La mirada de Jesús al enfermo

La mirada de Jesús al enfermo

Mariola López Villanueva, rscj

Dichoso el que socorre al desvalido y al enfermo el Señor lo guardará y lo hará vivir” (Sal 40, 2)

Agradezco la invitación, es un honor para mí estar entre vosotros. Compartimos mi madre y yo mucho tiempo con enfermeras y médicos de la planta quinta de oncología del hospital de la Arrixaca en Murcia. Aún guardamos el recuerdo de algunos de ellos, su interés, su sensibilidad, su cariño, jugaron un papel muy importante para ayudarnos a despedirnos de mi hermano, tenía 49 años y era un chico inocente. Desde entonces siento gran estima y gratitud por todas las personas que trabajan con enfermos.

Dice Eduardo Galeano en una de sus historias:

Oriol Valls, que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de Barcelona, dice que el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien.

Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los ancianos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos.

Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje.

¿Cómo atinar lo mejor posible con ese viaje que es nuestra vida? Vosotros compartís cada día sus vidas, la mayor parte de ese viaje, con personas a las que la enfermedad ha dejado en una situación de fragilidad y es en esos momentos cuando más se necesita una mirada amiga. Vamos a volvernos hacia Jesús para aprender de él… Cuando le acusan de comer con impuros y pecadores, se muestra muy consciente del lugar que ha elegido en la vida: “no necesitan médico los sanos sino los enfermos”. Y va descubriendo poco a poco esa capacidad de sanar, de aliviar sufrimiento, de dar respiro … que Dios va a hacer pasar a través de él… Ser terapeuta del Espíritu se va a convertir en la misión principal de su vida.

Jesús se va a relacionar con los enfermos en el camino, en la casa, en la sinagoga, en la calle … en lugares públicos y privados, cualquier espacio se convierte en lugar de encuentro y de reconocimiento del otro. Relata Marcos que “al atardecer le llevaban todos los enfermos” (Me 1,32-34). En la antigüedad se da un título a Jesús, él es para la gente el “médico que cura de balde”.

No sé si alguna vez nos hemos preguntado por qué Jesús tardó tanto tiempo, 30 años, en una época donde la esperanza de vida no era más de cuarenta y pocos, en anunciar el Evangelio, y en hacer gestos que cuidaban, sanaban y potenciaban la vida. Quizás él también necesitó recibirse primero de la mirada y las manos de Dios, dejar que este amor fuera tomando poco a poco su corporalidad y su manera de situarse junto a otros.

1. Bendita mirada

Jesús se recibe desde una mirada de bendición. Todo su tiempo en Nazaret fue acoger sobre él esta mirada que veía su vida buena y preciosa. Vamos a recordar un momento los pasajes bíblicos de la creación. El primer contacto de Dios con el ser humano es un contacto de bendición, y ¿cómo se expresa esa bendición?

“Vio Dios lo que había hecho y era muy bueno” (Gn 1), bueno y precioso … Nacemos con esa mirada sobre nosotros, con una bendición original, la vamos perdiendo y toda nuestra tarea consiste en recuperar esa mirada de bendición sobre nosotros y sobre el mundo. ¡Con cuánto más motivo sobre aquellos rostros tomados por la enfermedad!

El deseo originario y elemental del niño es que su madre le dirija una mirada de amor y le sonría. Esta mirada primordial que da al niño la justificación de su existencia le dice: “Eres bienvenido a esta tierra”. Esto es lo que queremos experimentar continuamente.

Esa mirada de sostén y protección, una mirada de apoyo.

