III SEMANA DE ADVIENTO: 12 al 18 de diciembre de 2021

DOMINGO 12 de diciembre (Lucas 3, 10-18)

 “¿Qué debemos hacer?”

En la predicación de Juan el Bautista aparecen enunciadas una serie de conductas favorables para acoger al Mesías esperado. La caridad, la compasión, la justicia, conforman el camino que nos conduce al encuentro con el hermano, y en el hermano, al encuentro con el Dios de los evangelios.

El Papa Francisco nos recuerda con frecuencia el mismo mensaje del Bautista, invitando a toda la humanidad a tener gestos de misericordia con la naturaleza, con nosotros mismos y con nuestros hermanos.

El Reino se construye desde estos condicionantes de humanización, tan urgentes y necesarios.

Vivimos rodeados de llamadas a la solidaridad, al encuentro, a la escucha… pero no queremos dejar nuestras “zonas de confort”. Siempre hay “razones” para justificar nuestra desidia, nuestra indiferencia… El camino del Adviento nos ofrece la oportunidad de convertir algunas de estas actitudes y poner nuestras vidas en clave de evangelio. ¿Seguiremos resistiendo la acción del Espíritu?  Preguntemos al Señor qué debemos hacer. Ciertamente encontraremos llamadas al cambio, a la conversión.

 

LUNES 13 de diciembre (Mateo 21, 23-27)

“¿Quién te ha dado semejante autoridad?”

Los ancianos y sacerdotes no discuten el contenido del mensaje sino su validez formal. “¿Con qué autoridad haces esto?” La confusión entre poder y autoridad es frecuente y tendemos a valorar el mensaje según el poder o prestigio del mensajero.

La apertura a la acción del Espíritu que actúa donde y cuando quiere, continúa siendo un desafío para nosotros, como en su tiempo lo fue para las autoridades religiosas del judaísmo.

Debemos ser capaces de escuchar el profetismo informal presente en las más diversas realidades, en las personas menos tenidas en cuenta. ¿O es que estamos convencidos que la verdad sólo puede provenir de quien ostenta el poder? Más aún… ¿creemos que Dios ha encerrado toda su misericordia, su verdad, su amor solamente en nosotros o estamos convencidos que su presencia no acepta fronteras?

Hasta tanto no nos convenzamos que Él se manifiesta también en aquellos que piensan distinto y hasta le dan otro nombre, no seremos capaces de entender al Dios de los Evangelios.

 

 

 MARTES 14 de diciembre (Mateo 21, 28-32)

“Los recaudadores y las prostitutas van a entrar en el Reino antes que vosotros.”

Jesús encontró mayor disponibilidad a la conversión en aquellos que eran considerados los parias de la religión oficial, que en los escribas y fariseos, cumplidores de la Ley. La plataforma de la que aquellos partían era la profunda certeza de sus pobrezas.

La llamada encaja en el espíritu del adviento: mientras no asumamos con realismo nuestras debilidades es imposible implorar la salvación y abrirnos a ella con sencillez.

Nos preguntamos si en este tiempo estamos profundizando suficientemente la conciencia de que realmente necesitamos ser salvados.

Solamente así la Navidad tendrá un calado especial y podremos escapar del torbellino de superficialidades que rodean estas fiestas.

 

 

MIÉRCOLES 15 de diciembre (Lucas 7, 19-23)

 “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”

Juan el Bautista esperaba a un Mesías comprometido con los “pobres de Yavé”, dador de vida, amante de los más pobres…  Nosotros, ¿a quién esperamos? ¿Qué pruebas nos hacen falta para creer que el Niño de Belén es el verdadero Mesías y que no debemos esperar a otro?

Desde otra perspectiva, ¿encontrarán los hombres y mujeres de nuestro tiempo en nosotros, en la Iglesia, el testimonio fehaciente de que el Reino se hace presente porque nos comprometemos con los pobres, con los enfermos, con quienes están “muertos”…?

Existe una manera “escandalosa” de vivir la Navidad que poco tiene que ver con la propuesta hedonista que se nos hace. El carisma hospitalario en sí mismo se inserta de lleno en esta prueba de mesianidad que Jesús presenta a Juan.

