XIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO: 27 de junio al 3 de julio de 2021

DOMINGO 27 de junio (Marcos 5, 21-43)

“… llegó uno de los jefes de la sinagoga, al ver a Jesús, se postró a sus pies suplicándole…”

Jairo, siendo jefe de una sinagoga y estando Jesús tan cuestionado, no teme ir a su encuentro. Se abre paso en medio de la muchedumbre, le habla y suplica su intervención.

La fe reclama gestos concretos, “dar la cara” en medio de las gentes y hacer profesión del propio credo.

El silencio del creyente parece ser hoy una exigencia cultural que llega al interior de instituciones confesionales. Influenciados por la “multitud”, ¿no arrinconamos nuestro credo?

Necesitamos dotar a nuestra fe de un lenguaje evidente, o terminaremos renegando de ella. En esta línea encontramos al Papa Francisco que en reiteradas ocasiones se refiere al discipulado misionero. Vivir el bautismo es vivir en clave misionera, en clave testimonial, esa es la llamada.

 

 LUNES 28 de junio (Mateo 8, 18-22)

 “Tú, sígueme.”

Estamos una vez más ante expresiones que señalan cierta radicalidad para el seguimiento pero que, en definitiva, deben cuestionar la vivencia de la identidad cristiana en cualquiera de sus formas.

En esta ocasión Jesús señala como condición el desapego de los bienes temporales y de los afectos.

Ambas realidades conforman el eje vital en el que giran la mayoría de nuestras vidas. Dejamos gran parte de nuestro tiempo en el trabajo para poder solventar nuestras necesidades materiales y nuestro equilibrio emocional se sostiene en los afectos de aquellos con los que vivimos. ¿Es que debemos renunciar a todo ello si queremos seguir a Jesús?

La pregunta no parece tener una respuesta unívoca y debe ser respondida desde la vivencia vocacional de cada persona. Lo “cómodo” suele ser el derivar estas exigencias para la vida consagrada, para curas y monjas… “y todos tan tranquilos…”

Nos guste o no, el Evangelio está ahí para todos, no sólo para clérigos y consagrados/as.

Se trata de poner en su justo lugar tanto los bienes materiales como los afectos. Ni unos ni otros deberían distorsionar nuestra capacidad de fidelidad al proyecto de vida que nos ofrece Jesús de Nazaret.

La vida consagrada canaliza su respuesta a través de los votos de pobreza, castidad y obediencia, pero estas formas pueden convertirse en un refugio sin contenido si no son internalizadas.

Los seglares estamos más “a la intemperie” y debemos hacer de estas exigencias del seguimiento un objeto de sereno y comprometido discernimiento.

  

MARTES 29 de junio (Mateo 15, 13-19)                                              SAN PEDRO Y SAN PABLO    

 “Te daré las llaves del Reino”.

Quien tiene la llave tiene el dominio, la autoridad, la posesión del bien que la llave custodia.

Sabemos que este texto siempre se ha referido a la cátedra de Pedro, convertido en el referente de unidad de la primitiva comunidad cristiana.

Integrando esta exégesis, desde la perspectiva de una comunidad de discípulos unidos en la común dignidad que nos otorga el bautismo, podemos afirmar que estas llaves del Reino están también en nuestras manos. ¿Qué hacemos con ellas?

Una de las líneas fuertes de la pastoral del Papa Francisco reside justamente en esta llamada a asumir la identidad bautismal, a ser corresponsables de los dones del Espíritu, a ser constructores de una realidad eclesial encarnada. El modelo de una eclesiología piramidal, centrada en el poder que da la jerarquía no responde al sueño del nazareno.

“En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero. (…)La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados.” EG, 102

Las llaves del Reino están en nuestras manos… ¿Nos sentimos corresponsables en la construcción del Reino? En esta línea de comunión de los bautizados,  que comparten el camino de la fe, se ubica la llamada a la SINODALIDAD, como forma eclesial renovada para el tercer milenio, propuesta realizada por el Papa Francisco.

                                                               

 

MIÉRCOLES 30 de junio (Mateo 8, 28-34)

“Le rogaron que se marchara de su comarca.”

El hecho en sí es impresionante. Ante la pérdida de la piara los pobladores del lugar piden a Jesús “que se retire de sus términos”.

Podemos proyectar esta situación en nuestra vida personal, familiar, comunitaria… ¿No nos pasa que preferimos convivir con las dificultades, de cualquier índole, antes de pagar el precio necesario que implica el confrontarnos con ellas y darles una solución?

