XXXI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO: 4 al 10 de Noviembre de 2018

DOMINGO  4 de Noviembre (Marcos 12, 28b -34)

 “No estás lejos del reino de Dios.”

La relación de Jesús con los maestros de la ley nos recuerda que la certeza intelectual no es garantía de una vivencia de fe auténtica. Es una ayuda, un acercamiento… pero poco más.

La misma relación podemos establecer con el carisma y la misión del agente de pastoral de la salud. Necesitamos personas que nos ayuden a comprenderla, a conocerla, a profundizarla, a conceptualizarla adecuadamente. Todo ello nos acercará…

Lo que termina siendo radical y esencial es la vivencia. De ahí que la dimensión testimonial tiene la primacía sobre lo conceptual.  No se trata de establecer falsos opuestos, pero sí de saber dónde se juega la fidelidad al carisma recibido.

 

 LUNES 5 de Noviembre  (Lucas 14, 12-14)

 “Cuando des un banquete invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos…”

La opción preferencial de Jesús por los pobres constituye un signo de identidad de su persona y mensaje. El texto que hoy reflexionamos se centra en una condición fundamental para que esta preferencia no esté viciada por otras expectativas: la gratuidad: “dichoso tú, porque no pueden pagarte.”

No se trata de un intercambio de favores, sino de una entrega “a fondo perdido”. Simplemente porque fundados en el Amor de Dios, que nos hace hermanos y hermanas los unos de los otros, no sabemos hacer otra cosa que amar sin condiciones.

Suena muy bien… ¡pero cuánto nos cuesta! Sin duda la misión de agentes de pastoral de la salud nos regala una oportunidad inmejorable para vivir el Evangelio del compromiso con la persona sin recursos y con aquella que ha perdido el preciado don de la salud. Las Hermanas viven esta llamada desde la radicalidad de la consagración y son para nosotros, los seglares, profetas de nuestro deber ser. Sin embargo a unos y a otros se nos pueden colar motivaciones que enturbien la gratuidad de la entrega.

Inconsistencias muy sutiles como el sentirnos mejores que los demás, ser reconocidos, obtener ciertas cotas de poder o el reducir la razón de nuestra colaboración … nos alejan de la condición evangélica: la gratuidad, entendida como actitud que nos hace sensibles a las necesidades del prójimo y nos moviliza a dar respuestas adecuadas.

La solidaridad entendida como un intercambio de favores, cualquiera sea la condición de los mismos, prostituye el sentido de la misión.

 

MARTES 6 de Noviembre (Lucas 14, 15-24)           

“… todos a una empezaron a excusarse.”

Solemos estar convencidos del bien y la verdad de los Evangelios, pero nos cuesta dar el paso del compromiso coherente.  Entonces comienzan las excusas: que las complicaciones de la vida, que los niños y la familia, que el cansancio, que no todo es tan fácil, que eso es más fuerte que yo… y un largo etcétera.

Afirmaba Gandhi que la credibilidad de Jesús de Nazaret estaba comprometida por la falta de testimonio de sus seguidores. La dureza de estas palabras no puede dejarnos indiferentes.

La parábola, a su vez, pone el foco sobre los preferidos de Dios: los “pobres y lisiados, ciegos y cojos”. Según la tradición hebrea estos enfermos estaban excluidos del “banquete del Reino”. Más allá de nuestras raíces culturales, debemos aceptar que los segregados, los excluidos, continúan llamando a la puerta del “banquete de los escogidos”. La opción preferencial por ellos debería ser el santo y seña de los seguidores de Jesús de Nazaret.

En esa Iglesia REFORMADA que nos propone el Papa Francisco, la opción preferente, real, con rostros concretos… se ha convertido en una clave de identidad. No hay nueva evangelización, no hay respeto por “la casa común”, no hay “familia humana”, no hay “santidad”… sin asumir EN LA PRÁCTICA esta opción… ¿Nos movemos… o seguimos apostando por las excusas?

