I SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO: 9 al 15 de enero de 2022

 

DOMINGO 9 de enero (Lucas 3, 15-16.21-22)                                          BAUTISMO DEL SEÑOR

 “En un bautismo general, Jesús también se bautizó.”

Juan bautiza al mismo Dios encarnado. El discípulo hace de maestro y el maestro de discípulo.  Y en aquel gesto desconcertante, Dios mismo se revela.

¡Qué lejos solemos estar de esta actitud de horizontalidad, de igualdad esencial entre las personas!

Hemos creado demasiadas categorías que enturbian la imagen de una Iglesia hospitalaria más fraterna y menos jerárquica.

Esa Iglesia fraterna, humilde, abierta a todas las personas que buscan el bien y la verdad. Es la Iglesia reformada a la que nos invita el Papa Francisco, pero que encuentra sus raíces en Belén, en Nazaret, en el calvario…

El Dios de los evangelios es un Dios sin estamentos ni dignidades. El más sencillo, el de apariencia menos “noble” puede ser mediador de verdad y bien.

El bautismo de Jesús en el Jordán es una clara invitación a la inclusión, a la acogida generosa, a dejarnos sorprender por los sencillos de este mundo.

 

LUNES 10 de enero  (Marcos 1, 14-20)

 “Dejaron sus redes y se fueron con él.”

Todo discipulado exige comulgar con un proyecto, compartir un sueño y ser capaces de renunciar a aquello que, siendo legítimo, entorpezca emprender y continuar el camino escogido.

Las respuestas “a medias” terminan en componendas que vuelven poco creíble el proyecto que decimos abrazar.

En la perspectiva de comunión en la espiritualidad y misión, esta pasión puede y debe ser asumida también por el laicado Hospitalario, desde la vivencia del carisma con formas adaptadas a su contexto vocacional específico, pero con la misma radicalidad.

Se trata de un discipulado común que debemos incentivar y acompañar recíprocamente.

Así lo reconoce el reciente Capítulo General cuando afirma que “se va desarrollando y consolidando un modelo de misión compartida que permite diversas encarnaciones del carisma fundacional: como consagradas, como fieles laicos, como personas de buena voluntad. Este desarrollo provoca la necesidad de una clarificación que genere significados comunes.”

 

 

MARTES 11 de enero (Marcos 1, 21b-28)

 “Es una nueva enseñanza, llena de autoridad.”

La autoridad de nuestras palabras emana de la coherencia de vida. El engaño no se sostiene por mucho tiempo; siempre terminan quedando al descubierto nuestras inconsistencias.

Nuestras palabras deben estar marcadas por la sencillez de quien se compromete a vivir lo que afirma con sus labios, sabiéndose limitado.

Hoy sufrimos una presencia abrumadora de la palabra, pero dentro de este torrente conceptual, ¡qué difícil se nos hace distinguir lo auténtico!

Somos testigos, casi a diario, de la debilidad de la palabra dada. Nos deja atónitos la incoherencia de los referentes públicos y poco a poco se crea una cultura de la sospecha, de la desconfianza, lo que termina erosionando la misma vida social.

¡Cuánta falta nos hacen los maestros “con autoridad”! Es decir, personas que se manifiesten asumiendo las consecuencias de sus afirmaciones.

La humilde coherencia es fuente de toda autoridad.

 

 MIÉRCOLES 12 de enero (Marcos 1, 29-39)

“Se dirigió a un lugar apartado a orar.”

Marcharnos al descampado y ponernos a orar, quedarnos a solas rumiando la vida bajo la acción del Espíritu resulta fundamental en todo discipulado.

El frenesí de la acción, aunque sea exitosa y despierte admiración, no es garantía de fidelidad. Es más, puede enredarnos en los inmediatismos, quitándonos la paz. El cansancio, el agobio, el estrés, parecen imponerse.

Jesús nos regala una clave para cualificar la entrega: retirarnos a orar con el Padre. En la misma línea, nuestro Fundador nos recuerda en una de sus cartas la necesidad de “acudir a la oración para serenarse”. (Cf.Carta-656)

No se trata de desequilibrar el compromiso huyendo hacia una contemplación que justifique nuestra falta de acción. Se trata de llenar la acción de sentido evangélico. El Papa Francisco nos lo recuerda: “No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. (…) Somos llamados a vivir la contemplación también en medio de la acción, y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión.” (Gaudete et exultate, 26)

 

 

JUEVES 13 de enero  (Marcos 1, 40-45)

 “Si quieres, puedes limpiarme.” 

Hemos intentado crear una cultura de espaldas al dolor de quienes nos rodean. La Hospitalidad, en cambio, nos regala la preciosa oportunidad de comprometernos con los “leprosos” de nuestro tiempo.

Ellos, los ancianos, las personas con enfermedad mental, los moribundos, los discapacitados… son los marginados del sistema que reclaman esa dignidad que les pertenece.

Ante ellos debemos detenernos, ir a su encuentro, ser conscientes de su dolor, dejarnos conmover, actuar con delicadeza, iluminar sus vidas con nuestras palabras.

Ante ellos tenemos una deuda humanitaria y evangélica que hunde sus raíces en el amor de caridad sin dejar de ser un grito que clama justicia y fraternidad. Así nos lo recuerda el XXI Capítulo General: “Como cuerpo congregacional somos parte de la Iglesia samaritana que, movida por la entrañable compasión de Dios, se hace próxima de la humanidad herida y la cuida con misericordia.”

 

 VIERNES 14 de enero (Marcos 2, 1-12)

“¿Qué es más fácil?”

La sanación, desde la antropología cristiana, implica las dimensiones bio-psico-sociales, espirituales y ambientales.  La curación del paralítico nos brinda un fundamento incuestionable para comprender el alcance de la misión Hospitalaria.

Cuando desde el magisterio eclesial y congregacional se nos convoca a integrar la atención espiritual en el modelo terapéutico nos encontramos con no pocas incomprensiones, fundadas en cuestiones jurídicas o en una visión biologicista del ser humano.

En Jesús de Nazaret, sanación y salvación van estrechamente unidas. Contemplar la sanación-salvación del paralítico de Cafarnaún es contemplar el itinerario carismático que nos identifica.

El reciente Capítulo General nos invita a “actualizar el modelo de Pastoral de la Salud”, lo cual reclama un revisar los procesos desde los cuales la propuesta de sanación-salvación de Jesús de Nazaret se hace presente hoy en nuestras parroquias.

 

 

 

SÁBADO 15 de enero (Marcos 2, 13-17)

“Se levantó y lo siguió”

Leví era cobrador de impuestos y publicano. Un pecador despreciado por su pueblo.

Jesús cura su herida espiritual y social regalándole la confianza e invitándole a ser su discípulo: “Sígueme”.

Una vez más estamos ante la sanación-salvación integral ofrecida por el maestro. El punto de partida es la acogida incondicional, aceptada a su vez por Leví.

Jesús une de este modo perdón, reconciliación comunitaria y llamada, mostrándonos el camino para romper los estigmas que nos separan.

Jesús acoge sin condiciones, reconociendo la dignidad de cada persona, su capacidad de plenitud, actitud de base para vivir la misión que se nos ha confiado.

En este sábado mariano, pidamos a nuestra madre la ternura, la cercanía necesaria para ser constructores de encuentro, de aceptación, de integración.