TERCERA SEMANA DE PASCUA: 5 al 11 Mayo de 2019

DOMINGO, 5 de Mayo (Juan 21, 1-14)

“Jesús se presentó en la orilla, pero los discípulos no sabían que era Jesús.”

¿Qué había cambiado para que ni María Magdalena, ni los discípulos de Emaús, ni los demás apóstoles fueran capaces de identificar inmediatamente a su maestro resucitado?

Se tuvieron que dar otros gestos para que cayeran en la cuenta que no era un desconocido el que se acercaba a ellos.

Hay un signo que se reitera en las apariciones del Resucitado y son los gestos de fraternidad.

A partir de la resurrección lo comunitario adquiere una entidad fundamental en la vivencia de la fe. No hay cristianismo posible desde el individualismo, sea éste personal o corporativo.

En estos tiempos en que Europa da la espalda a la urgencia de una fraternidad que rompa las fronteras que hemos creado para proteger nuestro “bienestar”, me pregunto si no estamos volviendo inerte la Pascua. Hoy la resurrección reclama gestos de solidaridad que hagan visible y reconocible nuestro credo.

 

 LUNES, 6 de Mayo  (Juan 6, 22-29)

“La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.”

Creer que Jesús es el enviado del Padre tiene consecuencias radicales.

Algo parecido ocurre con el proyecto evangelizador. Lo importante no es lo que hacemos, ni tan siquiera lo bien que lo estemos llevando a cabo. Lo que importa es que creamos en la razón de ser de la misión abrazada.

¿Creemos que vale la pena ser el corazón misericordioso de Dios en medio de las personas inmersas en el dolor?

¿Creemos que el mismo Jesús se hace presente en la vivencia de nuestra misión samaritana? Si nos lo creemos de verdad, seremos capaces de recrear día a día nuestra misión. De lo contrario seguiremos haciendo cosas, sin más. Y poco a poco, perderemos las esencias de ser bautizados misioneros.

 

MARTES, 7 de Mayo  (Juan 6, 30-35)

“Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo.”

La exégesis de este texto se ha centrado tradicionalmente en su dimensión eucarística. Podemos abrirnos a una lectura que nos permita ver en Jesús la respuesta a las necesidades espirituales en su sentido más amplio.

Cualquiera sea el credo de nuestros destinatarios, queriendo o sin quererlo, han llegado a un sitio donde Jesús de Nazaret está en la fuente de la propuesta asistencial/educativa que ofertamos.

¿Sabremos, desde el respeto más absoluto al credo personal de cada persona,  ser mediadores eficaces para despertar y saciar su hambre y su sed de plenitud, tantas veces ignorada?

Evidentemente no se trata de hacer proselitismo, sino de ser profetas de la plenitud ofrecida por Jesús de Nazaret en su resurrección.  Siempre desde el testimonio y, cuando corresponda, también con la palabra y las vivencias compartidas.

 

MIÉRCOLES, 8 de Mayo  (Juan 6, 35-40)

“Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna.”

La Pascua nos recuerda nuestra dimensión de eternidad. ¡Cuánto sentido adquiere y cómo nos compromete el sabernos acompañando a personas que, aún en su más profunda debilidad, están llamadas a vivir por siempre en Dios!

El Fundador afirmaba que ellos son “vivas imágenes” de Jesús crucificado. Con mirada pascual podemos afirmar que están llamados a ser “vivas imágenes del resucitado”.

Por la fe contemplamos en las limitaciones más extremas la potencialidad de la resurrección, la llamada a la plenitud en Dios, fuente de la dignidad esencial de todo ser humano.

¿No es acaso la Pascua la respuesta de plenitud que todo ser humano ansía? ¿Por qué negar a otros la posibilidad de conocer y amar a Jesús de Nazaret, de creer en Él? ¡Cuántas veces acallamos el mensaje desde una pretendida neutralidad religiosa! No se trata de convencer sino de contagiar nuestro credo… De hacerlo creíble y deseable por nuestro testimonio de vida. Eso es ser “bautizados MISIONEROS”, como nos lo repite el Papa Francisco.

 

JUEVES, 9 de Mayo (Juan 6, 44-51)

 “El que coma de este pan, vivirá para siempre.”

La “vida eterna”  no minusvalora sino integra la “vida del mundo”.

Resulta esencial considerar que al comulgar nos convertimos en “carne para la vida del mundo”.  Al comulgar, yo no asimilo a Dios, sino Dios me asimila, Dios mismo se hace carne en mí.  ¡Qué misterio y qué desafío!

No puede haber acto más comprometedor con la construcción de un mundo más fraterno, más justo, más “vivo”, que el comulgar.

Y sin embargo debemos reconocer que a los creyentes nos acecha la rutina como un proceso desgastante que termina quitando esencia a lo más sagrado.

 

VIERNES, 10 de Mayo  (Juan 6, 52-59)

“Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros.”

La misión del agente de pastoral de la salud perdería su fuente original si se alejara del sentido eucarístico.

No podemos abrazar nuestra misión sin nutrir nuestra entrega en el encuentro con Jesús Eucaristía.

 

 SÁBADO, 11 de Mayo (Juan 6, 60-69)

“¿También vosotros queréis marcharos?”

También entre los seguidores de Jesús hubo quienes se “echaron atrás” al no comprender su mensaje. Sólo el don de la fe y la adhesión emocional vuelven coherente el salto sobre la razón.

Para Pedro el fundamento de su fidelidad era el sentirse totalmente identificado con el maestro. Desde esta experiencia, no sólo racional, confiesa su adhesión.

Es en el cultivo de una amistad íntima con el Señor que se vuelve posible sostener nuestro credo. Dinámica que también se da en la relación interpersonal. Creo en ti porque te quiero. No hay más razones.

¡Cuántas veces hemos intentando encerrar la fe en el laberinto de la razón! Nada de todo lo que podemos saber de doctrina supera el don del encuentro íntimo, personal, con Jesús de Nazaret. Las dudas pueden abundar, pero nunca serán razón suficiente para quien ama.