Necesitamos experimentar también nosotros esa mirada sobre la propia vida, esa mirada que me ve buena y preciosa, que se alegra de que exista, que me ofrece el espacio que necesito para crecer. Si no recibimos primero esta mirada sobre nosotros difícilmente podremos darla. Porque luego constatamos que hay otro tipo de miradas, también en los pasajes del Evangelio, miradas de los que murmuran, de los que miran mal, de los que desconfían, de los que no esperan nada nuevo de la realidad, de los que ponen siempre el ojo en lo que falta, en el límite … Son miradas flecha que se clavan allí donde miran o que ignoran y no ven: Una vez me dijo una mujer de su marido: “hace diez años que me mira sin verme”. Y necesitamos “ser vistos” para vivir… Frente a esas miradas que nos desdicen, dar volumen a las miradas que nos hacen bien, a la mirada copa, que acoge, que deja ser, que ofrece confianza … que en vez de subrayar el límite nos hace caer en la cuenta del don.

Una compañera lleva muchos años en Uganda vinculando su vida con la gente más olvidada y me contaban sobre ella: “Se sienten personas ante ella. Se sienten tratados con dignidad y se abren en su presencia como una flor. ” Una anciana ciega le puso el nombre de Lluvia … Que podamos sentir- como el mismo Jesús experimentó- esa mirada de bendición sobre nuestra vida, como un agua suave que empapa nuestra tierra, y que abre en nosotros lo mejor.

Necesitamos dejar que el Evangelio y los otros nos vayan sanando la vista, nos vayan despertando y podamos llegar a ser hombres y mujeres de ojos grandes, que contemplan la vida en su hondura y en su vulnerabilidad y, también, en sus infinitas posibilidades.

Cuando nos abrimos a otras miradas, cuando llegamos a poder mirar por los ojos de aquellos que están en un lado de la vida distinto del nuestro, se ensancha nuestra capacidad de percibir y de agradecer la realidad. Nuestros modos de mirar dependen del lugar donde estamos situados. Vuestro lugar es un lugar de dolores y aprendizajes, de muerte y de vida, donde se relativizan muchas cosas y uno está sencillamente ante un ser humano vulnerable, frágil, que lleva la enfermedad de la mejor manera que puede, unas veces con paciencia y otras veces peor, y que reclama una atención y un cuidado que a veces podéis dar y otras veces también vosotros estáis como podéis.

En un hermoso artículo, Gustavo Martín Garzo, narra el modo de mirar de Renoir:

“Renoir no pinta para preguntarse por el sentido de las cosas sino para celebrar que están a nuestro lado. Y esa es la razón por la que sus cuadros gustan tanto porque son un conjuro contra las pérdidas de la vida. Su pintura no habla de lo que perdemos, sino de lo que inesperadamente regresa a nosotros. Toda la pintura de Renoir gira sobre el misterio de la proximidad. No le interesa tanto el objeto en sí o lo que representa sino su vecindad con los hombres … Incluso cuando pinta lagos, bosques o flores, Renoir lo que pinta es a los hombres mirando. Sus cuadros hablan de ese misterio de la cercanía, que es el misterio de nuestra mirada”1.

Jesús se va a recibir cada día de ese misterio de cercanía, de esa proximidad, de esa mirada del Padre que recrea su vida, que le desvela todo el potencial que hay en ella, que va tejiendo en él una mirada cálida y amorosa hacia los otros. Poro a poco irá descubriendo a lo largo de su tiempo en Nazaret el poder de acariciar y embellecer que guardan nuestros ojos y que se va a ir desplegando en él cuando se encuentre ante personas enfermas y dolientes.

Vamos a contemplarlo junto a una mujer que ni siquiera tiene ya fuerzas para hablar, ni para expresar lo que le ocurre.

2. El potencial sanador de esos ojos

Cuenta el Evangelio que era sábado, Jesús estaba enseñando en la sinagoga y había allí una mujer que, desde hacia dieciocho años, estaba poseída por un espíritu que le producía una enfermedad; estaba encorvada y no podía enderezarse del todo (Lc 13, 10- 17). La mujer sufre esta condición durante dieciocho años, casi tres ciclos vitales. Vuelta sobre sí misma, sin horizonte, no puede mirar de frente, ni entrar en una relación de reciprocidad, carga durante demasiado tiempo un peso excesivamente grande ¿Culpa, vergüenza, resentimiento? ¿Estaba enemistada con alguna realidad de su propia vida? Es una mujer que desconoce su verdadera talla. Lleva años bloqueada, privada de su propio potencial. Su cuerpo encorvado se hace para Jesús, lenguaje, grito, petición.

