XII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO: 24 al 30 de Junio de 2018

DOMINGO 24 de Junio  (Lucas 1, 57-60.80)

“Juan es su nombre”

Celebramos hoy a San Juan Bautista. Con su nacimiento termina el largo proceso de preparación de la venida del Mesías. Juan es el precursor. Hijo de Zacarías tendrá una vida muy distinta a la deseada para el hijo primogénito de una persona de casta sacerdotal. Se alejará a vivir en el desierto. Allí preparará la venida de Jesús, el Mesías esperado.

Podemos contemplar en Juan la originalidad de su misión y todo lo que ello ha implicado. Una vocación no es solamente una función sino que tiene como sustento un modo de ser. El precursor debía ser, él mismo, una llamada a la conversión. No se trataba solamente de predicar sino de testimoniar con formas radicales la necesidad de abrir el corazón a la Buena Nueva de Jesús de Nazaret.

El mismo Jesús confirmó ante sus discípulos la importancia de Juan el Bautista en el plan salvífico de Dios. Juan ha sido la puerta por la que pasamos del Antiguo al Nuevo Testamento.

Contemplarle desde la comunidad parroquial resulta inquietante. ¿Quiénes son los “Juan Bautista” de nuestras comunidades? ¿Contamos con referentes testimoniales que afirman desde la radicalidad de sus vidas la actualidad del mensaje de Jesús de Nazaret? Seguramente todos pensamos ahora en la vida consagrada, en nuestros sacerdotes… Ciertamente ellos, por vocación, están llamados a dar testimonio de cuanto somos y deseamos ser pero sería carismáticamente empobrecedor el centrar y cerrar los destinatarios de una vida testimonial coherente. No podemos olvidar que el carisma es un don del Espíritu abierto a la comunidad de creyentes y a toda persona de buena voluntad. Los seglares, cualquiera sea nuestro rol en la comunidad deberíamos asumir con mayor convicción la llamada a testimoniar en actitudes los valores que definen nuestra identidad bautismal.

 

 

LUNES 25 de Junio  (Mateo 7, 1-5)

 “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”

Debemos reconocer que no hay nada que comprometa más las relaciones interpersonales que la crítica  vivida como descarga emocional y teñida de juicio moral hacia una tercera persona, generalmente ausente.

Sin embargo el origen griego de la palabra “crítica”, hace relación a la capacidad de discernir y vista de este modo, puede ser un excelente instrumento para apoyar a una persona en su búsqueda del bien, de la verdad, de la belleza.

San Mateo nos acerca la reflexión de Jesús de Nazaret que pone como condición la capacidad de autocrítica: “Sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota de tu hermano.” 

No se trata por tanto de proponer un ausentismo cómodo, un “dejar las cosas correr”, sin cultivar una conciencia crítica que haga posible un proceso de mejora en nuestra vida y en la de los que nos rodean.  La crítica constructiva, la claridad en el discernimiento compartido, la sencillez para reconocernos en un constante camino de superación, la capacidad de confrontar al otro para apoyarlo en sus procesos y de dejarnos a  su vez confrontar, conforman un cuadro de actitudes necesarias en la construcción de una comunidad sana y de una vida en paz.

¡Qué lejos solemos estar de este ideal! En nuestra debilidad solemos pactar con la descarga emocional frente a la insatisfacción que me produce la actitud del otro sin ir más allá.

 

MARTES 26 de Junio  (Mateo 7, 6.12-14)                                                                         

 “Es estrecha la puerta y angosto el camino que llevan a la vida.”

¿A quién le agrada entrar por “la puerta estrecha”? Buscamos siempre la mejor relación costo-beneficio.

Esta regla económico-financiera la hemos trasladado a nuestras vidas y se ha convertido en algo así como la regla de oro de la llamada “sociedad del bienestar”.

El “camino estrecho” no será nunca un objetivo en sí mismo sino fruto de una opción en positivo. En el fondo se trata de la presencia de la cruz en nuestras vidas, asumida como consecuencia de una opción definitiva por la VIDA.

¡Cuántas veces dejamos de afrontar las exigencias de una vida en clave de evangelio por no aceptar que el único camino posible es entrar “por la puerta estrecha”!

