XIX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO: 8 al 14 de agosto de 2021

DOMINGO 8 de agosto (Juan 6, 41-52)

 “El pan que yo voy a dar es mi carne…”

Al comulgar, yo no asimilo a Dios, sino es Dios quien me asimila, Dios mismo se hace carne en mí.  Su cuerpo en mi carne… y en la de mi hermano necesitado, porque así lo quiso el Señor.

No puede haber acto más comprometedor con la construcción de un mundo más fraterno, más solidario, más justo, más “vivo”, que el comulgar. Y sin embargo debemos reconocer que a los creyentes nos acecha la rutina como un proceso desgastante que termina quitando esencia a lo más sagrado.

La Eucaristía como fuente de compromiso y motor de la entrega generosa a los demás es una constante en los más diversos carismas y no deja de ser una prioridad en la experiencia de todo agente de pastoral de la salud.

 

 

LUNES 9 de agosto (Mateo 25, 1-13)

“Dadnos un poco de vuestro aceite.”

La parábola nos llama a abrazar crítica y conscientemente nuestras vidas. Se trata de algo que no podemos “pedir prestado”. Nadie puede vivir por nosotros.

Ese “aceite” que permite la luz, debe ser nuestro, un producto intransferible. Nadie puede discernir por nosotros, nadie puede controlar todas las variables que inciden en nuestras decisiones.

Mantener las lámparas de nuestras vidas con aceite suficiente para iluminar nuestras noches es asumirnos como protagonistas de cuanto somos y realizamos.

El Evangelio nos llama a ser adultos en la fe.

 

 

MARTES 10 de agosto (Juan 12, 24-26)                                                          SAN LORENZO

 “Si un grano de trigo no cae en tierra y muere, seguirá siendo un grano único.”

Todo proyecto de vida tiene su precio. Cuanto más sublime, más vida reclama. Podríamos decir que la medida de nuestra entrega es proporcional a la misión que abrazamos. Los resultados también mantienen esa relación. Una vida centrada en las propias necesidades no deja rastro alguno. Por lo contrario, una vida expandida en la entrega, se multiplica.

Pero la muerte no genera vida por sí misma. Solamente lo hace cuando es fruto de un proyecto que opta radicalmente por dar vida. Así sucedió en Jesús de Nazaret, así continúa sucediendo en quienes le siguen. ¿Muero dando vida? En el fondo es la pregunta/respuesta ante la necesaria búsqueda por el sentido de la vida misma…

 

  

MIÉRCOLES 11 de agosto (Mateo 18, 15-20)

 “Lo que atéis en la tierra… lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”

La Palabra se inscribe en el llamado “discurso eclesiástico”, donde el Señor se refiere a la humildad de quien sirve, a la gravedad del escándalo, a la búsqueda de la “oveja perdida”, al perdón y la corrección fraterna.

Hoy nos invita a reflexionar sobre ese ministerio (servicio) tan difícil del corregir a quien “peca”, a quien no hace el bien. Señala todo un itinerario que va desde el diálogo personal a la denuncia pública. Sólo si el hermano no cambia, entonces debe ser tratado como un publicano…

Son palabras desafiantes para quien acompaña y muy duras para el que, siendo acompañado, no quiere cambiar.

Finalmente el texto hace referencia a la mediación sacramental del perdón. Un texto clave en la instauración del sacramento de la reconciliación. ¡No deja de ser una misteriosa mediación! ¡La misericordia de Dios, mediatizada en el perdón ministerial!

No han faltado posturas de poder en torno a este sacramento. Basta pensar en el uso y abuso de las indulgencias y sus pesadas cargas morales y financieras.

Hoy el Papa Francisco insiste en la dimensión gratuita, abundante y misericordiosa de Dios. Frente a esa verdad de fe (de un Dios que es ante todo Amor), está el difícil y cotidiano esfuerzo de acompañarnos unos a los otros para ser fieles a la voluntad de Dios en nuestras vidas.

 

 

JUEVES 12 de Agosto (Mateo 18, 21-19,1)

“Ten paciencia conmigo.”

El evangelio nos invita a reflexionar sobre el perdón.  Se trata de uno de los aspectos más novedosos que aportaba la predicación de Jesús de Nazaret.