Nuestro cuerpo habla más verdaderamente que nuestras palabras, lo que irradiamos dice de nosotros.

Una biblista norteamericana que estudia los relatos de curación en el Evangelio comenta: “Llama la atención que las mujeres no son afligidas por enfermedades clásicas-ceguera, sordera, mudez, parálisis- que según las profecías del Antiguo Testamento el Mesías venía a sanar. Sino que las mujeres aparecen sanadas de enfermedades que no tienen paralelo con los varones: fiebres, curvaturas, hemorragias… No se trata de miembros o extremidades afectadas sino de dolencias que tocan a la persona entera, de modo que la sanidad tiene también el efecto de restauración social, de reintegración en la red de relaciones. Su sanación es señal del surgimiento de una nueva manera de configurar las relaciones” (Elisabeth Moltmann- Wendel).

El País, 20-11-2010.

Narra el Evangelio que Jesús “al verla la llamó”. Jesús la vio. Toda la realidad nos entra por las puertas de nuestros ojos. Cultivar la espiritualidad en nuestra vida cotidiana tiene que ver con aprender a mirar de otra manera. Con dejar de pasar a los demás, y a lo que acontece, por el filtro del propio yo y aprender a observar sin calificar, sin medir, sin enjuiciar; simplemente recibiendo lo que hay, dejándolo ser, dándole espacio.

Jesús nos habla del ojo sano. “Si tu ojo está sano todo tu cuerpo estará lleno de luz” (Mt 6, 22).

Dieciocho años llevaba esta mujer encorvada y nadie la había mirado como Jesús aquel sábado. Necesitamos sanar nuestra mirada, la sana el silencio y la sana la capacidad de asombrarnos. El jefe de la sinagoga reprocha a Jesús su curación en sábado (nos pueden reprochar muchas cosas: el exceso de tiempo dedicado, el total para qué… ese gesto no va a solucionar nada, las cosas van a seguir igual… ). Entre todos aquellos hombres que contemplan la escena, sólo Jesús es capaz de ver a la mujer en su realidad herida y en su confusión; de llamarla y de tocarla en su ser más hondo. Al buscarla con la mirada, Jesús la hace salir de su soledad y de su anonimato. Importa para él. Y ya sólo eso trae salud, saber que somos únicos y amables para alguien. Jesús sanaba a las personas amándolas allí donde estaban. Hizo del tiempo sagrado, el sábado, un tiempo de sanación.

Un ojo sano, una mirada sana, es aquella que sabe ver al otro en lo mejor de sí mismo, en su misterio único, en su originalidad; en todo su potencial latente aún por acontecer y que sabe tomar también sus aristas, su parte de sombra, sin rechazar nada. Una mirada que descubre la vulnerabilidad por debajo de la aparente dureza, que reconoce la bendición que se oculta detrás de la herida. Una mirada amable e incondicional que ofrece el espacio para que nuestros nudos puedan comenzar a desatarse.

Jesús va a curarla con su mirada y también con su voz. Al decirle “mujer, quedas libre de tu enfermedad”, la está desatando, la está devolviendo a su ser esencial. Hay palabras que nos restablecen la salud. Dicen que hay seres capaces de ser curados por una voz, por el material sonoro de una voz determinada.

Mi madre decía de la última consulta en el ambulatorio al que va en el pueblo: “antes el médico te miraba y te tocaba un poco, ahora mientras le hablas sus manos están en el teclado y su mirada en el ordenador. .. “.

3. La mirada y las manos

Jesús aprende que la bendición de la mirada para tejerse necesita conectar con nuestras manos. Los niños pequeños necesitan ser tocados para crecer, los enfermos también. Cuando venimos al mundo lo primero que experimentamos es que alguien nos recibe y nos toca y también seremos tocados por última vez algún día. ¿Hay acaso amor verdadero que no extienda la mano para tocar y abrazar la realidad del otro? El contacto es sinónimo de calor, afecto, atención, presencia y ternura. También expresa reconocimiento, y seguridad. Necesitamos tocar y ser tocados para vivir, una espiritualidad que arraigue en nuestras manos.

