el modo de conducirse esa clase de personas podemos llegar a reconocer el prodigioso poder de la compasión. Fijémonos, pues, en lo que hace nuestro amigo el samaritano:

Le echó aceite y vino en las heridas y se las vendó. Después, montándolo en su cabalgadura, lo condujo hasta una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios, se los dio al posadero y le encargó: cuida de él y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta. (Lc 10,34-35)

La lástima, por sí sola, no cura de nada. Hace falta actuar. Y hay que hacerlo en persona. El samaritano echa mano de lo que lleva consigo: aceite, vino, vendas… y pone a disposición del otro lo suyo: cabalgadura, tiempo, dinero… Su comportamiento nos hace preguntarnos: ¿Qué llevo yo en mi alforja? ¿Qué tengo que pueda serle útil a este enfermo? ¿Tiempo, simpatía, paciencia, vehículo para transportarlo, fuerza para moverlo, dinero para pagar sus gastos…? ¿O resulta que lo único que tengo son “buenos contactos”, conocidos a los que recurro y de los que solo me acuerdo para pedirles el favor de que atiendan a quien es, en realidad, mi prójimo y no el suyo?

Cuando de verdad nos preocupa lo que le pasa a alguien lo primero que tenemos que hacer es acompañarlo. Otra cosa son los gestos, el voluntarismo estéril, los platillos estridentes.

Ver y actuar: el contacto con el enfermo

Apuntaba al principio que los peregrinos caminan despacio, sin prisa y sin importarles entretenerse con el prójimo. En el modo de conducirse esa clase de personas podemos llegar a reconocer el prodigioso poder de la compasión. Fijémonos, pues, en lo que hace nuestro amigo el samaritano:

Le echó aceite y vino en las heridas y se las vendó. Después, montándolo en su cabalgadura, lo condujo hasta una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios, se los dio al posadero y le encargó: cuida de él y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta. (Lc 10,34-35) La lástima, por sí sola, no cura de nada. Hace falta actuar. Y hay que hacerlo en persona. El samaritano echa mano de lo que lleva consigo: aceite, vino, vendas… y pone a disposición del otro lo suyo: cabalgadura, tiempo, dinero… Su comportamiento nos hace preguntarnos: ¿Qué llevo yo en mi alforja? ¿Qué tengo que pueda serle útil a este enfermo? ¿Tiempo, simpatía, paciencia, vehículo para transportarlo, fuerza para moverlo, dinero para pagar sus gastos…? ¿O resulta que lo único que tengo son “buenos contactos”, conocidos a los que recurro y de los que solo me acuerdo para pedirles el favor de que atiendan a quien es, en realidad, mi prójimo y no el suyo?

Cuando de verdad nos preocupa lo que le pasa a alguien lo primero que tenemos que hacer es acompañarlo. Otra cosa son los gestos, el voluntarismo estéril, los platillos estridentes.

El acompañamiento

¿Recuerdan ustedes cómo se llamaba el pueblo de Andrés y Simón? Betsaida, a orillas del lago  de Tiberiades. Allí malvivía un pobre ciego. Por culpa de la ceguera se alejó de su casa y se perdió. Y los vecinos de la aldea donde fue a parar, ya pobres de por sí, tenían que cuidarlo.

Los ciegos en aquella época vivían en la más absoluta indigencia: hambrientos, desarrapados, sucios, malolientes y solos, terriblemente solos. Los ciegos eran la viva imagen de la indigencia más absoluta.

Un día, Jesús entró en la aldea y los vecinos de Andrés y Simón le llevaron al ciego para que lo “tocase”.

Jesús tomando el ciego de la mano, lo sacó fuera de la aldea, le untó los ojos con su saliva y les aplicó sus manos hasta que poco a poco recobró la vista. Entonces lo envió a su casa y le dijo: no vuelvas a entrar en la aldea. (Mc 8, 26)

La solución “rápida” que buscaban los vecinos de Betsaida revela que su preocupación por el ciego era en realidad superficial. Les daba lástima al tiempo que les suponía una carga. Cuando se enteran de que Jesús casualmente anda cerca, le llevan al ciego para que lo toque. Aunque Jesús no se queda en el gesto de tocar, hace algo más: lo coge de la mano y lo acompaña fuera. Jesús lo pone de nuevo en el camino a su casa, lo devuelve a su familia. Pero los vecinos de Betsaida no lo acompañaron, se limitaron a confiar el ciego a Jesús y a continuación se volvieron a sus asuntos. ¿Ven la paradoja? Jesús coge de la mano al enfermo y lo saca fuera:

Jesús se va con el enfermo, va con él, cogido de su mano. El enfermo nos guía hacia Jesús, nos dice dónde encontrar a Jesús. Por eso, si me desentiendo del enfermo, me olvido también de Jesús, no veo a Jesús, no soy cristiano. Como les pasó a aquellos voluntaristas aldeanos.