El pueblo hebreo estaba familiarizado con la imagen de un Dios justiciero más que con la de un Dios Padre bondadoso. Basta recordar las veces en que los sacerdotes, escribas y fariseos se escandalizaron ante el perdón ofrecido por Jesús a quienes la religión y la sociedad condenaban y rechazaban.

El perdón constituye una dimensión básica en nuestras vidas. Da respuesta a desequilibrios frecuentes en las relaciones interpersonales.  La ofensa, la bronca, la incomprensión, la sed de venganza, el juicio condenatorio, conforman actitudes lamentablemente muy repetidas.

Perdonar implica muchas veces un largo recorrido de objetivación y ascesis personal. Ver con serenidad la verdad, reconocer las inconsistencias que están detrás de nuestros sentimientos de ofensa, de ira, de venganza…, comprender al otro en sus propios procesos, aceptarlo y aceptarnos, dejarnos sanar, asumir el lento camino de reconciliación del corazón…

El evangelio nos recuerda el principio de reciprocidad: lo mismo que haces tú, hará el Padre del cielo contigo. El perdón que demandamos a Dios es el mismo que nosotros somos capaces de brindar a quien nos ofende.

El perdón es uno de los rostros que tiene la misericordia, actitud y valor central en la vivencia de nuestra misión.

 

  

VIERNES 13 agosto (Mateo 19, 3-12)

 “…no trae cuenta casarse.”

El evangelio que hoy reflexionamos nos mete en un lío que, por lo visto, traía también de cabeza a los coetáneos del Señor. Se trata de la indisolubilidad del vínculo conyugal, aspecto que, según la Ley de Moisés, podía tener ciertas excepciones en caso de infidelidad, prostitución o uniones incestuosas.

La Iglesia, enraizada en la Palabra, continúa sosteniendo la indisolubilidad del vínculo conyugal y al mismo tiempo desarrolla una amplia “pastoral de divorciados/as”, para acompañar a millares de personas cuyos matrimonios se han roto.  La postura pastoral del Papa Francisco al respecto es clara, al tiempo que resulta incómoda tanto para quienes solamente aceptan la radicalidad de la norma como para quienes optan por adaptar el mensaje a la realidad, a las mayorías, a las estadísticas.

Se impone acompañar cada vida, cada biografía, desde su realidad herida. Asumir el camino de la misericordia hacia nuestra debilidad y la de aquellos que nos rodean, sin enjuiciar jamás… Así lo expresa el Papa en Amoris Laetitia: “La mirada de Cristo, cuya luz alumbra a todo hombre inspira el cuidado pastoral de la Iglesia hacia los fieles que simplemente conviven, quienes han contraído matrimonio sólo civil o los divorciados vueltos a casar. Con el enfoque de la pedagogía divina, la Iglesia mira con amor a quienes participan en su vida de modo imperfecto.”

 

 

SÁBADO 14 agosto (Lucas 11, 27-28)

«Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.» Pero él repuso: -«Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.»

Aquella mujer, entusiasmada ante la predicación de Jesús, dio en la diana del porqué de todas las prerrogativas marianas: su maternidad divina. María, apenas embarazada, lo reconocía y lo expresaba en el canto del Magníficat: “Desde ahora, todas las generaciones me llama dirán bienaventurada.”  En razón de su maternidad divina, la Iglesia, mediante el desarrollo teológico y las declaraciones dogmáticas, nos fue presentando a María como inmaculada, virgen y madre, asunta, mediadora de todas las gracias…

Sin embargo, todo ello, siendo materia de fe para el creyente, queda en segundo plano si lo confrontamos con la bienaventuranza que dedica Jesús a quienes “escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.  Entre ellos está María, su madre, ¡qué duda cabe! Pero Jesús rompe con la prerrogativa exclusiva de la maternidad para optar por la INCLUSIÓN de todos los hombres y mujeres de buena voluntad que escuchando la Palabra de Dios, orientan sus vidas inspirados en ella. Y utiliza el adjetivo comparativo “mejor”, denotando la idea de preferencia.

O sea que la maternidad divina en sí misma queda en un segundo nivel respecto la actitud de quien escucha y cumple su Palabra. Me pregunto si existe un desarrollo teológico y pastoral adecuado, y suficientemente difundido, de la importancia y centralidad de la Palabra en el discipulado. Es en la Palabra y por la Palabra que la propuesta de Jesús de Nazareth sigue llenando de sentido la vida de millones de personas.