XVI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO: 18 al 24 de julio de 2021

DOMINGO 18 de julio (Marcos 6, 30-34)

 “Vamos a descansar un poco en algún lugar solitario.”

La fatiga y la falta de tiempo conforman una constante en nuestro diario vivir. Al parecer los primeros discípulos no se libraron de ella.

Contemplamos cómo Jesús les invitó a estar solos en un sitio apartado, pero el plan fracasó. El descanso duró lo que el viaje en barca de un lugar a otro.

Debemos descansar, reponer nuestras fuerzas en la misma dinámica de la entrega, crear espacios de soledad y encuentro con el Señor sin por ello alejarnos de la misión. Es el desafío de una sana espiritualidad en la vida activa.

Como nos lo recuerda el Papa Francisco, “no es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este mundo, y se incorpora en el camino de santificación. Somos llamados a vivir la contemplación también en medio de la acción, y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión.” (GE, 26)

 

LUNES 19 de julio (Mateo 12, 38-42)

 “… esa reina vino de tierras lejanas a escuchar la sabiduría de Salomón, ¡y aquí hay alguien más importante que Salomón!”

Los lejanos, los que no están atados a paradigmas previos, son los más dispuestos a acoger la novedad del mensaje y la persona de Jesús. Algo de eso ocurre al interior de la Iglesia. ¡Cuántas evidencias son ignoradas por el simple hecho de no encajar en nuestros preconceptos!

Solemos reclamar “pruebas” para confirmarnos en nuestras verdades y no hay más prueba que la dimensión pascual asumida con esperanza. Es preciso morir a muchas certezas, sumergirnos en la “tierra”, en la realidad, para resucitar a la frescura de los evangelios.

Una de las líneas pastorales de la renovación eclesial que promueve el Papa Francisco responde justamente a esta necesidad de integrar la diversidad, abrirnos al diálogo con el que siente y piensa de modo diverso, saber encontrar esas “semillas de evangelio” presentes en todo y en todos.

 

 

MARTES 20 de julio (Mateo 12, 46-50)         

   «El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.”

Para María aquellas palabras le resultaban conocidas. Escuchó, una vez más, que el eje vital de su Hijo estaba en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Así lo había vivido cuando su pequeño se perdió en el templo.

Ella había crecido en el discipulado antes de que el Hijo se proyectara en la vida pública.  Ella es la primera en escuchar, meditar, practicar, guardar… la Palabra del Hijo. Una Palabra que para ella fue un don anticipado. Por eso María está en la raíz de la nueva evangelización, centrada en la Palabra del Hijo.

En María podemos ver a la mujer sencilla que no se vale de ninguna prerrogativa más que la de ser una discípula más del Hijo, viviendo en fidelidad a la voluntad del Padre.

 

 

MIÉRCOLES 21 de julio (Mateo 13, 1-9)

 “Unas espigas dieron cien granos por semilla, otras dieron sesenta y otras treinta.”

Jesús no condena a aquel que produjo treinta ni tampoco ensalza particularmente al que produjo cien. Lo que importa es que cada uno produzca lo que pueda, de acuerdo a su realidad.

Dios no nos pedirá más de lo que podemos dar. Tampoco menos.

Este respeto profundo por los procesos personales en el seguimiento de Cristo ilumina de manera particular nuestro modo de entender el caminar comunitario. No se trata de un ser-hacer homogéneo, sino de compartir una misma inspiración, un mismo Espíritu y, desde Él, hacer camino sin escandalizarnos cuando vemos despuntar la cizaña en medio del trigo, sin caer en reacciones quejosas o criticonas hacia quienes, según nuestro parecer, no viven en plenitud la propuesta del nazareno.

El respeto que Dios nos tiene es el que debemos tener hacia los demás.

 

 

 

JUEVES 22 de julio (Juan 20, 1-2.11-18)                                        SANTA MARÍA MAGDALENA

 “Ella, tomándolo por el hortelano…”

Para María Magdalena la resurrección volvió irreconocible la imagen de su maestro.

Vivir en clave de resurrección significa dejarnos interpelar por una nueva visión de la realidad. Desde esta perspectiva podríamos preguntarnos en qué cambia nuestra visión-comprensión del mundo, de las personas atendidas desde nuestra misión como agentes de pastoral de la salud, de los miembros de nuestras familias, de nuestros compañeros y compañeras de trabajo.

¿Seguimos confundiendo a este cosmos y esta humanidad resucitada con el hortelano? Hay semillas de Evangelio, semillas del Resucitado que quizás hemos dejado de ver. Escuchemos al Señor encarnado y resucitado. Puede que le reconozcamos.

Hoy resuena, como una urgencia, la llamada a reconocer al Señor de la historia en las personas con quienes vivimos nuestro día a día. Pero, sobre todo, en aquellos que “damos por muertos”… que no queremos mirar, que se han hecho invisibles porque no interesa tenerles en cuenta…

           

 

VIERNES 23 de julio (Juan 15, 1-8)

 “Al que no permanece en mí lo tiran fuera…”

Lo importante no es entusiasmarnos un día con el Evangelio para dejarlo de lado ante las primeras exigencias.

Nuestra cultura no nos ayuda demasiado. Hoy no se concibe la fidelidad como un valor. Está de moda cierto “veletismo”, desde un sincretismo donde todo vale. Lo que ahora es fundamental, mañana ya no lo es. Cambia el viento… cambia la dirección de mis opciones. Y no pasa nada…

Es evidente que en tales circunstancias el seguimiento de Cristo resulta no sólo anticultural, sino puede llegar a ser acusado de integrismo o de fanatismo. Puede ser visto como algo un tanto extraño y hasta sospechoso.

El Papa Francisco nos recuerda que esta dimensión de permanencia, si bien es exigente, debe ser vivida desde su vertiente de plenitud. De lo contrario entramos en una dinámica de ascetismo maniqueísta, muy alejada de la propuesta del nazareno: “… seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas.” (E.G., 167)

 

 

SÁBADO 24 de julio (Mateo13, 24-30)

Quienes siembran cizaña lo hacen cuidando no ser descubiertos, por la noche, en las horas del sueño. De este modo el mal aparece aquí y allá, sin que se evidencie con precisión de dónde procede. Y el Señor permite que el trigo y la cizaña convivan.

La semilla es buena, el proyecto evangélico y la misión del agente de pastoral de la salud son maravillosos. ¿Cómo hacer para que la cizaña no se propague y ahogue el trigo? ¿Cómo no negar el trigo al ver tanta cizaña? ¿Qué hacer para estar más atentos y no permitir que nuestros “sueños” favorezcan la siembra de la cizaña?

Sin duda debemos ser pacientes y aceptar que siempre habrá trigo y cizaña. Tanto en lo que nos rodea, como en nosotros mismos. El Dios de los evangelios es un Dios paciente, que sabe esperar, que no arrasa el trigo por cortar la cizaña.

Debemos cuidar el trigo y no perder la paz ante la cizaña, signo de nuestras debilidades, siempre presentes.