Vemos cómo Jesús a veces cura con sus palabra, y a veces necesita tocar. Hay una escena deliciosa por su sencillez en el capítulo 1 de Marcos. Jesús va a casa de Simón y allí le dicen que su suegra está con fiebre. Tener fiebre no es aparentemente algo grave pero sí suficiente para que nos encontremos sin fuerzas, a medio gas. Relata Marcos que “Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó” (Me 1, 29-31). Si se nos perdiera el evangelio, este versículo recoge todo el ministerio de Jesús:

“Se acercó”, hay una proximidad querida por parte de Jesús, una cercanía positiva. En este caso no es la mujer la que le pide que la cure, sino que Jesús había oído hablar de ella y él mismo toma la iniciativa y se acerca. Jesús establece una relación empática con la persona. Cada enfermo es único para él. Su manera de acercarse es provocando confianza. Jesús comprende lo que la otra persona está viviendo, se pone en su lugar, le hace sentir que conoce su necesidad.

Es muy importante transmitir comprensión: ser capaces de centrarnos en la persona, de estar atentos a ella, de comprender su experiencia y evitar las respuestas simples y fáciles. Para transmitir comprensión es necesario aceptar incondicionalmente los sentimientos de la otra persona.

Esta cercanía, esta proximidad de presencia, es lo primero que necesitan los enfermos. Una enfermera contaba: “Entre mis recuerdos más inolvidables conservo el de una visita realizada hace unos años a una magnífica residencia para ancianos en Inglaterra. Era un edificio espléndido, tenía capacidad para cuarenta residentes a los que no les faltaba de nada. Pero me di cuenta que no había ni un solo rostro sonriente. La mayoría estaban pendientes de la puerta. Una institución religiosa se hacía cargo de la residencia.

Pregunté a la hermana que estaba de guardia: – “¿Cómo es que ninguno sonríe? ¿Por qué no dejan de mirar a la puerta?”

– “Ocurre lo mismo todos los días. Están permanentemente a la espera de que alguien venga a visitarlos. Sueñan con un hijo o una hija, algún miembro de la familia que venga a verlos … ”

La soledad era la expresión de su pobreza, la pobreza de encontrarse no deseados, no buscados, por sus familiares y amigos. La pobreza de que tu vida no importa mucho para otros. Es la pobreza que más sienten los ancianos.

“La tomó de la mano “, este gesto lo repetirá mucho Jesús en el evangelio. “Se es cristiano por dar la mano” (Peguy). Jesús toma de la mano a la mujer dándole confianza para que pueda desplegar su vida. Él es alguien que provoca confianza a través del tacto, esa mano que serena en la angustia.

Tocar significa comunicarse y confiar, sentir de una forma humana la vida del otro, compartiendo su espacio de vida: su casa, su habitación … Dar la mano tiene una virtud sanadora, pacificadora, sobre todo en los enfermos especialmente graves e incapaces de hablar.

“La levantó”. Jesús levantó a la mujer, la puso de pie, le devolvió todas las posibilidades de acción, de ser ella misma… Qué alegría cuando el otro puede incorporarse, cuando el enfermo puesto en pie se despide.

Poner de pie es interesarnos por las cosas del enfermo, aunque diga cosas sin sentido, es hacerle sentir que en medio de su enfermedad su vida es digna de reconocimiento y afecto. Hacerle sentir que nos importa, que es valioso para Dios y para nosotros.

Una persona me contó una vez hablándome de lo que otra le había ayudado: “no me curó de la enfermedad sino más adentro, me transmitió sabiduría y coraje para mirar la enfermedad de otra manera”.

Si seguimos con el relato de la mujer encorvada, vemos que Jesús además de poner en juego su mirada y su voz necesita dar un paso más: establecer con la mujer un contacto sanador. Libera en ella las fuentes del amor que permanecían ocultas y obstruidas.

