SEXTA SEMANA DE PASCUA: 9 al 15 de mayo de 2021

DOMINGO 9 de mayo (Juan 15, 9-17)                                            PASCUA DEL ENFERMO

“Os he dicho esto para que participéis en mi alegría.”                            

La alegría de la que nos hablan los evangelios es profunda, serena, con manifestaciones acordes con esa profundidad que nace de la certeza de sentirnos acompañados por un Dios vivo, cercano y compañero infatigable de camino.

Las circunstancias biográficas pueden golpearnos de modo que esa alegría expansiva, que se traduce en dinamismo y creatividad, en apuesta cierta por un futuro mejor, se vaya difuminando en nuestra vida.

Nos recuerda el Papa Francisco: “Si dejamos que el Señor nos saque de nuestro caparazón y nos cambie la vida, entonces podremos hacer realidad lo que pedía san Pablo: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4,4).”

Al celebrar hoy la PASCUA DEL ENFERMO, sin perder la dureza de la presencia de la enfermedad en nuestras vidas, retomemos con ilusión un espíritu positivo y esperanzado ante el dolor. Jesús y el Padre están a nuestro lado. Es motivo suficiente para hacer de la alegría un antídoto ante la desesperanza /o el desánimo que nos invade al contemplar la destrucción que causa la enfermedad, conciencia que se ha acrecentado a nivel mundial con la pandemia.

La alegría evangélica es el fruto sereno de la ESPERANZA, desde la certeza de estar en manos de Dios, Padre Bueno.

 

 LUNES 10 de mayo (Juan 15, 26-16, 4ª)

“…llegará el momento en que cualquiera que os mate creerá que le está prestando un servicio a Dios.”

Jesús advierte a los suyos de la presencia de la persecución en sus vidas. Una realidad con la que debemos contar y frente a la cual debemos tener una postura de autocrítica y fortaleza.

Autocrítica para no proyectar en Dios nuestras inconsistencias y desavenencias, cayendo en el victimismo; y fortaleza, para asumir en clave creyente el peso de la incomprensión.

La vivencia comprometida de nuestra identidad bautismal puede ser motivo de contradicción. Es más, no habrá fidelidad bautismal si no asumimos con serenidad las tensiones propias de una opción por vivir en clave de evangelio.

Estas tensiones dentro de la “vida ordinaria”, son nimias al lado de la realidad martirial de tantos miles de cristianos que son hoy perseguidos. Pongamos en este día sus vidas en las manos del Padre.

 

MARTES 11 de mayo (Juan 16, 5-11)

“… os conviene que yo me vaya…”

Durante este tiempo las lecturas del Evangelio hacen referencia a cómo Jesús fue preparando a los suyos, antes de regresar al Padre. Les reafirma en su fe y les asegura que, aunque se va, no les dejará solos. “… si no me voy no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré.”

Poco convincentes resultarían sus palabras ya que los suyos sólo entendían su presencia cercana y cotidiana. Más de uno se preguntaría, ¿cómo es eso que “nos conviene” que se vaya?

No acabarían por entender estas palabras sino después de Pentecostés. Entonces sabrían que Jesús se quedaba por siempre entre ellos por su Espíritu, sin limitaciones de tiempo y espacio.

Una ausencia-presencia que da un nuevo protagonismo a los seguidores de Jesús. No cuentan con la certeza de su voz y de sus gestos, pero pueden escucharlo en las inspiraciones del Espíritu.

Ello requiere una actitud de escucha, de profundidad, de discernimiento en la búsqueda del bien y la verdad. Jesús sigue presente en nuestras búsquedas sinceras de la voluntad del Padre.

 

 MIÉRCOLES 12 de mayo (Juan 16, 12-15)

“Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará a toda la verdad…”

En el Espíritu Santo, Dios respeta profundamente nuestra realidad itinerante.

Es bueno aplicar esta pedagogía del respeto por los tiempos de cada uno. Es tan importante el mensaje como la capacidad receptiva de nuestro interlocutor.