Cuando el ciego recobra la vista, ellos ya no estaban allí, no estaban con él, si hubieran estado habrían hecho una fiesta por su curación. Por eso Jesús le manda: no vuelvas más a la aldea.

Ahora vemos claro cuál es el fruto del acompañamiento: el ciego se vuelve a poner en ruta, como el peregrino que realmente es, y esta vez no se pierde porque ahora sabe muy bien cuál es su camino. Y nosotros también, por mediación de él.

El médico o el enfermero atienden los síntomas de un enfermo, hacen lo que se espera de ellos: actuar técnicamente, profesionalmente. Pero el cuidador o la voluntaria, como cristianos, pueden ir aún más allá: al coger de la mano a esa persona y acompañarla, la sacan fuera del angosto cobertizo donde vive a causa de su enfermedad, de ese modo, la liberan y le ayudan a recobrar su dignidad.

Una ayuda desinteresada: el nombre del samaritano

Cuando actuamos sin esperar obtener ningún beneficio a cambio, entonces el fruto de nuestra ayuda lo recoge enteramente el enfermo. No esperar nada, ni siquiera reconocimiento, nos convierte también en nada y para un cristiano eso, ser nada, es lo mejor que le puede pasar.

Convertido, pues, en un personaje anónimo, sin nombre pero a la vez cercano, el hueco de su identidad ahora vacía lo rellena enteramente la generosidad, la misericordia, la humanidad, la bondad. Esos son los verdaderos nombres del samaritano. Esa es, como cristianos, nuestra única y auténtica identidad. ¿Qué importa el nombre? ¿Qué importa quién seamos? Los nombres se olvidan, las trayectorias acaban borrándose y lo hacen mucho antes de lo que acaso imaginamos pero la compasión, su sello nadie lo puede borrar.

Dar es darte

El mundo desarrollado tiene muchas ventajas. Una de ellas es la riqueza de recursos sanitarios y la accesibilidad a los mismos. En este sentido las sociedades modernas se han vuelto bastante eficaces y eficientes atendiendo los problemas de salud de sus ciudadanos.

“Garantizar” el acceso a la salud dotando de medios materiales y de profesionales a los servicios sanitarios y sociales es un objetivo prioritario de los estados. Pero fíjense en los términos que vengo empleando: “recursos”, “servicios”, “ciudadanos”, “problemas de salud”.

Todo muy técnico y profesional. Desde esa perspectiva, el acompañamiento de los voluntarios sobra, el acompañamiento de la familia sobra porque los profesionales ya se encargan de todo. Pero sin la cercanía, la figura del enfermo se desvanece: el enfermo, la persona de carne y hueso se convierte en algo indeterminado. Sin acompañamiento familiar el enfermo es tragado por la enfermedad, el ciego se queda para siempre en la aldea con su ceguera. Puede que sea bien atendido pero solo prestando asistencia no queda todo resuelto. Prestar asistencia no es lo mismo que prestar atención, solo las personas reales pueden prestar atención. Los medios técnicos y los profesionales se quedan en el síntoma o la enfermedad, les pasa lo que a los vecinos de Betsaida, “tocan”, asisten y desaparecen. ¿Cuántas veces al dar el alta a un paciente crónico me he preguntado cuánto tiempo tardaré en volver a verlo por el hospital? Eso es lo que me ocurre cuando actúo como profesional: hago mi trabajo, cumplo mi función y doy el alta. Como médico no doy para más. Mis ciegos siempre acaban volviendo a la aldea. ¿No es para echarse a llorar? En realidad, me echo a reír porque el enfermo me enseña, una vez más, lo limitado que soy solo como profesional y a mí eso me produce mucha gracia.

Pero ¿y cómo cristiano? Cuando salgo del trabajo ¿qué llevo en mi alforja que aún pueda dar? He dejado de ser un profesional y me quedo solo con lo personal, lo propio, lo que necesito para mí. El aceite, el vino y las vendas que me reservo para mí y los míos. Si doy también eso, entonces me pongo en peligro yo. Todo eso es cierto, es la pura verdad. Descender al nivel donde se halla él débil y desvalido siempre es arriesgado y complica bastante la vida del que lo hace. Cuando yo me pongo en tu situación, cuando yo me hago tú, cuando en tu debilidad me hago uno contigo, te hago fuerte a ti sin importarme que me debilite yo: me encuentro, como Simón de Cirene, con el peso de la cruz sobre mis espaldas pero con un auxilio inesperado: la fuerza de la compasión. Como le sucedió al propio Simón.