Señala el Evangelio que Jesús: “Le impuso las manos y en el acto se enderezó y daba gloria a Dios”. (Lc 13, 13). La mujer se abre ante Jesús cuando la toca. Qué poder tienen nuestras manos cuando las tendemos llenas de bendiciones.

Impresiona que la mujer no tiene que hacer nada fuera de su vida, ni siquiera ir al templo o hacer una oración, para dar gloria a Dios. Es su propio cuerpo puesto en pie, es su propia vida circulando sin ataduras, la liberación de sus fuerzas afectivas, la posibilidad de mirar otros ojos sin temor y de entrar en comunicación .. lo que la hace experimentar una relación nueva con la vida. Respirando con anchura da gloria. Sólo respirando y siendo ella misma.

Al tocarla, Jesús abrió la fuente originante de su vida. Todos somos un poco como esta mujer y podemos reconocernos en su anhelo de sanación y de abundancia de vida. Y podemos ser también como Jesús para lo demás, cuando nuestra mirada está sana, nuestras manos conocen el silencio y nuestra voz es capaz de tocar con calidez el lado vulnerable de los otros.

4. Los cuidados del amor

Vamos a continuar recorriendo este modo de mirar de Jesús que asiente ante la vida herida del otro, la afirma, le ayuda a desatar sus nudos; le aporta una mirada que pacifica y deja ser, finalmente le dirá: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad” (Lc 13, 12).

La enfermedad ya no tiene poder sobre ti, ya no seguirá disminuyendo tu vida, eres más que tu enfermedad.

Necesitamos aprender “los cuidados del amor”. Fue leyendo la novela “Hombre lento”, del sudafricano premio nobel de literatura J. M. Coetzee, donde encontré esta expresión.

La novela narra de manera honda y conmovedora el aprendizaje ante la vida de un hombre en un momento de gran vulnerabilidad, le han amputado una pierna y le cuesta sentirse dependiente de los otros. Bajo los cuidados de Marijana, una enfermera inmigrante de origen croata, va poco a poco recuperándose. Mientras él busca la manera de conquistar su afecto, recibe la visita de una escritora que le desafía a tomar las riendas de su vida. El diálogo entre ellos me dio la clave. En una de sus conversaciones, esta mujer le dice:

– La clase de cuidados que busco por desgracia no los dan en ningún hogar de ancianos que yo conozca.

– ¿Y qué clase de cuidados son esos?

– Los cuidados del amor.

– Sí, eso es difícil de conseguir hoy día, los cuidados del amor. Puede que tenga usted que conformarse con un buen asilo. Se puede ser una buena enfermera sin amar a los pacientes.

– Así que ese es su consejo, que me conforme con enfermeras. No estoy de acuerdo, si tuviera que elegir entre una buena enfermera y alguien con las manos llenas de amor, elegiría el amor sin dudarlo”

¿Se puede realmente ser una buena enfermera, un buen enfermero, sin amar a los pacientes? Desde Jesús sabéis que no. En mi experiencia con mi hermano en la planta de oncología encontré enfermeras que manifestaban su cariño, su atención… que de verdad ofrecían esos “cuidados del amor”.

Siempre hay grados, pero creo que como profesionales sanitarios cristianos ese es vuestro regalo, vuestro don, ofrecéis los cuidados del amor: una calidad de atención, de presencia, una ternura personal, un interés por sus vidas más allá de su enfermedad, la oración por ellos … ¡Que fácil decirlo así “desde fuera” y que difícil vivir todo esto

J. M. COETZEE, Hombre lento, Mondadori 2005, p. 257

desbordados de trabajo! Vosotros sabéis mejor qué significa estar ante ellos con una presencia amable, sonriente… Lo que es claro es que Jesús prodigaba esos cuidados y que eran parte fundamental de la sanación porque llegaban a ese lugar del corazón para el que no hay medicamentos, ni remedios, donde como dice un proverbio africano sólo “el ser humano es la medicina para el ser humano”.