En ocasiones obramos como los porqueros de Gerasa y preferimos echar de nuestras conciencias las llamadas de cambio, con tal de no renunciar a nada de lo que somos y tenemos.

¡Cuántas veces, en nuestra interioridad, constatamos ese impulso a escondernos ante los desafíos de la vida de fe! La “puerta” que nos adentra en la fidelidad al evangelio nos parece demasiado estrecha, como nos lo recordaba el evangelio del martes de la semana pasada.

 

 JUEVES 1 de julio (Mateo 9, 1-8)

“…tus pecados están perdonados… Levántate y anda.” (Mateo 9, 1-8)

La curación del paralítico que nos presenta el Evangelio nos ofrece la oportunidad de reflexionar respecto el concepto cristiano de salud. Si analizamos diversas narraciones de curaciones realizadas por Jesús encontraremos una constante: la asociación de la salud espiritual con la corporal.

Tan importante como acompañar los duros procesos de la salud bio-psico-social es acompañar la búsqueda de sentido de la vida, ayudar a afrontar el desafío de asumir sanamente los sufrimientos espirituales que ocasiona toda enfermedad, promover la reconciliación con las propias limitaciones, con la historia personal, con los demás, apoyar la resolución de los posibles conflictos éticos, recomponer la imagen de un Dios personal, resolver posibles conflictos religiosos… y un largo etcétera, referido a las necesidades espirituales.

En la práctica este planteamiento implica una profunda integración de los servicios de pastoral de nuestros centros con el área asistencial. Una integración que sea “real”, como nos lo pedía el anterior Capítulo General. Estamos en camino, ciertamente, pero queda mucho por andar…

 

 

VIERNES 2 de julio (Mateo 9, 9-13)

 “…no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

 

La actitud de los fariseos encuentra eco entre nosotros. De alguna manera, quienes nos consideramos seguidores de Jesús cumplimos con una serie de orientaciones y normas de conducta eclesiales. Participamos en la eucaristía los domingos, practicamos la recepción frecuente de los sacramentos, ordenamos nuestro modo de pensar y actuar en clave evangélica…

Si bien han cambiado mucho los tiempos y ya no existe un rigorismo formal desde el cual catalogar o valorar la vivencia religiosa, permanece cierto sentido de pertenencia que separa a quienes están en comunión con la comunidad de creyentes de quienes no lo están.

Debemos aplicarnos la palabra del día y saber que Jesús no reniega de los segundos. Es más, desde la misericordia les continúa llamando, con una actitud inclusiva que rompe con los paradigmas puristas.

Una pastoral inclusiva pide a gritos una nueva pedagogía marcada por el encuentro y la aceptación incondicional. Seguramente tenemos que ser creativos para generar espacios de diálogo, de respeto a la diversidad, de fraternidad sin barreras…

Cuando en nuestros centros y dispositivos nos encontramos con la indiferencia o el rechazo a nuestra confesionalidad, ¿qué hacemos? ¿Abandonamos a la persona discordante (que cada día son y serán más…) o creamos alternativas de pre-evangelización? El desafío es evidente. Hoy Jesús nos recuerda que por ellos ha venido al mundo…

 

SÁBADO 3 de julio (Juan 20, 24-29)

«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?». (Mateo 9, 14-15)

No es la primera vez que Jesús se salta la ley para poner en evidencia el sentido más pleno de la misma. El ayuno en sí mismo no tiene razón de ser si no nos lleva a vivir con mayor desprendimiento hacia las cosas y mayor disponibilidad para servir a los demás.

De hecho la lectura de Isaías que precede al texto del Evangelio nos recuerda que el ayuno que Dios acepta es el del servicio y el compromiso con las personas necesitadas que nos rodean.

Si hacemos del ayuno un rito más y sólo con su cumplimiento nos sentimos “buenos”, estaremos entrando en la dinámica de un ritualismo compensatorio, poco menos que vano.

Seguramente todos sabremos identificar esos “ayunos significativos” que nos ayudan a crecer como personas y como discípulos y asumir las llamadas de conversión que se evidencian en nuestra fragilidad y reclaman una respuesta.

La misión de agentes de pastoral de la salud nos brinda a diario ocasiones preciosas para vivir desde esta espiritualidad que no pone el acento en las privaciones sino en la purificación de las motivaciones que nacen del corazón.

El ayuno que Dios quiere es el de nuestras propias inconsistencias para ser más libres en el ejercicio de la caridad, del amor desinteresado.