XXIV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO: 16 al 22 de Septiembre de 2018

Domingo 16 de Septiembre  (Marcos 8, 27-35)

“¿Quién dice la gente que soy yo?”

Nos encontramos con una de las claves de la pedagogía de Jesús: la pregunta. Preguntar, dar la palabra, escuchar al otro… es tan o más importante que el brindar respuestas. Los discípulos se implican en la respuesta y a partir de ellas Jesús articula su mensaje.

¿Somos inclusivos en nuestra praxis pastoral, asistencial, educativa, en nuestra vida comunitaria o familiar? ¿O preferimos un enfoque directivo y dominador?

Preguntar y escuchar las respuestas del otro es una forma privilegiada de acoger. Significa implicar toda la potencialidad del otro en su proceso personal. Es además la única manera de volver significativo el mensaje de Jesús de Nazaret.

El Papa Francisco al respecto tiene una frase que es muy iluminadora: “Hay políticos –e incluso dirigentes religiosos– que se preguntan por qué el pueblo no los comprende y no los sigue, si sus propuestas son tan lógicas y claras. Posiblemente sea porque se instalaron en el reino de la pura idea y redujeron la política o la fe a la retórica. Otros olvidaron la sencillez e importaron desde fuera una racionalidad ajena a la gente.” (EG, 232)

Preguntemos, dejémonos preguntar… seguramente encontraremos más sentido al caminar evangélico.

  

LUNES 17 de Septiembre  (Lucas 7, 1-10)

“Señor, no soy digno de que vengas a mi casa, pero di una palabra y mi criado sanará.”

Quisiera detenerme en la importancia de la intercesión, en la necesidad de presentar nuestros enfermos para que Jesús les acompañe. Me pregunto si esta actitud es frecuente entre nosotros o si más bien la rutina nos hace olvidar que el Dios de Jesús de Nazaret es un Dios cercano y comprometido con el que sufre.

Hoy me pregunto si oro suficientemente por las personas enfermas que han sido encomendadas a mi cuidado. La premisa es la misma que la vivida por el centurión: estimar, querer mucho a nuestros enfermos. Sólo así llegaremos a preocuparnos por cómo se sienten, qué anhelan, qué temen, qué más podemos hacer por ellos…

Recojamos hoy la llamada a ser intercesores e intercesoras ante el Señor por la salud de quienes tanto queremos: las personas con diversas dolencias a las que acompañamos. Ellos son el centro de nuestra misión como agentes de pastoral de la salud.

 

MARTES 18 de Septiembre: (Lucas 7, 11-17)                                                       

 “Al verla, el Señor tuvo compasión de ella…”

Sobre aquella pobre viuda de Naín había caído la peor de las maldiciones. Su único hijo había muerto dejándola sola, situación que era interpretada como un severo castigo del mismo Dios por algún pecado propio o de algún antepasado.

Pero el Dios de Jesús Nazaret no tenía nada que ver con el dios que los amantes de la ley mosaica habían ido construyendo e imponiendo. Jesús se salta todos los cánones y, frente al cuadro de una mujer quebrada por el dolor, social y religiosamente condenada, se detiene, la mira, se conmueve, toca el féretro, dice al muchacho: “Joven a ti te digo, levántate”, y se lo devuelve vivo a su madre.

A diferencia de otras intervenciones milagrosas, en esta ocasión no existe la mediación o la intercesión de ninguna persona. Jesús actúa desde su propia sensibilidad ante la situación que se presentaba ante sus ojos.

El tocar el féretro refuerza lo que venimos reflexionando ya que el hacerlo implicaba caer en una impureza legal. El sentido del tacto humaniza el gesto,  haciendo más comprometida la acogida del otro. No se trata sólo de ver, sino de implicarnos ante la realidad sufriente del otro.

La orden: “Joven a ti te digo, levántate” nos hace ver la implicación del otro en el proceso terapéutico-salvífico. No se trata de levantar al otro, sino invitarlo a que se levante, a que comprometa todas sus potencialidades, a ser actor de su propia sanación.

El hecho de “devolver el hijo a la madre”, a su vez, se convierte en una invitación por promover la integración social. No se trata de retener al necesitado, sino de devolverlo a su vida, a su realidad, para que continúe siendo protagonista de su historia.

Como vemos, el texto presenta y refuerza elementos muy significativos del itinerario terapéutico y pastoral: saber ver al necesitado,  sensibilizarnos, detenernos, tocar, implicarnos, correr riesgos, contar con el otro, integrarlo…

  

MIÉRCOLES 19 de Septiembre (Lucas 7, 31-35)

“Hemos tocado la flauta y no habéis bailado…”

El “estar en contra”, parece ser una actitud ancestral, alimentada por las más diversas inconsistencias de la personalidad.

Algo de esto ocurría con los contemporáneos de Jesús que rechazaban su persona y sus obras. En toda ocasión debían criticarlo: si comía lo tildaban de glotón, si no comía lo consideraban poseído por un demonio.