En tiempos de Jesús el peor de los sufrimientos de los hombres y mujeres afectados por enfermedades impuras, y el de muchos enfermos, era el de sentirse solos, no queridos, no aceptados … Jesús, con su ternura hacia la persona herida, le restaura su dignidad y le hace sentirse que importa para alguien, valida su vida, la hace valiosa. Ser pacientes y amables con los enfermos, con una presencia cordial. El amor hace que nos sintamos personas, el cariño siempre es terapéutico. Jesús devuelve a los enfermos el sentido de su vida, porque el sentido de nuestra vida nace de la relación con los demás.

Miremos esos cuidados del amor de Jesús ante otros enfermos, ante el hombre ciego (Mc 8, 22-26). “Tomando al ciego de la mano “: él aún no se ve, pero alguien le da la mano para iniciarle, una Presencia toca su vida y lo conduce, llevándole de la mano, a través del contacto físico le da seguridad. El hombre se pone a caminar … empieza un proceso.

“Poniéndole saliva en los ojos” Se pone saliva para ablandar el barro, y también para curar (lo hacían antiguamente las madres con los niños). Es un ritual de recreación. Jesús modela el barro de sus ojos, le abre, le acaricia allí donde está su herida … “Le volvió a poner las manos”, con esa paciencia que le va abriendo a la persona poco a poco la capacidad de ver las cosas de otra manera.

A la mujer que padecía flujos de sangre en el capítulo 5 de Marcos, una mujer impura

que se atreve a tocarlo rompiendo un tabú, Jesús le dirá al final: “Hija, tu confianza te ha sanado, vete en paz y queda curada” (Mc 5, 34).

Jesús tenía la gracia de conceder autoridad a cada persona, de devolverle su dignidad, de remitirla a sí misma, de ayudarla a conectar con su ser profundo. Nunca decía “yo hice esto por ti, o yo te dije”. Remitía a la persona a su ser más hondo: “tu confianza te ha sanado”.

La mirada y la presencia de Jesús pacifica y deja ser; esa paz tiene que ver con sentirnos aceptados en lo que somos, con ser capaces de abrazar lo contradictorio en nuestra vida.

Quien hace este trabajo en sí mismo es capaz de aceptar las incoherencias y contradicciones en otro ser humano y no se confunde. Desde su amor observa y comprende que aún no han integrado los diferentes aspectos de la otra persona.

Hay un gesto simbólico que nos ayuda cruzar las manos sobre el pecho. Un gesto de abrazo a uno mismo. Abrazo todo lo fuerte y lo débil que hay en mí, lo sano y lo enfermo, lo íntegro y lo roto, lo amado y lo detestado, los logros y los fracasos, la confianza y el miedo, la alegría y la tristeza, la agresividad y la compasión, lo claro y lo oscuro … Poder abrazar con amor nuestras polaridades. Eso le dicen a ella las palabras de Jesús: “hija, vete en paz y queda curada”.

Por último vamos a mirar cómo es esa presencia de Jesús que se muestra también vulnerable, que reconoce la vulnerabilidad como un espacio de gracia, de humanización.

5. Una presencia que acompaña

Hay unos relatos en el Evangelio que tendríamos que mirar más detenidamente y son aquellos en los que Jesús se muestra muy humano, más de lo que a veces nos atrevemos a mostrarnos nosotros. Nos cuenta Juan en el capítulo 11 que ante la enfermedad y la muerte de Lázaro “Jesús rompió a llorar” (Jn 11, 35). Nos hace bien ver a Jesús vulnerable, afectado, dejándose conmover y mostrándolo. Me viene el relato de un médico, Ángel García Forcada, él cuenta:

“Mi paciente sufría un cáncer de lengua y en sucesivas intervenciones quirúrgicas perdió lengua, mandíbulas y mejillas. Ya muy al final, cuando no podía hablar, nos comunicábamos por escrito. Recuerdo cuando lo visité tras haber contraído yo matrimonio. Él pidió un papel y escribió: ‘doctor, veo un anillo en su mano, parece que se ha casado, le felicito’ … Aquel hombre con una sonda en la nariz y un goteo continuo de morfina, fue capaz de salir de sí mismo e interesarse por mí, por mi reciente matrimonio. Salí de su cuarto, fui al despacho y rompí a llorar”.

