III SEMANA DE ADVIENTO: 16 al 22 de Diciembre de 2018

DOMINGO 16 de Diciembre (Lucas 3, 10-18)

 “¿Qué debemos hacer?”

En la predicación de Juan el Bautista aparecen enunciadas una serie de conductas favorables para acoger al Mesías esperado. La caridad, la compasión, la justicia, conforman el camino que nos conduce al encuentro con el hermano, y en el hermano, al encuentro con el Dios de los evangelios.

El Papa Francisco nos recuerda con frecuencia el mismo mensaje del Bautista, invitando a toda la humanidad a tener gestos de misericordia con la naturaleza, con nosotros mismos y con nuestros hermanos.

El Reino se construye desde estos condicionantes de humanización, tan urgentes y necesarios.

Vivimos rodeados de llamadas a la solidaridad, al encuentro, a la escucha… pero no queremos dejar nuestras “zonas de confort”. Siempre hay “razones” para justificar nuestra desidia, nuestra indiferencia… El camino del Adviento nos ofrece la oportunidad de convertir algunas de estas actitudes y poner nuestras vidas en clave de evangelio. ¿Seguiremos resistiendo la acción del Espíritu?  Preguntemos al Señor qué debemos hacer… ciertamente encontraremos llamadas al cambio…

 

 LUNES 17 de Diciembre  (Mateo 1, 1-17)

 “Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.” 

En la genealogía de Jesús encontramos personajes marcados por la contradicción y por pecados como el homicidio, la idolatría y la prostitución.

Una lectura espiritual del contexto familiar de Jesús nos puede sugerir muchos mensajes: ante todo se trata de un grito de esperanza en el ser humano. No hay pasado ni pecado que no pueda ser redimido. La condición humana, cualquiera sea, puede dar lugar a la vida y a la vida en abundancia.

Por otro lado el evangelio de hoy nos recuerda la necesidad de reconocer y aceptar la negatividad en nuestras vidas. Darle nombre a las “heridas” del pasado es el mejor camino para reconciliarnos y vivir en paz.

Dios, encarnado en el Niño de Belén, nos está diciendo que es posible crecer en el bien y la verdad, cualquiera sea nuestra trayectoria biográfica. Se trata, sin duda alguna, de un mensaje que nos debe llenar de esperanza y que nos invita a una actitud de profunda sencillez y humildad.

 

MARTES 18 de Diciembre  (Mateo 1, 18-24)

 “José su esposo, (…) decidió repudiarla en secreto.” (Mateo 1, 18-24)

Cercanos a la Navidad, el Evangelio nos invita a contemplar al esposo de María en el momento de mayor desconcierto. Su prometida estaba embarazada y aquella situación no tenía otra explicación lógica más que la infidelidad, motivo suficiente para repudiarla públicamente.

José estaría hecho un lío; con sentimientos encontrados y marcado por una profunda desilusión. Sin embargo su respuesta no recorre el camino fácil del victimismo, la crítica ligera o la condena. La ley le respaldaba, pero no quiso “ponerla en evidencia”.

Pienso en las dinámicas interpersonales y encuentro en José un referente de gran actualidad. ¿Por qué no se apresuró a condenar a María? La falta era gravísima y más que evidente… ¿Por qué contuvo su ira y no descargó los sentimientos que le provocaban una ofensa tan profunda? ¿Por qué prefirió alejarse “en secreto” cuando podría haber resarcido su imagen ante su familia, sus amigos, la sociedad, simplemente narrando los hechos?

El Evangelio nos dice que era un hombre “justo”, un hombre bueno.  Seguramente no fue nada sencillo, pero desde la bondad prefirió no condenar ni hacer que nadie condene a María. Más tarde descubriría el misterio que escondía aquella situación. Por su bondad y prudencia había salvado la buena fama de María y facilitado la llegada al mundo del hijo de Dios.

Esa es la clave para cultivar relaciones interpersonales sanas; no hay otra: el amor incondicional. Sólo el amor sabe acallar las sospechas, sólo el amor es capaz de superar la fuerza de nuestras pobres certezas.  Cuán rápidos solemos asociar nuestra mente y nuestro corazón a la condena, destrozando así la posibilidad de redimir y redimirnos desde el amor gratuito.

José hizo posible la Navidad porque hizo posible el amor.