 

MIÉRCOLES 27 de Junio  (Mateo 7, 15-20)

“Por sus frutos los conoceréis”

Para los contemporáneos de Jesús de Nazareth no era nada sencillo el discernir dónde estaba lo bueno, lo recto, lo justo. La ley mosaica había derivado en un sinnúmero de normas, de prescripciones difíciles de conocer al detalle y por lo tanto de ser cumplidas. Habían llegado al extremo de considerar que solamente los conocedores de la ley podían presentarse ante Dios justificados. Los demás debían humillarse y considerar que, al menos por omisión, no eran sino pobres pecadores.

Así las cosas, Jesús propone un nuevo paradigma centrado en los frutos de bondad y verdad de cada persona. “Los árboles sanos dan frutos buenos, los árboles dañados dan frutos malos.”  La justificación ya no depende del conocimiento y cumplimiento pormenorizado de la ley sino de los frutos de bondad expresados en la cotidianeidad.

 

JUEVES  28 de Junio  (Mateo 7, 21-29)

“No todo el que dice; “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos…”

No hay situación que cause mayor repulsa que la hipocresía de quien no compromete sus conductas cotidianas con aquello que proclama.  El hipócrita simula una identidad que en realidad no tiene. Termina creyendo su propia mentira y creando un caparazón defensivo ante la llamada a la conversión.

El Evangelio de hoy suena alto y claro. Se impone el humilde camino de quien, sabiéndose débil, hace de la Palabra una fuente inagotable para ir construyendo día a día su identidad como discípulo. La Palabra nos brinda la utopía cotidiana para continuar la marcha.

No somos perfectos. No somos coherentes siempre y en todo. Pero ello no significa renegar de nuestras opciones y retomar el camino cuantas veces sea necesario.

Viene bien recordar en este contexto el mensaje del Papa Francisco: “Cuando sientas la tentación de enredarte en tu debilidad, levanta los ojos al Crucificado y dile: «Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor».”

 

 VIERNES 29 de Junio  (Mateo 16, 13-19)

 “Te daré las llaves del Reino”.

Quien tiene la llave tiene el dominio, la autoridad, la posesión del bien que la llave custodia.

Sabemos que este texto siempre se ha referido a la cátedra de Pedro, convertido en el referente de unidad de la primitiva comunidad cristiana.

Integrando esta exégesis, desde la perspectiva de una comunidad de discípulos unidos en la común dignidad que nos otorga el bautismo, podemos afirmar que estas llaves del Reino están también en nuestras manos. ¿Qué hacemos con ellas?

Una de las líneas fuertes de la pastoral del Papa Francisco reside justamente en esta llamada a asumir la identidad bautismal, a ser corresponsables de los dones del Espíritu, a ser constructores de una realidad eclesial encarnada. El modelo de una eclesiología piramidal, centrada en el poder que da la jerarquía no responde al sueño del nazareno.

“En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero. (…)La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados.” EG, 102

Las llaves del Reino están en nuestras manos… ¿Nos sentimos corresponsables en la construcción del Reino?

 

SÁBADO 30 de Junio  (Mateo 8, 5-17)

“…vendrán muchos de Oriente y Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.”

Durante siglos el pueblo de Israel cultivó una profunda conciencia de exclusividad en su relación con Dios. El Dios de Israel no podía ser el Dios de otros pueblos. Ellos fueron los elegidos y los que, a pesar de las numerosas persecuciones y destierros, supieron mantener la pureza genética que les hacía únicos en su relación con Dios.

Desde esta perspectiva la nueva visión que aporta Jesús de Nazaret resulta poco menos que escandalosa e injusta. ¿Cómo es eso que de oriente y occidente vendrán y se sentarán junto a nuestros padres Abrahán, Isaac y Jacob?

Aplicar esta palabra a nuestro contexto cristiano implica abordar el tema de la INCLUSIÓN a partir de la cual todos estamos llamados a vivir la propuesta de Jesús de Nazaret y no hay entre nosotros privilegio alguno.

Asumir esta perspectiva evangélica  tiene sus implicaciones, encierra una llamada a la escucha, a la apertura, al reconocimiento del protagonismo de todos los miembros de la comunidad. El Papa Francisco nos recuerda de manera reiterada esta llamada a la apertura de miras, a la inclusión, incluso de aquel que está en las antípodas de nuestro modo de pensar y de sentir, porque en él, también hay “semillas de evangelio”…