QUINTA SEMANA DE PASCUA 19 al 25 Mayo de 2019

DOMINGO, 19 de Mayo (Juan 13, 31-33ª.34-35)

“La señal por la conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.”

            El Evangelio nos presenta el mandamiento del amor como santo y seña de quienes han optado por seguir a Jesús de Nazaret. No hay mejor manera de contemplar la vida y obra de de los seguidores de Jesús que desde la óptica del amor hecho servicio al más necesitado.

En este tiempo de la historia marcado por tantas separaciones, por tanta incomprensión e indiferencia, por la descalificación del que piensa distinto… el testimonio de la comunión fraterna es necesaria y urgente.

La identidad vocacional que a todos nos une se centra en ese amor hecho diálogo, encuentro, aliento mutuo, compañía, respeto…

El mundo necesita que formemos comunidades fraternas y reconciliadas. De ahí que, como afirma el Papa Francisco, duela tanto “…comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, se den diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos? (EG 100)

 

LUNES, 20 de Mayo (Juan 14, 21-26)

 “El Espíritu santo hará que recordéis cuanto yo os he enseñado.”

El Espíritu tiene encomendada la difícil tarea de “recordarnos” las palabras de Jesús. ¿Y quién es el Espíritu? Es el amor. De ahí que el texto que reflexionamos reitere tantas veces el verbo amar.

No hay recuerdo posible de la Palabra, sin amor. Si Jesús no nos interesa sus palabras nos resultarán indiferentes.

Por eso acercarnos a la Palabra es un ejercicio de amor al Hijo que nos lleva siempre al Padre. Un ejercicio sólo posible desde el Amor, desde el Espíritu. En y por la Palabra nos encontramos con Dios Uno y Trino.

 

MARTES, 21 de Mayo  (Juan 14, 27-31a)

 “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo.” 

Jesús quiere compartir con sus amigos una paz posible en medio del dolor. Una paz que es fruto de estar en las manos de su Padre.  “Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre.”

Sabemos que este abandono confiado en el Padre no le libró de la pasión y la muerte en cruz, pero le sostuvo, le consoló, dio sentido a tanto sin sentido…

La misión nos confronta cada día con el rostro sufriente de Jesús multiplicado en cada uno de las personas que atendemos. ¿Cómo decirles que el Señor hoy y aquí les da su paz? ¿Cómo acompañar el misterioso caminar de cada uno de ellos hacia el abandono total en las manos del Padre, fuente inagotable de esa paz?

No será ignorando o minimizando la “pasión” a la que están sometidos por la enfermedad. La imagen de Jesús preparando a sus amigos para confrontarse ante el dolor, y no huir de él desde diversas formas de negación,  nos presenta un modelo de agente de pastoral de la salud.

Vivir nuestra misión desde esa paz de la que nos habla hoy el Evangelio es harto desafiante ya que no solamente debemos integrarla en nuestras vidas sino ser capaces de compartirla.

 

 MIÉRCOLES, 22 de Mayo  (Juan 15, 1-8)

 “El que permanece en mí… ese da mucho fruto.”

Lo importante no es entusiasmarnos un día con el Evangelio para dejarlo de lado ante las primeras exigencias.

Nuestra cultura no nos ayuda demasiado. Hoy no se concibe la fidelidad como un valor. Eso de “permanecer”… es considerado arcaico. Está de moda cierta itinerancia desde un sincretismo donde todo vale. Lo que ahora es fundamental, mañana ya no lo es. “Y no pasa nada…”

Es evidente que en tales circunstancias el seguimiento de Cristo resulta no sólo anticultural, sino puede llegar a ser acusado de integrismo o de fanatismo. Puede ser visto como algo un tanto extraño y hasta sospechoso.

El Evangelio nos invita a permanecer unidos a la vid, a la sabia, al tronco… ¿Qué hago para “permanecer” en el Señor?

 

JUEVES, 23 de Mayo (Juan 15, 9-11)

“Que mi alegría esté en vosotros…”

Los cristianos parecemos más afectados por la cruz que por la resurrección. De hecho los jóvenes suelen acusarnos de ser demasiado serios y hasta aburridos.

Basta contemplar algunos de nuestros encuentros, marcados en ocasiones, por liturgias con un toque de parquedad y hasta de tristeza o indiferencia emocional.

La sobriedad afectiva ha formado parte de una espiritualidad rigorista cuya influencia nos sigue afectando. La vida de fe no debería ser compatible con tantas “caras largas”.

Es significativo que todo el programa del Papa Francisco esté marcado justamente por esta llamada a vivir desde la alegría el seguimiento a Jesús de Nazaret. Él nos recuerda que “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.

 

 

VIERNES, 24 de Mayo (Juan 15, 12-17)

 “… a vosotros os llamo amigos…”

Hoy, como siempre, necesitamos crecer como personas contando con el apoyo de la amistad. Mucho se ha escrito sobre esta particular forma de relación interpersonal. Si reflexionamos sobre la amistad desde el punto de vista evangélico nos encontraremos con este doble desafío: conocer al otro en su modo de sentir y pensar,  y caminar hacia un encuentro cada vez más transparente en el que no haya lugar a esconder nada.

Al mismo tiempo nos sentiremos llamados a compartir vivencias, no solamente ideas. Esta doble perspectiva, conceptual y vivencial, la debemos proyectar también en nuestra relación de fe con Jesús de Nazaret.

El Evangelio de hoy nos invita a reconsiderar y a poner en su justo lugar la relación interpersonal de la amistad. No debemos alejarnos mucho en el tiempo para encontrarnos con posturas pastorales de desconfianza hacia la amistad.

Tal postura, fundamentada en el extremo del mal manejo de la afectividad, de las dependencias emocionales que nos empobrecen, nos ha llevado a crecer sin cuidar adecuadamente este don tan preciado. De nosotros depende reconducir los procesos necesarios para asumir la amistad en sintonía evangélica. Amistades sanas, integradoras… no “amiguismos” de conveniencia.

 

 SÁBADO, 25 de Mayo (Juan 15, 18-21)

“Si el mundo os odia, sabed que primero me ha odiado a mí”.

¿Qué sentido tiene la resurrección si el mal continúa presente, si la adhesión a Jesús y su mensaje se paga con persecuciones y odio?

Estamos ante el misterio de una salvación que, habiendo sido consumada, debe recorrer su camino pascual, incluyendo el viacrucis.

Pero no todo será igual, no. La resurrección se convierte en la clave que llena de sentido toda contradicción.

A partir de la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, todo proceso de muerte está preñado de vida. Y esa diferencia no es menor. Es radical, esencial, fuente de esperanza cierta.