 

 

MIÉRCOLES 7 de Noviembre  (Lucas 14, 25-33)

 “El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”

El evangelio nos dice que mucha gente seguía a Jesús. En una ocasión,  dándose vuelta, les presentó las exigencias del seguimiento: posponer los afectos, llevar la cruz, renunciar a los bienes. Consciente que estaba poniendo el listón muy alto les invita a “calcular los gastos”, a medir las propias fuerzas. Y es que el Señor no se anda con medias tintas a la hora de proponer un nuevo estilo de vida.

Las cosas se tienen, se acumulan, se celan… o se reducen a lo necesario y se comparten. En ambos modelos está en juego la libertad para vivir, desde una espiritualidad de despojo, de sobriedad, de fidelidad al evangelio.

El rostro comprometido de la renuncia a los bienes es el de la solidaridad. Compartir cuanto se tiene, como paso necesario para compartir cuanto se es. ¿Se puede ser pobres evangélicos en medio de la riqueza? El texto que estamos reflexionando resulta tan claro como incómodo. Cualquiera sea el contexto seguirá siendo fundamental una respuesta individual marcada por el sentido de desapego, servicio y solidaridad.

Pensemos en María Josefa y María Angustias y sus primeros tiempos en Ciempozuelos o en los procesos fundacionales de los centros. La austeridad estaba radicalmente presente en la vida de las Hermanas. La pobreza sociológica no es un bien y debemos luchar para aliviar sus efectos y, en lo posible, superarla. La austeridad evangélica es un valor en sí misma y nos dispone a la solidaridad.

 

JUEVES 8 de Noviembre (Lucas 15, 1-10)

“Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores para escucharle.”

 Resulta cómodo quedarnos con quienes sienten, piensan y actúan “como nosotros”, dejando a un lado a los que son diferentes. La tendencia a formar grupos de “iguales” es lo más natural, pero no lo más evangélico.

El texto que reflexionamos nos invita, no solamente a una actitud inclusiva, sino a ir más allá, asumiendo una opción de preferencia, creando espacios de encuentro y de escucha para quienes no cuentan ¿Somos inclusivos o excluyentes? ¡Qué actualidad tienen las palabras del Papa Francisco cuando nos convoca a un diálogo sin exclusión alguna! Es ciertamente uno de los caminos privilegiados de la reforma eclesial que nos está planteando.

 

 VIERNES 10 de Noviembre: (Lucas 16, 1-8)

 “¿Qué es lo que me cuentan de ti?

Nos llama la atención que Jesús felicite a aquel “administrador injusto”, reconociendo que los “hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.

La Palabra nos da a entender que la supuesta falta de “astucia”, constituye una exigencia del seguimiento de Jesús. Basta que analicemos nuestras vidas y encontraremos circunstancias en las que en función del bien, la verdad, la paz interior, preferimos “perder nuestros derechos”.

Las actitudes reivindicativas pueden tener el sustento de las normas o las costumbres, pero no necesariamente ser consistentes con la mansedumbre evangélica que está dispuesta a sacrificar sus propios intereses en pro de otros superiores.

Estamos ante temas límites de la ética humanista que, paradójicamente, pueden encontrar sentido en la perspectiva cristiana. Es difícil hacer gala de “estos mimbres”, pero si contemplamos en profundidad encontraremos no pocos testigos de estas actitudes poco comprensibles pero profundamente evangélicas.

Sin ir más lejos, al recorrer la biografía de nuestro santo Fundador nos topamos con no pocas circunstancias pautadas por este principio, propio de los “hijos de la luz”.

 

 SÁBADO 3 de Noviembre: (Lucas 16, 9-15)

“Ningún criado puede servir a dos señores al mismo tiempo.”

 El “servir a dos señores” no es compatible con el seguimiento de Jesús.

En ocasiones, no resulta sencillo abandonar a aquellos “señores” que se nos van imponiendo y a quienes, gustosos, solemos servir.

El Evangelio nos coloca ante el uso del dinero, pero podemos proyectar sus advertencias hacia esos pequeños o grandes referentes de nuestra vida que nos alejan del amor a Dios y a nuestros hermanos.

En el fondo se trata de establecer una clara escala desde la cual orientar nuestra relación con todo aquello que valoramos. ¿Qué es lo primero?

Las palabras del Papa Francisco al respecto son tan claras como desoídas…

¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano”. (E.G. 58)