La salud y el bienestar. La medicalización de la vida

No voy a echar mano de ninguna definición. No creo tampoco que sea menester. Voy a ser práctico y me apoyaré en lo he venido diciendo. Por eso les pido que tampoco sean demasiado rigurosos conmigo.

“Salud” es aquel estado físico que me habilita para continuar mi itinerario, para seguir “haciendo” mi vida. Vista así resulta obvio lo que pasa cuando se quebranta por una enfermedad: entonces sufro una merma de mi autonomía y la vida se me hace “cuesta arriba”.

La enfermedad es aquello que no me deja caminar, lo que me incapacita físicamente y me frena en mi camino hacia lo que tengo que ser. La enfermedad me limita y me vuelve dependiente de los demás.

El “Bienestar” es el modo como percibo que estoy sano, no solo sensorialmente sino también espiritualmente. Al bienestar lo identificamos con un estado de satisfacción, comodidad, placer y también, con la seguridad, confianza y tranquilidad.

La salud nos hace pensar en la vida, en su gravedad y dramatismo. Solo nombrarla nos inquieta y alarma. El bienestar en cambio no posee ese matiz sombrío y parece tener ojos solo para la felicidad. En este sentido, el bienestar es engañoso y lo que nos muestra, a menudo, irreal.

Todos sentimos la tentación de esquivar el componente grave y dramático de la vida. Todos sabemos que pasar por la vida supone asumir riesgos, peligros, complicaciones, dificultades pero al mismo tiempo abrigamos la fantasía de salir indemnes. Por eso casi nadie está preparado para enfermar. A la enfermedad nunca se la espera y cuando llega nos quejamos de que lo haya hecho demasiado pronto y sin avisar. La enfermedad nos desorienta, nos impide realizarnos, pugna para que olvidemos nuestro itinerario, para que perdamos el sentido del vivir. La enfermedad, a la fuerza, nos muestra crudamente que no hay vida sin dolor, sin miedo, sin sufrimiento; que nadie sale indemne y que tenemos, queramos o no, que asumir ese destino. Entonces emerge la tentación: no quiero dolor, no quiero ansiedad, no quiero tristeza. Necesito analgesia, ansiolíticos, antidepresivos… Y me expongo a un peligro nuevo y diferente: mi vida corre el riesgo de convertirse en una existencia medicalizada, dependiente, enganchada a los fármacos del bienestar. Sin ellos no puedo seguir ni siquiera cuando ya me he curado de la enfermedad.

El acompañamiento se vuelve decisivo en esta coyuntura y, sin duda, donde da sus mejores frutos, es en el ámbito familiar. El pariente enfermo lo que más demanda en esta hora de pesadumbre es sentirse arropado por sus seres queridos. No es el momento de los consejos fáciles, ni de las correcciones sino de guardar un prudente silencio, un silencio cercano y respetuoso. No perder de vista a los platillos estridentes. Nada de rigideces, nada de forzar, lo mejor es ser indulgente y sobre todo escuchar. Escuchar sin interrumpir, sin matizar, sin corregir.

El respeto al otro. La reciprocidad

Y para concluir quisiera dedicar algunas palabras a la importancia del respeto. El respeto al otro y la reciprocidad.

El respeto consiste en mirar al otro como a un semejante. El otro no es una cosa, cosa es lo que le pasa, cosa es la enfermedad pero él mismo no es una cosa, es una persona como yo. El respeto es la clave de la humanización, y por ende, lo opuesto a la cosificación. Pero esto ha de ser entendido también en un sentido de ida y vuelta. Al enfermo le conviene saber que yo no lo puedo ayudar como persona si ignora mi condición personal.

Si me miras como “cosa”, es decir, solo viendo mi oficio o profesión, o peor, el recurso, el medio o instrumento que usas para que te traiga y te lleve, para que te suministre tal o cual medicamento o para que te arregle tus papeles entonces es que no me ves y entonces caes en la paradoja del ciego.

Estoy convencido de que los que nos dedicamos por nuestra profesión a atender a los enfermos también tenemos el derecho a que fuera del trabajo se nos deje de seguir viendo solamente como profesionales: médicos, enfermeros, cuidadores… Y se nos mire de cerca, a los ojos, las puertas del alma, para descubrir que también somos humanos y que lo único que nos mueve es ayudar, ayudar desinteresada pero libremente.

Muchas gracias por su atención.