Cuando Jesús se emociona y llora junto a María por la pérdida de su hermano, él también aprende que compartir la vulnerabilidad nos hace bien, hay un vínculo que se teje ahí que no se anuda en ningún otro lado. Son como bendiciones disfrazadas que sólo se reconocen después que se viven.

Una mujer muy sencilla de Gran Canaria me contaba: “Conocí a una mujer africana inmigrante que venía a Cáritas a la parroquia. Por entonces yo había perdido a mi hermano con el que vivía, y ella lo estaba pasando muy mal, no nos entendíamos por la lengua, pero allí estábamos las dos … y un día lloramos juntas. Al tiempo ella me dijo, cuando pudo buscar a alguien que le tradujera: “me han dado mucho desde que llegué a Canarias, pero eres la primera persona que ha llorado conmigo”. Realmente necesitamos y nos humaniza compartir esos momentos.

Hace unos años vi el documental Las Alas de la vida sobre la vida de Carlos Cristo, un médico al cual le diagnosticaron una enfermedad terminal y no se me ha olvidado algo que él comentaba: “Con lo que a mí me gustaba cuidar otros cuerpos y cuánto me costó el primer día que tuve que dejar que otro me desnudara y me bañara … ”

Volvamos a la escena de Betania. En muchos lugares Jesús iba a dar: dar su tiempo, su cariño, su presencia sanadora … En Betania junto a Marta, María y Lázaro él también se muestra necesitado de recibir. En ese equilibrio que necesitamos para que la vida fluya de una manera saludable.

Betania, casa del pobre, simboliza un lugar de nutrientes, de alimento en sentido amplio: afecto, distensión, sensibilidad, cuidados, atención, presencia y ternura. Para Jesús, Betania es un lugar de intimidad y de descubrimientos. Buscará en casa de estas mujeres ser recibido, en ese anhelo tan humano de compañía, hospitalidad, y contacto.

Nos relata Juan en el capítulo 11 que cuando Marta tiene que soportar y enfrentar la enfermedad de su hermano, va a ser para ella un momento de verdad consigo misma y con Aquel que le estaba enseñando a vivir. Ahora se sitúa al lado de María, y mandan juntas un mensaje a Jesús; no es una petición explícita pero sí conlleva una confianza honda en las posibilidades del amor: “Señor, tu amigo está enfermo”. No le dicen nuestro hermano, porque quieren vincularlo a él, “aquel a quien tú amas está enfermo” (Jn 11, 3).

Es una oración preciosa para hacer de nuestra parte.

“Jesús rompió a llorar” … y “los judíos comentaban: – ¡Cómo lo quería! (Jn 11, 35ss). Es como si algo se rompiera en él, nunca lo habíamos visto tan afectado. Jesús muestra su vulnerabilidad y va a abrazar la pérdida de Lázaro hasta el fondo: “Profundamente emocionado, se acercó más al sepulcro” (Jn 11,38) y allí oró: “Padre te doy gracias porque me has escuchado” (In 11, 41). En un momento de dolor es capaz de mostrar gratitud.

Cuando la piedra es removida Jesús le dice: ¡Lázaro sal fuera! (In 11,43). Él llama a su amigo y sus palabras de amistad van dentro de la cueva a levantarlo. La palabra de amistad de Jesús nos alcanza incluso en lo que está necrosado en nosotros. Para que Lázaro recobre la salud necesitará volver a ponerse ante otro rostro, sentirse llamado y querido. Un enfermo me contaba: “en mi enfermedad muchas personas me han ayudado y acompañado y por ellas se me ha revelado el rostro de Dios”. Al tratar de ayudar a los demás, también nosotros somos ayudados. A lo mejor esa es la manera como Dios nos ayuda.

