TIEMPO DE NAVIDAD: 6 al 12 de Enero de 2019

DOMINGO 6 de Enero (Mateo 2, 1-12)                            SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

 “…le ofrecieron regalos”

La simbología de los presentes delicadamente empaquetados en nuestros salones quedaría reducida a una parodia si no convertimos la Fiesta de la Epifanía en una invitación al encuentro profundo con el otro, con nosotros mismos, con el Dios de los Evangelios. Por eso quisiera pensar esta celebración desde las demandas más significativas de las personas que me rodean.

Regalar acompañamiento desde nuestro servicio como agentes de pastoral de la salud es sin duda una buena opción. Regalar acogida, ternura, escucha, tiempo, cuidado… Retomar el sentido altruista que nos hace crecer como personas, sabiendo trascender un contexto que ha puesto en el centro de nuestros deseos el consumo y el individualismo.

Saber regalar, saber regalarnos, saber también acoger el cariño de los demás. Quizá sea uno de los mensajes que debamos rescatar con mayor fuerza en estas fiestas entrañables que cada año nos recuerdan la urgencia de entender la vida como don y donación.

  

LUNES 7 de Enero  (Mateo 4, 12-17.23-25)

 “Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar.”

Jesús deja su casa y se va junto al mar. Allí comienza su predicación y allí escoge a los primeros discípulos.

Salir de la propia tierra, otear nuevos horizontes, formar comunidad en torno a la misión, son acciones que pueden inspirar e iluminar nuestro caminar. El Papa Francisco en Evangelii Gaudium nos reafirma en esta llamada al invitarnos a construir “una iglesia en salida”.

Al desarrollar la misión en el contexto parroquial tenemos la tendencia a cerrarnos en nuestros muros, en nuestros desafíos, que no son pocos…

Hoy el evangelio nos invita a mirar más allá de esa realidad cotidiana con la que convivimos, a abrirnos en una dimensión más inter-religiosa, más social. Podemos preguntarnos sobre nuestra presencia en la diócesis, en los círculos sanitarios/sociales con los que compartimos la misión…

 

 

MARTES 8 de Enero  (Marcos 6, 34-44)

 «Dadles vosotros de comer».

La multiplicación de los panes y de los peces constituye una de las epifanías más reflexionadas por exegetas y pastoralistas. Prefigura el alimento de la Eucaristía desde el que Jesús continúa presente entre nosotros.

Conocemos lo que sucedió. Se formaron grupos de cien y de cincuenta personas y, previa bendición de los escasos recursos, los apóstoles comenzaron a repartirlos hasta que todos “quedaron satisfechos”. Fue el milagro de la solidaridad, de la organización, de la sensibilidad ante las necesidades del otro.

El milagro de la multiplicación de los panes y los peces nos aporta una luz particular para vivir en clave evangélica. Ante todo nos dice que nos hagamos cargo de la situación, que no demos respuestas evasivas, que no busquemos justificaciones fáciles. También nos invita a creer en la potencialidad de nuestros recursos y en la necesidad de organizarnos para ser más eficaces.

No se trata de caer en un romanticismo voluntarista sino de superar el victimismo -con el derrotismo que comporta- poniendo nombre a las dificultades, organizándonos y liderando, con ilusión, las respuestas que consideremos oportunas.

Una chispa de irracionalidad es el condimento imprescindible para actualizar en nuestros centros la multiplicación de los “panes y los peces…“ No fue coherente el organizar a la multitud para darles de comer con cinco panes y dos peces…

Esta aparente incoherencia solamente encuentra sentido en la confianza cierta en un Dios que se hará presente y multiplicará de forma inimaginable la generosidad de quienes siguen apostando por ese Reino que no termina por entender del todo nuestras previsiones y proyecciones estadísticas. La proyección fundamental, que no puede faltar, depende de nuestra generosidad y de nuestra fe en el proyecto del Reino.

 

 MIÉRCOLES 9 de Enero  (Marcos 6, 45-52)

“Subió entonces donde ellos a la barca.”  

Podríamos leer este texto desde la perspectiva de las exigencias del seguimiento. Vivir “en cristiano” no siempre es fácil, no todo es calma, pero contaremos siempre con la presencia del Señor. Jesús se sube a la barca de nuestra vida y nos repite como a los primeros discípulos “Ánimo, no temáis.”

