SUBSIDIO LITURGICO. XXVIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO (lunes, 11 de febrero de 2020)

SUBSIDIO LITURGICO. XXVIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO (lunes, 11 de febrero de 2020)

  • La Jornada Mundial del Enfermo –en España- es el inicio de un itinerario que comienza el 11 de febrero y culmina en la Pascua del Enfermo, el VI Domingo de Pascua.
  • La Campaña de este año se centra en «Acompañar en la soledad»

11 de febrero (martes): «Jornada Mundial del Enfermo» (pontificia y dependiente de la CEE, obligatoria). Liturgia del día (aunque por utilidad pastoral, a juicio del rector de la Iglesia o del sacerdote celebrante, se puede celebrar con el formulario «Por los Enfermos», cf. OGMR 376), alusión en la monición de entrada y en la homilía; intención en la Oración Universal.

Monición de entrada

En este martes, V del Tiempo Ordinario, y festividad de la Virgen de Lourdes, la Iglesia nos invita a celebrar la Jornada Mundial del Enfermo. Una celebración que, en España da inicio a la Campaña que discurrirá hasta la Pascua del enfermo el VI domingo de Pascua.

El tema de esta Jornada es «Acompañar en la soledad». Todos estamos llamados a acompañar gratuita y generosamente a quienes se sienten solos y necesitan de nuestro consuelo.

La disponibilidad de la Virgen María, que, con prontitud, acudió a casa de su prima santa Isabel es un modelo de la solicitud a cuantos necesiten de nuestra compañía por estar enfermos o a colaborar con cuantos cuidan habitualmente de ellos.

Que María, Madre, nos impulse en esta preciosa misión.

 

Textos de ayuda para preparar la homilía

  1. La persona humana, imagen de Dios, se realiza en el amor, que es don sincero de sí. Por ellos la soledad es una situación para la que no ha sido creado el hombre y, por tanto, produce una profunda insatisfacción y tristeza en el corazón del hombre que se encuentra con una soledad impuesta. Por ello, la respuesta a tanta soledad, como podemos descubrir a nuestro alrededor, no es otra que el amor. Es urgente recuperar el amor como don de sí, como comunión personal.
  2. Los cristianos tenemos la posibilidad de mirar con los ojos de Cristo y descubrir el sufrimiento que provoca la soledad de tantos hombres para hacer como el Buen Samaritano y “dejando nuestras cosas” hacernos prójimos de quienes están abandonados y aliviar su soledad. Las relaciones de verdadera fraternidad son el cauce para aliviar tanta soledad y sentido de estar abandonados.
  3. Podemos estar rodeados de personas y, sin embargo, sentirnos solos. Y, al contrario, hay quienes están solos, pero no tienen experiencia de soledad. La soledad, por tanto, no se “alivia” estando simplemente rodeados de personas, sino con unas relaciones humanas de cercanía. Es sobre todo una cuestión de relaciones auténticamente humanas. No se resuelve teniendo al lado a alguien a quien simplemente le cuento las cosas que me pueden preocupar o entristecer, sin que mi interlocutor se sienta involucrado. No necesito únicamente ser oído, sino escuchado, acogido. En este sentido solo podremos aliviar la soledad en una relación que implique el don de uno mismo y la acogida del otro como un don. En una palabra, solo el amor dado y recibido puede aliviar el sentimiento de soledad. Quien hace esta experiencia, quien acompaña así a quienes se sienten solos, descubre enseguida que quien acompaña es a su vez acompañado, enriquecido en humanidad.
  4. Es necesario confiarse a la Madre, nos recordaba el papa Francisco, que es «el remedio a la soledad y a la disgregación. Es la Madre de la consolación, que consuela porque permanece con quien está solo». Pero además la Virgen sabe que para consolar no son suficientes las palabras, se necesita la presencia, y ella está presente como madre. Permitámosle abrazar nuestra vida. «Tómanos de la mano, María. Aferrados a ti superaremos los recodos más estrechos de la historia. Llévanos de la mano para redescubrir los lazos que nos unen. Reúnenos juntos bajo tu manto, en la ternura del amor verdadero, donde se reconstituye la familia humana: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios”» (Misa 1 enero 2019).

 

Oración colecta

Te pedimos, Señor, que nosotros, tus siervos, gocemos siempre de salud de alma y cuerpo, y por la intercesión de santa María, la Virgen, líbranos de las tristezas de este mundo y concédenos las alegrías del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles

Elevemos nuestra oración a Dios Padre, en quien ponemos nuestra confianza. Lo hacemos por mediación de María, salud de los enfermos, respondiendo:

  1. Padre, en Ti confiamos.

– Por la Iglesia: para que asuma su vocación maternal y así acoja en su seno a todos los que se sienten solos y hagamos presente el consuelo de Cristo. Oremos.

− Por nuestros hermanos enfermos: para que, experimentando el misterio del dolor, sientan también la presencia cercana y maternal de la Virgen. Oremos.

