TERCERA SEMANA DE PASCUA: 18 al 24 de abril de 2021

DOMINGO 18 de abril (Lucas 24, 35-48)

 “Mirad mis manos y mis pies, soy yo mismo.”

Resulta sugerente el hecho de reconocer a Jesús por sus llagas. Estamos ante un texto que fundamenta el carisma hospitalario. Las personas con enfermedad mental, con demencias o con deficiencias diversas, son la manifestación del Cristo crucificado. Ese Cristo resucitado que transita en medio de nosotros en el rostro de las personas “crucificadas”.

Es el Dios inaceptable del Gólgata, que predican los discípulos…

Es que en ellos, los crucificados, siguen abiertas las llagas de la pasión.

Pero ese mismo Cristo que padeció y murió es el que venció a la muerte. Por eso, contemplar a Cristo crucificado en nuestros enfermos y enfermas debe significar también reconocer en ellos al resucitado. “Crucificados-resucitados…”

¡Misterio de fe, ciertamente! En ello reside la dignidad más plena de todo ser humano y el núcleo inspirador de nuestra compromiso como agentes de pastoral de la salud.

           

LUNES 19 de abril (Juan 6, 22-29)

“La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que Él ha enviado.”

Puede llamarnos la atención la respuesta de Jesús. En lugar de poner el acento en las obras, en el compromiso fraterno, lo pone en la FE.

Estamos ante las fuentes del amor fraterno y del compromiso con el otro. Recordemos que en otro pasaje del Nuevo Testamento se nos recordará que “la fe sin obras es fe muerta.”  Pero en el principio está la fe. Una fe que ciertamente es un don de Dios y que también es una conquista.

¿Cómo si no desde la fe, es posible asumir al Resucitado presente en los crucificados de hoy?

Si preguntamos a un cristiano en qué cree quizá nos asombraremos ante las dudas e inquietudes que les suscita la pregunta y si comenzamos a cuestionarle sus respuestas quizá sintamos vergüenza ajena ante la falta de contundencia, de asertividad en la no asertividad de la fe.

Las obras serán una consecuencia lógica de este regalo, acogido y cultivado, de la fe.  Posiblemente la constatación de nuestras debilidades en la vivencia de la identidad cristiana, y por ende hospitalaria, tenga mucho que ver con nuestra falta de fe. Quizá creemos que creemos… pero poco más…

 

  MARTES 20 de abril (Juan 6, 30-35)

“… el que cree en mí, nunca más tendrá hambre (…) nunca más tendrá sed.”

La exégesis de este texto se ha centrado tradicionalmente en la dimensión eucarística. Podemos abrirnos a una comprensión del texto que nos permita ver en Jesús la respuesta a las necesidades de las personas, en su sentido más integral.

Jesús se convierte en nuestro “pan”, cuando creemos en Él.

Cualquiera sea el credo de nuestros destinatarios de nuestra acción como agentes de pastoral de la salud, queriendo o sin quererlo, se encuentran con nosotros, portadores testimoniales de Jesús de Nazaret que es el “pan”, es la respuesta de vida que está detrás de todas las demás “mediaciones”.  Acompañamos, cuidamos, … porque la vida en Jesús nos abraza en todas las dimensiones de nuestra humana condición.

¿Sabremos, desde el respeto más absoluto al credo personal de cada persona, ser mediadores eficaces para despertar y saciar el “hambre y la sed” de las personas que atendemos?  Un hambre y una sed que integran la salud biológica, psíquica, emocional… espiritual.

“En sus vidas cotidianas los ciudadanos muchas veces luchan por sobrevivir, y en esas luchas se esconde un sentido profundo de la existencia que suele entrañar también un hondo sentido religioso.” (EG, 72)

  

MIÉRCOLES 21 de abril (Juan 6, 35-40)

“Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna.”

La Pascua nos recuerda nuestra dimensión de eternidad. ¡Cuánto sentido adquiere y cómo nos compromete el sabernos acompañando a personas que, aún en su más profunda debilidad, están llamadas a vivir por siempre en Dios!

Con mirada pascual podemos afirmar que están llamados a ser “vivas imágenes del crucificado-resucitado”.

Por la fe contemplamos en las limitaciones más extremas la potencialidad de la resurrección, la llamada a la plenitud en Dios, fuente de la dignidad esencial de todo ser humano.

¿No es acaso la Pascua la respuesta de plenitud que todo ser humano ansía? ¿Por qué negar a otros la posibilidad de conocer y amar a Jesús de Nazaret, de creer en Él?

¡Cuántas veces acallamos el mensaje desde una pretendida neutralidad religiosa! No se trata de convencer sino de contagiar nuestro credo… De hacerlo creíble y deseable por nuestro testimonio de vida. Eso es ser “bautizados MISIONEROS”, como nos lo repite el Papa Francisco.

 

  

JUEVES 22 de abril   (Juan 6, 44-51)

“Yo soy el PAN VIVO…”

La “vida eterna” no minusvalora sino integra la “vida del mundo”.

Resulta esencial considerar que al comulgar nos convertimos en “pan para la vida del mundo”.  Al comulgar, yo no asimilo a Dios, sino Dios me asimila, Dios mismo se hace carne en mí.  Dios es el que me “primerea”, como afirma el Papa Francisco. ¡Qué misterio y qué desafío! ¡Ser una nueva encarnación de Dios porque Él lo quiere y se nos regala para que nos regalemos… para que aprendamos a vivir desde la dinámica del don.

Por eso, no puede haber acto más comprometedor con la construcción de un mundo más fraterno, más justo, más “vivo”, que el comulgar.

Y sin embargo debemos reconocer que a los creyentes nos acecha la rutina como un proceso desgastante que termina quitando esencia a lo más sagrado.

Ser “pan vivo” implica hacer de cada comunión eucarística un nuevo impulso para la entrega. Implica “ser otros Cristos”.

 

VIERNES 23 de abril (Juan 6, 52-59)

“El que come mi carne vive en mí y yo vivo en él.”

Nuestra misión perdería su fuente original si se alejara del sentido eucarístico que encierra.

Estamos llamados a cultivar la raíz creyente del envío que nos hace la Iglesia, desde un enfoque inclusivo. Acompañamos a quienes, desde el don de la fe, “comulgan con el Señor” y quieren vivir en Él.  Pero también somos “pan” para quienes no manifiestan una adhesión personal a Jesús.

 

SÁBADO 24 de abril (Juan 6, 60-69)

“Nosotros sí hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios. “

Entre los primeros seguidores de Jesús hubo quienes se “echaron atrás” al no comprender su mensaje. Sólo el don de la fe, como hemos reflexionado en reiteradas ocasiones durante esta semana, vuelve coherente el salto sobre la razón.

Una fe que implica amar a Dios “con todo el corazón”, es decir, incorporando la adhesión emocional con la persona y el mensaje de Jesús de Nazaret. En Él se ha hecho misteriosamente presente el Padre y el Espíritu.

Para Pedro el fundamento de su fidelidad era el sentirse totalmente identificado, enganchado emocionalmente, con el maestro. Desde esta experiencia, que poco tenía de racional en el rudo pescador de Galilea, confiesa su adhesión.

Es en el cultivo de una amistad íntima con el Señor que se vuelve posible sostener nuestro credo y nuestra respuesta al desafío identitario que motiva. Dinámica que también se da en la relación interpersonal. Creo en ti porque te quiero. No hay más razones.