En tiempos en los que la desconfianza parece ganar la batalla, apostemos por hacer posible, un año más, la Navidad. Confiemos en aquellos con quienes compartimos nuestros proyectos laborales, confiemos en nuestros hijos e hijas, confiemos en nuestros vecinos, confiemos en nuestras esposas y esposos, confiemos en nuestras hermanas de comunidad, confiemos en nosotros mismos. Confiar es amar y es en el amor que la Navidad se encarna una vez más.

 

 MIÉRCOLES 19 de Diciembre  (Lucas 1, 5-25)

 “Isabel era estéril.”

La llamada es clara: dar vida a pesar de nuestras pobrezas, engendrar vida desde y con nuestras debilidades.

Lo podemos proyectar en lo personal y también en lo institucional. El punto de inflexión que rompe la lógica del cálculo estriba en la fe. De hecho ese ha sido el paso más difícil para Zacarías.

No era razonable creer en la promesa de una próxima paternidad, pero en Dios todo era posible.

Muchos “imposibles” se presentan en nuestra vida y ante ellos cabe el derrotismo de la lógica racional o la racionalidad de la fe.

 

 JUEVES 20 de Diciembre  (Lucas 1, 26-38)

 “Hágase en mí según tu palabra.”

El Hijo de Dios se hizo hombre y en él, los hombres nos hemos hecho hijos de Dios. Por eso, y porque Jesús se encargó de explicitarlo desde su vida y predicación, los cristianos somos capaces de encontrar a Dios en nuestros hermanos y en la historia que como humanidad vamos construyendo día a día.

Dios mismo es quien que nos espera en el rostro de las personas que atendemos en nuestros centros y dispositivos. A Él servimos sirviendo en nuestros hermanos necesitados.

El misterio de la encarnación constituye el fundamento de la espiritualidad y la misión que nos han confiado como agentes de pastoral de la salud. Servimos  al Dios encarnado en tantas personas olvidadas, despreciadas, necesitadas de acogida, apoyo, consuelo, cuidado…

 

 VIERNES 21de Diciembre (Lucas 1, 39-45)

 “Se puso en camino, a toda prisa…”

El encuentro de María con su prima Isabel ha dado lugar a innumerables comentarios exegéticos y constituye una fuente inagotable para la espiritualidad cristiana.

Como María, cada uno de nosotros se ve en la necesidad de discernir el qué, el cómo, el cuándo… de nuestro compromiso cotidiano. ¡Son tantas las llamadas!

María nos regala un criterio y un testimonio. Ella “salió de prisa”. No podemos detenernos en interminables considerandos para asumir una decisión en nuestras vidas. Hay que actuar, hay que moverse, hay que abandonar los “cobertizos” de los que nos habla el Papa Francisco en Evangelii Gaudium. Exponernos a la intemperie, tocar el dolor del otro, “complicarnos maravillosamente la vida”. Ir de prisa no implica perder la calma ni la razón… Nos anima a tomar decisiones valientes, priorizando al más necesitado.

 

 SÁBADO 22 de Diciembre  (Lucas 1, 46-56)

 “María permaneció con Isabel unos tres meses, y se volvió a su casa.”

Isabel en su ancianidad necesitaba ayuda y contó con la respuesta generosa de su prima María. Pero para María, ayudar no significó anular a Isabel ni olvidar sus propias necesidades y responsabilidades. Se quedó tres meses y volvió a su casa.

Tanto en la vida religiosa como en la seglar existe el desafío de saber poner límites a nuestros compromisos, sean éstos motivados por razones laborales, filantrópicas, espirituales o religiosas.

Solemos tener dificultades para hacerlo, ya sea por presiones morales que nos imponemos o que nos impone el contexto. Ante tantas necesidades quisiéramos estar ahí, dándolo todo y sentimos la tensión de las llamadas que provienen de una vida personal sana o de las demandas legítimas de nuestras familias o comunidades religiosas.

Manejar estas tensiones, que son naturales, es fundamental. ¡Cuántas veces personas muy entregadas a nivel institucional terminan destrozando sus vidas, sus familias o sus comunidades! En nombre de la fidelidad a la misión y a la entrega podemos estar provocando mayores desequilibrios de los imaginados tanto en lo privado como en lo social.

No dar lugar al protagonismo de los demás creando núcleos cerrados de personas que todo lo hacen sin dejar chances de participación a otras personas suele ser una de las consecuencias más comunes en este tipo de actitudes, sumando en no pocas ocasiones la infantilización del ayudado.

María nos enseña a saber estar y a saber no estar con responsabilidad y generosidad. Darnos y al mismo tiempo cuidar las dimensiones personales, familiares, comunitarias, puede significar un largo aprendizaje que es importante asumir.