Para construir una dinámica comunitaria sana es preciso estar atentos a estos mecanismos. La crítica gratuita, la desautorización, la interpretación tendenciosa, la oposición más visceral que racional, conforman dinámicas de destrucción de la fraternidad que debemos reconocer y superar.

El Papa Francisco nos recuerda que la crítica “…hace que terminemos guardándonos de los otros, escapando del afecto, llenándonos de temores en las relaciones interpersonales. Entonces, poder culpar a otros se convierte en un falso alivio. Hace falta orar con la propia historia, aceptarse a sí mismo, saber convivir con las propias limitaciones, e incluso perdonarse, para poder tener esa misma actitud con los demás.” (AL, 108)

 

JUEVES 20 de Septiembre: (Lucas 7, 36-50)

“…entrando en casa del fariseo se recostó a la mesa” (Lucas 7, 36-50)  

Jesús en casa de un fariseo, aceptando su invitación, comiendo con él, su familia y amigos. No parece “políticamente correcto” el mantener unas relaciones tan fraternas con quienes le denigraban y perseguían.

Pero Jesús no vino a condenar sino a salvar… también a sus enemigos declarados…  Se trata de una postura cargada de mansedumbre, ecuanimidad, apertura, sencillez, aceptación incondicional…

Aun sabiendo que sus enemigos socio-religiosos difícilmente cambiarían de posturas, Jesús no rompe relaciones, Jesús construye puentes…  Encuentro aquí una llamada de gran actualidad. Vivimos en una sociedad plural. Convivimos con personas que piensan, sienten, viven desde parámetros no necesariamente iguales a los nuestros y, en no pocas ocasiones, opuestos a los nuestros.

Jesús nos invita hoy a acoger al diferente, “sentarnos a su mesa” sin por eso renunciar a nuestro modo de ser.

 

Viernes 21 de Septiembre: (Mateo 9, 9-13)

 “No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.”                       FIESTA DE SAN MATEO

 

Esta vez a Jesús “se le fue la mano”… Nos hemos hecho a la idea de su predilección por los enfermos, los pobres, las mujeres marginadas, lo más débiles… Pero eso de integrar en el grupo de amigos íntimos a un cobrador de impuestos como Mateo, no parece tener coherencia alguna. Se había enriquecido traicionando a su propio pueblo, siendo el brazo ejecutor de las injusticias del poder romano invasor.

Para más inri la puesta en escena no podría ser peor: acude con sus discípulos a comer a la casa de Mateo quien a su vez había invitados a otros colegas publicanos. ¡Una estampa pública poco recomendable y ciertamente desconcertante! ¿Quién es este tal Jesús que se reúne con publicanos y pecadores? No es de extrañar la condena unánime que suscitó entre los fariseos, guardianes estrictos de la doctrina y el culto.

La respuesta de Jesús no se hace esperar. Reconoce estar junto a pecadores y confronta a los amantes de la ley con una frase preciosa del Antiguo Testamento: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Se trata de un texto antiguo que, a la luz de vida y obra de Jesús de Nazaret, genera un nuevo paradigma ético y religioso.

No se trata de justificar y establecer alianzas con el mal sino de amar sin condición alguna. Cualesquiera sean las pobrezas de aquellos con los que nos relacionamos, siempre serán dignos, como personas, de respeto y confianza. El mismo respeto y confianza que Jesús tuvo con la Samaritana, con María Magdalena, con publicanos y pecadores como Mateo, con el buen ladrón…

Para muchos de ellos, esa actitud de aceptación incondicional, fue el inicio de una nueva vida. Sólo quien se siente amado es capaz de reconocerse y cambiar. El camino hacia el bien y la verdad no es la condena y la separación de todos aquellos que no piensan ni actúan como nosotros.

Estamos ante un nuevo paradigma relacional, facilitador en la construcción cotidiana de la fraternidad eclesial y con profunda significación terapéutica. ¡Cuántos caminos cerrados al diálogo y a la promoción del otro, simplemente porque “no me cae bien” o porque no aceptamos su historia o forma de ser y de actuar!

 

SÁBADO  22 de Septiembre: (Lucas 8, 4-15)

 “Un sembrador salió a sembrar…”

La parábola del sembrador se reitera a lo largo del año litúrgico, evidenciando la importancia que tiene el valorar nuestras actitudes personales y comunitarias ante la Palabra.

Nos recuerda que el hecho de entrar en contacto con ella no garantiza fruto alguno. La agresividad del contexto socio-cultural, la falta de profundidad vital, el acoger intereses incompatibles con el seguimiento de Jesús, minan nuestras buenas intenciones e impiden que la Palabra genere y afiance en nosotros una vida en clave de evangelio.

¿Cómo volver fértil nuestra tierra para acoger la Palabra y dar “fruto perseverando”? Ciertamente aceptando nuestras debilidades, estando siempre abiertos a Dios, dejando que el Espíritu nos reconduzca, sabiéndonos pecadores y, desde la conciencia de la propia debilidad, pedirle al Señor que nos haga un poquito más coherentes cada día.

María, la Madre Buena, estará siempre a nuestro lado…