La certeza de no estar solos en el camino no es algo menor. No se trata de infantilizarnos volcando en el otro nuestros temores y dificultades. La confianza madura en la presencia de Dios, más que crear dependencias o  alienación, llena de sentido y de nuevas  motivaciones nuestro compromiso cotidiano. La fe no nos narcotiza sino llena de razones nuestras luchas.

La tempestad ciertamente no parece calmarse por profesar nuestra fe en Jesús y los contextos continúan siendo inquietantes. La calma no parece venir desde afuera, sino es una exigencia de nuestra interioridad.

 

JUEVES 10 de Enero  (Lucas 4, 14-22a)

 “Fue a Nazaret, donde se había criado.”  

Los evangelios nos presentan distintas “epifanías” del Señor. En esta ocasión se trata de su presentación en la sinagoga del pueblo que le vio crecer.

Sus paisanos le conocían y habían llegado voces que afirmaban que el mismo Juan el Bautista le había presentado como el Mesías esperado. No perdieron la preciosa ocasión de tenerlo entre ellos y el jefe de la sinagoga le autorizó a  leer y comentar las Sagradas Escrituras.

Jesús desenrolló el libro del profeta Isaías y leyó: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y terminó afirmando: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»

Para muchos teólogos y pastoralistas, este pasaje del profeta manifiesta la razón de ser de la Navidad. La presencia de Jesús entre nosotros es ante todo una buena noticia de liberación. Una liberación que, alcanzando a todos, privilegia a los pobres y enfermos. La única forma de volver posible e igualitaria la justicia es privilegiando a los más débiles.

 

 VIERNES 11 de Enero (Lucas 5, 12-16)

“Ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés para que les conste. “ 

El leproso se hizo un hueco entre la multitud.  Seguramente aprovechó el rechazo y el temor que despertaba su enfermedad para que nadie se interpusiera en su deseo de acercarse a Jesús.  Al llegar a su lado cayó rostro en tierra y le suplicó: «Señor, si quieres puedes limpiarme». Él extendió la mano y le tocó diciendo: «Quiero, queda limpio».

Jesús pide al recién curado que cumpla con la ley de Moisés. Que se presente ante el sacerdote y realice la ofrenda.  Y le dice el por qué: “para que les conste”. Dicho de otro modo: para que los sacerdotes reconozcan en tu curación la presencia del Dios de Israel, actuando en Jesús de Nazaret.

Pienso en la dimensión intimista, en el “capillismo” al que muchos movimientos filosóficos y políticos quieren recluir la vivencia religiosa. El texto evangélico nos presenta una llamada a reaccionar para que el testimonio se convierta en una forma de anuncio privilegiada, aún allí donde no nos quieran oír.

Como ayer, sigue siendo necesario expresar  nuestro credo evangelizador, no solamente entre quienes nos rodean y aprueban, sino buscando dar testimonio en otros ámbitos, quizá allí donde no se desea escucharnos, pero donde haga falta compartir las “semillas de verdad”.

No para ufanarnos de nuestros logros, sino para hacer explícita y reconocible la presencia de Dios.

 

 SÁBADO 12 de Enero (Juan 3, 22-30)

“Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar”. 

El cambio de rol entre discípulo y maestro exigió un proceso tanto en el Bautista como en sus discípulos. Los seguidores de Juan se lamentan del éxito que tenía Jesús.

Juan responde sin ambages: “Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar”. En la relación entre Juan el Bautista y Jesús de Nazareth vemos reflejado el paradigma pedagógico del testigo. Hay un tiempo en el que su figura se agiganta y se convierte en referencia. Hay otro tiempo en el que, desde la certeza vital de no ser sino el “amigo del esposo”, su protagonismo queda en un segundo plano. Curiosamente es el tiempo en el que su testimonio madura.

Pensar esta dinámica lleva a descubrir la llamada implícita en el compromiso bautismal de todo laico, de toda laica.

Iguales en dignidad, desde su identidad de bautizados, nace una nueva relación en la que los seglares deben asumir un protagonismo enraizado en la fuente evangélica común a seglares, religiosas, sacerdotes…

Una nueva eclesiología de comunión y participación que tiene como fin último ser testigos del único maestro: Jesús de Nazareth. Pero para que ello sea realidad hay que hacer camino…