XXI SEMANA TIEMPO ORDINARIO: 23 al 29 de agosto de 2020

DOMINGO 23 de Agosto  (Mateo 16, 13-20)

  “Te daré las llaves del Reino”.

Quien tiene la llave tiene el dominio, la autoridad, la posesión del bien que la llave custodia.

Sabemos que este texto siempre se ha referido a la cátedra de Pedro, convertido en el referente de unidad de la primitiva comunidad cristiana.

Integrando esta exégesis, desde la perspectiva de una comunidad de discípulos unidos en la común dignidad que nos otorga el bautismo, podemos afirmar que estas llaves del Reino están también en nuestras manos. ¿Qué hacemos con ellas?

Una de las líneas fuertes de la pastoral del Papa Francisco reside justamente en esta llamada a asumir la identidad bautismal, a ser corresponsables de los dones del Espíritu, a ser constructores de una realidad eclesial encarnada. El modelo de una eclesiología piramidal, centrada en el poder que da la jerarquía no responde al sueño del nazareno.

“En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero. (…)La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados.” EG, 102

Las llaves del Reino están en nuestras manos…

 

LUNES 24 de Agosto  (Juan 1, 45-51)                                                                 SAN BARTOLOMÉ

 “¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Has de ver cosas mayores.”

Nunca habrá razones suficientes para quien no tiene el don de la fe. Un pequeño atisbo de verdad, en cambio, es suficiente para quien cree. Luego vendrá el itinerario personal para crecer en y desde la fe, pero el paso inicial es puro don.

Aplicar estas reflexiones a nuestra vida implica reconocer que el don de la fe exige la actitud del abandono confiado sin más razones en juego. Y esta realidad que aplicamos a nuestra relación con Dios la podemos extrapolar a la interacción humana.

Definitivamente, el riesgo de creer vale la pena y llena de contenido nuestros proyectos vitales. Así sucedió con Felipe y Bartolomé, así sigue sucediendo hoy. ¿Qué riesgos soy capaz de correr desde mis opciones de fe? ¿De qué seríamos capaces sin nuestros miedos, sin nuestras “pobres razones”?

 

  

MARTES 25 de Agosto  (Mateo 23, 23-26)

 “… limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia por fuera.”

Lo contrario de la hipocresía es la autenticidad, la coherencia y, está claro, que ambos valores implican un largo proceso de maduración personal.

La hipocresía no es sino una de tantas formas que tiene la falsedad, la mentira. Y la mentira no es sino una respuesta en falso en la construcción de la autoestima.

Se trata de ser nosotros mismos, hacer realidad un proyecto de vida desde nuestras posibilidades y límites, desde nuestras realizaciones y frustraciones, desde nuestros éxitos y también desde nuestros fracasos.

La debilidad se acepta, las máscaras no.  Es más, la debilidad motiva el amor misericordioso de Dios hacia cada uno de nosotros.

 

 

MIÉRCOLES 26 de Agosto  (Mateo 23, 27-32)

 ¡Ay de vosotros, hipócritas…”

Mateo continúa presentándonos la condena sin paliativos que Jesús hace de la hipocresía. La rechazaba desde lo más profundo y  lo comprendemos perfectamente. No hay cosa que nos repela más que la falsedad, la doblez de las apariencias. Son actitudes que ofenden nuestra inteligencia y nuestros sentimientos.

Por el contrario la sencillez, la humildad, la transparencia, nos atraen y entusiasman, pero, ¡cuánto nos cuestan!

¿Quién es capaz de soportar la levedad de su verdad? Sólo quien se sabe y reconoce amado incondicionalmente. La hipocresía es el falso escudo del desamor.

No hay mejor manera que ayudar a la autenticidad que ser constructores de relaciones marcadas por el cariño y la confianza, por el perdón y la comprensión. Ello hace que surja la verdadera identidad de las personas, que se rechace la falsedad y la mentira.

 

 

JUEVES 27 de Agosto  (Mateo 24, 42-51)

“Permaneced despiertos…”

Jesús recomienda no quedarse dormidos, estar atentos y vigilantes. Conservar un espíritu reflexivo y crítico implica una opción no siempre fácil de sostener. Hay momentos en los que parece mejor mirar para otro lado, dejar correr las cosas.

Son trampillas que nos hacemos cuando las realidades exigen un discernimiento comprometido. Es como dejarnos “robar”, o no utilizar  adecuadamente los dones que el Señor nos ha dado, abusando de su confianza, como el mayordomo indigno.

El Señor nos invita a estar vigilantes, atentos, superar los sueños e implicarnos en la búsqueda del bien.

 

  

VIERNES 28 de agosto  (Mateo 25, 1-13)

“Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, prudentes.”

La RAE define la prudencia como “Una de las cuatro virtudes cardinales, que consiste en discernir y distinguir lo que es bueno o malo, para seguirlo o huir de ello.” Los Escolásticos la definen como recta razón en el obrar.

En definitiva, obrar con clara conciencia y para ello es preciso cultivar el discernimiento, como actitud de base. Nos volvemos a encontrar, por tanto, con la llamada a asumir crítica y conscientemente nuestras vidas.

Se trata de algo que no podemos “pedir prestado” a nadie. Así lo revela la parábola. Ese “aceite” que permite la luz, debe ser nuestro,  un producto intransferible. Nadie puede discernir por nosotros, nadie puede controlar todas las variables que inciden en nuestras decisiones.

Mantener las lámparas de nuestras vidas con aceite suficiente para iluminar nuestras noches, es la imagen que nos propone la parábola de las diez vírgenes y que nos convoca a asumirnos como protagonistas de cuanto somos y realizamos.

 

 

SÁBADO 29 de agosto  (Marcos 6, 17-29)                             MARTIRIO DE JUAN EL BAUTISTA

“A uno entregó cinco mil monedas, a otro dos mil y otro mil…”

La parábola de los talentos es una maravillosa lección de respeto a las condiciones personales, a la vez que señala claramente el lugar de la exigencia.

Iguales en dignidad, todos somos diferentes. En ese misterio de mismidad, de absoluta diferenciación, se funda la libertad personal. No somos clones, somos personas.

Dios nos quiere en esa diversidad y nos exige una respuesta individual. La pedagogía de la exigencia nos ubica ante la responsabilidad de ser nosotros mismos, integrando críticamente los condicionamientos sociales, comunitarios, familiares, e institucionales.