− Por las familias de los enfermos, los profesionales, los voluntarios, y todos aquellos que les atienden y cuidan, para que reciban la fuerza de María y se conviertan para nosotros en un ejemplo de acompañamiento. Oremos.

 

− Por todos los religiosos y religiosas, consagrados al servicio de los enfermos y pobres: para que su dedicación y entrega sea reflejo del rostro misericordioso del Padre para quien nos necesite. Oremos.

− Por nuestra comunidad cristiana, nuestra parroquia: para que se muestre siempre cercana a las necesidades de las familias con miembros enfermos y sea un verdadero hogar de acogida, acompañamiento y servicio para ellas. Oremos.

Escucha, Padre, nuestra oración y danos un corazón compasivo como el de María, para que nos mostremos siempre más atentos a las necesidades de nuestros hermanos que sufren y nos comprometamos, sin miedo, a acompañarlos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Oración sobre las ofrendas

Señor, escucha las plegarias y recibe las ofrendas que te presentan los fieles en honor de santa María, siempre Virgen; que sean agradables a tus ojos y atraigan sobre el pueblo tu protección y tu auxilio. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Oración después de la comunión

Hemos recibido gozosos, Señor, el sacramento que nos salva, el Cuerpo y la Sangre de tu Unigénito, en la celebración de su Madre, la bienaventurada Virgen María; que él nos conceda los dones de la vida temporal y de la eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Leccionario “Misas de la Virgen María”

Formulario 44 (La Virgen María, salud de los enfermos), págs.174-177.

PRIMERA LECTURA

Él soportó nuestros sufrimientos

Lectura del libro del profeta Isaías 53, 1-15. 7-10

¿Quién creyó nuestro anuncio?,

¿a quién se reveló el brazo del Señor?.

Creció en su presencia como brote,

como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza.

 

Lo vimos sin aspecto atrayente,

despreciado y evitado de los hombres,

como un hombre de dolores,

acostumbrado a sufrimientos,

ante el cual se ocultan los rostros,

despreciado y desestimado.

 

Él soportó nuestros sufrimientos

y aguantó nuestros dolores;

nosotros lo estimamos leproso,

herido de Dios y humillado;

pero él fue traspasado por nuestras rebeliones,

triturado por nuestros crímenes.

 

Nuestro castigo saludable cayó sobre él,

sus cicatrices nos curaron.

 

Maltratado, voluntariamente se humillaba

y no abría la boca; como cordero llevado al matadero,

como oveja ante el esquilador,

enmudecía y no abría la boca.

 

Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron,

¿quién meditó en su destino?

 

Lo arrancaron de la tierra de los vivos,

por los pecados de mi pueblo lo hirieron.

 

Le dieron sepultura con los malvados,

y una tumba con los malhechores,

aunque no había cometido crímenes

ni hubo engaño en su boca.

 

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento,

y entregar su vida como expiación;

verá su descendencia, prolongará sus años,

lo que el Señor quiere prosperará por su mano.

 

 Salmo responsorial: Sal 102, 1-2. 3-4. 6-7. 8 y 10 (R.: 1a. 3a)

  1. Bendice, alma mía, al Señor; él cura todas tus enfermedades.

Bendice, alma mía, al Señor

y todo mi ser a su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor

y no olvides sus beneficios. R.

 

Él perdona todas tus culpas

y cura todas tus enfermedades;

él rescata tu vida de la fosa

y te colma de gracia y de ternura. R.

 

El Señor hace justicia

y defiende a todos los oprimidos;

enseñó sus caminos a Moisés

y sus hazañas a los hijos de Israel. R

 

El Señor es compasivo y misericordioso,

lento a la ira y rico en clemencia;

no nos trata como merecen nuestros pecados

ni nos paga según nuestras culpas. R.

 

Aleluya (cf. Lc 1, 45)

Dichosa tú, Virgen María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

 

EVANGELIO

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

† Lectura del santo evangelio según san Lucas (1, 39-56)

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

–«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

María dijo:

— «Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de la misericordia

–como lo había prometido a nuestros padres–

en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

 

Prefacio

La bienaventurada Virgen María brilla como

signo de salud para los enfermos

 

  1. El Señor esté con vosotros.
  2. Y con tu espíritu.
  3. Levantemos el corazón.
  4. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
  5. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
  6. Es justo y necesario.

En verdad es justo darte gracias

y deber nuestro glorificarte, Padre santo.

 

Porque la santa Virgen María,

participando de modo admirable en el misterio del dolor,

brilla como señal de salvación y de celestial esperanza

para los enfermos que invocan su protección;

y a todos los que la contemplan,

les ofrece el ejemplo de aceptar tu voluntad

y configurarse más plenamente con Cristo

El cual, por su amor hacia nosotros,

soportó nuestras enfermedades

y aguantó nuestros dolores.

 

Por él,

los ángeles y los arcángeles

y todos los coros celestiales

celebran tu gloria,

unidos en común alegría.

 

Permítenos asociamos a sus voces

cantando humildemente tu alabanza:

 

Santo, Santo, Santo.