¿Nos atrevemos a vivirlo en clave de Evangelio? Ahí reside el desafío de nuestro adviento…

 

 

 

JUEVES 16 de diciembre (Lucas 7, 24-30)

“Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti.”

 

Jesús afirma sobre Juan: “Os digo que entre los nacidos de mujer nadie es más grande que Juan.”  Se trata de un hombre que optó por vivir pobremente en el desierto y anunciar que estaba cerca la llegada del Mesías. Con él se cerraba el ciclo de los profetas que predecían la llegada del Salvador y se inauguraba el ciclo de los testigos del Mesías encarnado en Jesús. Por eso Juan es el prototipo del discipulado cristiano.

De alguna manera todos los bautizados estamos llamados a ser como él, a ser facilitadores de la presencia de Jesús en la vida de nuestros semejantes. La tarea no fue sencilla para Juan, tampoco lo es para nosotros.

¿Cómo promover la presencia de Jesús en nuestras realidades más diversas? ¿Cómo preparar el camino para que todos podamos encontrarnos con él?

El Evangelio de hoy nos dice que los fariseos y maestros de la ley “frustraron el designio de Dios para con ellos”, rechazando el bautismo de conversión que ofrecía Juan y en consecuencia negando a Jesús de Nazaret.

¡Misterio de la libertad humana que se repite hasta nuestros días! El Dios de los evangelios no es un Dios que se impone, sino que se propone. Y eso hace que nosotros, como Juan el Bautista en su momento, no podamos sino crear condiciones para que el Señor sea acogido en todos los corazones, dejando que la opción por el encuentro se realice desde la libertad individual.

 

 VIERNES 17 de diciembre (Mateo 1, 1-17)

Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.” 

En la genealogía de Jesús encontramos personajes marcados por la contradicción y por pecados como el homicidio, la idolatría y la prostitución.

Una lectura espiritual del contexto familiar de Jesús nos puede sugerir muchos mensajes: ante todo se trata de un grito de esperanza en el ser humano. No hay pasado ni pecado que no pueda ser redimido. La condición humana, cualquiera sea, puede dar lugar a la vida y a la vida en abundancia.

Por otro lado el evangelio de hoy nos recuerda la necesidad de reconocer y aceptar la negatividad en nuestras vidas. Darle nombre a las “heridas” del pasado es el mejor camino para reconciliarnos y vivir en paz.  Dios, encarnado en el Niño de Belén, nos está diciendo que es posible crecer en el bien y la verdad, cualquiera sea nuestra trayectoria biográfica.

Se trata, sin duda alguna, de un mensaje que nos debe llenar de esperanza y que nos invita a una actitud de profunda sencillez y humildad

 

 

SÁBADO, 18 de diciembre (Mateo 1, 18-24)

“José que era justo y no quería denunciarla…”

En comunidad, en nuestras familias o en el trabajo suelen darse situaciones de incomprensión y hasta de ofensa ante conductas y actuaciones de los demás.

La actitud de San José con María rompió con los moldes culturales del “ojo por ojo” y dejó establecidas nuevas pautas de actuación.

José fue un “hombre justo”. Pero desde un concepto de justicia diferente, que pasa por el respeto, la tolerancia, la prudencia, la comprensión, la confianza y el silencio cuando las circunstancias resultan incomprensibles.

La justicia en Dios tiene el rostro de la misericordia e implica un salto cualitativo en el amor.  José nos enseña a confiar, a superar la cultura de la sospecha que tanto daño está haciendo a la convivencia en todos los ámbitos. Ante un hecho incomprensible y con apariencias de engaño José confía en María, renuncia a controlarlo todo, a dominar la situación.

Si la suspicacia se instala en los corazones, entonces se rompe el frágil hilo que hace posible la fraternidad. La condena sin paliativos ante cualquier sospecha se ha instalado entre nosotros llegando a formas de maltrato…

José nos enseña a confiar en los demás. Y será mil veces mejor equivocarnos desde la confianza que desde la condena…