Quiero concluir compartiendo una historia que viví y que recogí por escrito: «Sanar la mirada»

“La otra tarde me senté una plaza, a mi alrededor algunos ancianos, madres con niños y en un banco cercano un chico que me miraba demasiado fijamente. Saqué mi cuaderno y me puse a escribir cosas que quería retener. De vez en cuando levantaba los ojos y allí estaba él, observándome sin mover pestaña. Entonces decidí no volver a mirar, por esos pequeños miedos que de repente nos entran ante los desconocidos. No habían pasado ni diez minutos cuando él se levantó y se acercó hacia mí pidiéndome permiso para sentarse a mi lado.

Fue entonces cuando me di cuenta de que a pesar de su aspecto masculino y de su corte de pelo, no era un hombre sino una mujer. Me pidió un trozo de papel y un bolígrafo y se los presté, la vi escribir su número de móvil y me entregó una nota donde con letra grande decía: “Aquí tienes una nueva amiga. Tu María”.

De pronto, el temor dio paso a una dulzura amable ante aquella mujer herida en busca de compañía. Me conmovió que firmara “tu María”, ¡qué necesidad de pertenencia tenemos todos¡ pensé. De ser para alguien, de importar a alguien, de pertenecer a alguien. Me habló de su madre y de un bar que conocía, yo la escuché siguiéndola, regalándole unos minutos de confianza y de cariño. Diciendo que si podía la llamaría aunque sabía que no iba a hacerlo, era por ver emerger una sonrisa en su rostro. Y sus ojos idos y melancólicos se cubrieron de luz. Sentí que ella también me embellecía a mí: “Te vi sola y tan bonita … “, me dijo. Al despedirla le tendí la mano y ella me pidió un beso que también me devolvió.

Fueron sólo unos minutos, probablemente no la vuelva a encontrar, tenía signos de dolor y de locura en su cara, pero en aquellos instantes sólo era una mujer herida buscando un rostro donde poderse mirar.

Me viene el recuerdo de María ante el relato de hoy. No fue un “milagro” lo que curó al leproso, a no ser que al afecto, la ternura y la compasión por el otro lo llamemos así. Al leproso lo curó que Jesús lo mirara, reparara en lo que le decía y lo tocara. Sobre todo que posara sus manos buenas sobre su piel herida y sobre su vida marginada. El toque sanador de Dios a través de las manos de Jesús fue lo que devolvió a aquel hombre su dignidad y su belleza. ¡Y qué necesitados estamos todos de toques así!

María me tocó aquella tarde al regalarme su compañía y su atención, ella me curó mis ojos ciegos y mi estrecho amor”.

Ella me dio a mí más de lo que yo pude darle a ella. En este intercambio de dar y recibir que es nuestra vida, sois especialmente enviados de parte de Jesús a continuar su ministerio de sanación. “Los envío a proclamar el Reino y a sanar enfermedades … ” (Lc 9, 2) con seguridad vosotros sois aquellos que siguen sus pasos más de cerca. Jesús no escribió, ni dio conferencias, ni hizo grandes cosas en sus tres años … pero sí es seguro y patente su vínculo con los enfermos y el lugar que en ese viaje de su vida eligió junto a ellos. Vuestro ministerio precisa de la oración porque necesitáis recibiros cada día de esa mirada buena de Jesús para poder ofrecerla a través de vuestros ojos y vuestras manos.

Os habéis preguntado alguna vez ¿Por qué envía Jesús a los discípulos de dos en dos?

Para poder darnos la mano uno al otro cuando caemos … y para brindar, porque es algo que no podemos hacer solos; para continuar celebrando la vida que crece adentro más M. LÓPEZ VILLANUEVA, Mirar por otros.

Historias de sabiduría y sanación. Sal Terrae 2011! allá de toda adversidad.

Yo celebro este espacio porque me he sentido bendecida al compartir con vosotros.

Mucho ánimo en vuestra misión y muchas gracias por vuestra escucha.