XXII SEMANA TIEMPO ORDINARIO: 30 de agosto a 5 de septiembre de 2020

DOMINGO 30 de agosto  (Mateo 16, 21-27)

  “El que quiere venirse conmigo que se niegue a sí mismo”.

La propuesta es exigente y la opción es personal. ¿Quiero seguir al Señor? En ese caso debo descentrar mis intereses para poner en su lugar el proyecto de Dios en mi vida, en el cosmos, en mis hermanos y hermanas.

Está claro que el proyecto de Dios no es mi autodestrucción, sino mi plenitud. Una plenitud que tiene como paradigma el amor hecho entrega, servicio, fidelidad… y como consecuencia de esta opción “en positivo”, la negación de aquello que no me permite dar, servir, ser fiel.

Sin duda uno de los dramas de nuestra cultura es haber alimentado el sueño de que todo es válido y posible. En la práctica conductual se han empobrecido, y en ciertos ambientes desaparecido, conceptos como renuncia, esfuerzo, capacidad de sacrificio, coherencia…

Estamos viviendo las consecuencias de este paradigma en las grandes dificultades que hay para contar con conductas responsables ante la propagación de la pandemia. Nos encontramos con grupos de personas incapaces de renunciar a un encuentro, a una fiesta… La propia seguridad y la de los demás parece no contar. El virus nos está poniendo ante las exigencias de la realidad: no da igual una cosa u otra… El relativismo imperante como paradigma incuestionable muestra su flanco más destructivo.

La cruz, entendida como renuncia a lo que no es coherente con el Reino de VIDA de Jesús de Nazaret, hoy se traduce en estas conductas responsables de cuidado hacia nosotros mismos y hacia los demás.

 

 LUNES 31 de agosto  (Lucas 4, 16-30)

 “Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

Saber “abrirse paso” en medio de la incomprensión, ser capaces de seguir el propio camino, son actitudes proactivas que exigen mucha madurez. La persecución, la indiferencia, el desprecio, la crítica… no deben nunca paralizarnos.

Cuando lo que nos rodea nos exige alinearnos con un modo de pensar que no casa con el Evangelio debemos asumir las exigencias del profetismo en la propia tierra, con todas sus consecuencias.

Comprender nuestra misión como agentes de pastoral de la salud desde la perspectiva de esta Palabra nos pone en guardia respecto a actitudes complacientes o a pactos condescendientes con la incoherencia.

Pienso en lo desafiante que es mantener la dimensión evangelizadora de nuestro carisma. Integrarlo realmente en la praxis terapéutica y pedagógica, hacerse camino a pesar de los miedos y la incomprensión… Hemos aprendido a camuflar la presencia de Dios en nuestro servicio de tal modo que, si nos descuidamos, ya no estará presente.

 

 MARTES 1 de Septiembre  (Lucas 4, 31-37)

 “… se admiraban de cómo enseñaba…”

Jesús hablaba con autoridad. Su radical coherencia lo hacía creíble.

Ser coherentes reviste hoy dimensiones de excepcionalidad. Hemos normalizado la inconsistencia entre los que se piensa, se dice y hace.

Vivir el proyecto Hospitalario tiene exigencias contraculturales que sólo podremos proponer y exigir desde la “autoridad” que emane de nuestra coherencia. Cuando las palabras se alejan de la vida estamos poniendo en juego el valor de propuesta.

¿Hacemos creíble el carisma y la misión Hospitalaria con nuestras palabras y nuestras acciones?

 

 

 MIÉRCOLES 2 de Septiembre  (Lucas 4, 38-44)

 “…se marchó a un lugar solitario”

Después de una jornada intensa de predicación y curaciones Jesús se hacía un hueco para encontrarse a solas con el Padre.

El cansancio y el agobio, acompañados por niveles preocupantes de estrés, parecen ser el denominador común de muchas personas buenas que consagran sus vidas al servicio de los demás.

Es un fenómeno muy presente entre sacerdotes, religiosas/os y también entre no pocos seglares. Este tiempo de pandemia ha generado no pocos cansancios, picos de estrés, dificultades en la coordinación de los grupos de trabajo, constantes transformaciones de protocolos y de espacios para responder a las exigencias dinámicas de las medidas de seguridad sanitaria. ¡Cuánto  agotamiento en el personal de nuestros centros!

¿No nos faltarán esos espacios de soledad para serenarnos en el encuentro con el Padre, para reorientar nuestras prioridades, para medir nuestras fuerzas, para no quedarnos encerrados en nuestros cansancios y sentido de impotencia?

 

 JUEVES 3 de Septiembre  (Lucas 5, 1-11)

“Lleva la barca lago adentro.”

El Señor siempre multiplica los frutos del compromiso de quienes se ponen en sus manos con confianza. ¿Por qué no hará lo mismo con nosotros, hoy y ahora?

Es necesario tener los pies en la tierra, como lo hacía Simón Pedro, y al mismo tiempo cultivar la capacidad de soñar imposibles, de jugarnos por aquello en lo que creemos a pesar de las limitaciones con las que nos encontremos.

Que nunca nos frenen los cálculos de nuestras propias fuerzas y recursos. El Señor nos convoca a la esperanza y nos alienta: ¡rema mar adentro!

Ayer reflexionamos sobre la necesidad de cuidar los espacios de intimidad, de serenidad, de descanso en el Señor. Hoy se nos convoca al compromiso generoso. ¡Todo un ámbito de discernimiento!

 

 

VIERNES 4 de Septiembre  (Lucas 5, 33-39)

 “El vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos.”

El valor no está en lo nuevo o lo viejo, sino en el bien en sí mismo. Ni todo lo viejo es malo por ser viejo ni todo lo nuevo es bueno por su novedad. Parece ser un principio lógico, pero cuesta asumirlo.

Toda renovación es exigente. El remiendo nuevo no pega en el paño viejo, el vino nuevo revienta los odres viejos.

Para que el paño viejo no se rompa es necesario remojar el paño nuevo y el viejo. Entonces, desde la “ternura” es posible unir lo viejo con lo nuevo y arreglar el odre… ¡Toda una metáfora de lo que implica asumir caminos de renovación, de fidelidad creativa!

El paño nuevo va bien con el nuevo, pero si queremos remendar el viejo hay que ablandar ambos paños antes de unirlos…

 

SÁBADO 5 de Septiembre  (Lucas 6, 1-5)

“¿Por qué hacéis algo que no está permitido en sábado?”

Lo permitido y lo no permitido desde los acuerdos sociales o desde las normativas religiosas no nos eximen del ejercicio de una autonomía responsable.

El camino desde la heteronomía de la norma al ejercicio de una libertad comprometida pasa por la toma de posición personal en relación a las diversas circunstancias de la vida.

Es más sencillo tenerlo todo establecido que adentrarnos en el trabajoso proceso de discernir y decidir en coherencia.

¿Cultivamos un espíritu reflexivo y crítico que nos haga crecer como seres creativos y libres? Es condición necesaria para vivir nuestra identidad bautismal y carismática.