Además de respetar los tiempos para la comunicación, debemos favorecer en el otro, la búsqueda de su propia verdad.

Jesús tenía claro su mensaje, sin embargo no lo transmite todo de golpe. No aturrulla a sus tertulianos. Deja que sea el Espíritu quien lo anuncie en el tiempo oportuno. Pedagogía del encuentro, pedagogía de la comunicación en clave de receptor, no de emisor. ¡Todo un desafío!

Ciertamente la fidelidad a la que nos llama el Señor implica apertura, capacidad de renovación, asumir el peregrinar de la vocación bautismal. No debemos confundir la fidelidad con la inamovilidad.

 

 JUEVES 13 de mayo (Juan 16, 16-20)

“… vuestra tristeza se convertirá en alegría.”

Jesús nos invita a ser sensibles ante las preocupaciones de los demás. No para ofrecer un falso consuelo desde una solidaridad emocional que camufla la realidad, sino para ayudar a que el otro comprenda mejor su situación.

El mensaje es realista y al mismo tiempo esperanzador: “me volveréis a ver”, “vuestra tristeza se convertirá en gozo”. Y es que ser realista no significa negar la utopía ni dejar de creer en las personas y en los valores que movilizan nuestros sueños.

Realidad y utopía se unen en una misma dinámica que genera esperanza e ilusión.

En estos tiempos donde continúa presente el drama generado por la pandemia, desestabilizando la vida de millones de personas, la esperanza cristiana no puede confundirse con una mirada providencialista que nos aleje de los que más sufren.

El Resucitado se hace visible en el compromiso de cada uno de nosotros. ¿Seremos capaces de ayudar a convertir la tristeza en gozo?

 

VIERNES 14 de mayo (Juan 15, 9-17)

“Os hablo así para que os alegréis conmigo.”

El papa Francisco ha hecho de la alegría uno de sus temas preferidos. Quizá porque es consciente de la pérdida de ilusión, de entusiasmo, en el interior de la misma Iglesia.

Ciertamente la conciencia de las innumerables expresiones del mal, presentes entre los creyentes y en el corazón de misma jerarquía, no dan motivo para mucha alegría. Una espesa niebla de temores e inseguridades se ha apoderado de toda la humanidad a raíz de la pandemia que padecemos. ¿Es posible estar alegres en el Señor en medio de estas circunstancias?

Es justamente desde esta conciencia de fragilidad, que la Palabra nos da motivos de alegría: “Yo os amo como el Padre me ama a mí.”

Nuestra alegría no es meramente emocional, desde la exaltación de la propia bondad o perfección, o seguridad…  Nuestra alegría reside en sabernos en manos de un Dios que es Padre, que nos ama incondicionalmente. Entonces, aún entristecidos por la presencia del mal, sabremos conservar la serenidad, la paz, la alegría profunda de sentirnos viviendo en la bondad del Padre.

 

 SÁBADO 15 de mayo (Juan 16, 23b-28)

“Ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre.”

Jesús preparó a los suyos para el momento de la separación. Sabía que había llegado su hora de volver al Padre, que sus discípulos le echarían mucho de menos.  Juan narra con detalle sus últimos consejos, dándoles la certeza que ni Él ni el Padre les abandonarían.

Si repasamos la vida de los santos, de los grandes testigos del evangelio, encontraremos, como si de una constante se tratara, la autoconciencia de debilidad acompañada por la sensación de abandono y soledad.

La paz interior, la serenidad, el valor para enfrentar las consecuencias del seguimiento son ciertamente un don, pero al mismo tiempo, una difícil conquista.  Necesitamos reafirmarnos en la certeza de un Dios que está a nuestro lado. Que nos escucha, que nos ama con el mismo amor que Jesús hizo tangible entre los suyos.

¡Cuántas personas tambalean ahora en su fe, ante la crueldad con la que la pandemia afecta a los más desvalidos! ¿Dónde está Dios?, se preguntan…

Reforcemos la certeza de su presencia en nuestro caminar. Dios camina a nuestro lado. ¡No lo olvidemos!