SEGUNDA SEMANA del TIEMPO PASCUAL: 24 al 30 de abril de 2022

 DOMINGO, 24 de Abril (Juan 20, 19, 31)

“Estaban los discípulos en una casa”.

Los discípulos no terminaban por vencer el miedo que se les había metido en el cuerpo al ver a su maestro apresado, condenado y ajusticiado.

En medio de aquella situación, tan tensa, ellos supieron, sin embargo, mantenerse unidos. Así les encontró Jesús. Entonces les transmitió la paz y les reafirmó en la fe.

Quizá no pasemos por situaciones tan extremas como las vividas por los primeros discípulos, pero no nos faltan ocasiones en las que nos sentimos desorientados y hasta desanimados.  Entonces, es normal tener miedo, replegarnos y hasta poner en tela de juicio nuestro credo.

Hoy el evangelio nos invita a vivir esos momentos en clave de discipulado. Es decir, a permanecer unidos, a compartir nuestras dudas y también la certeza pascual que Jesús se hará presente.

 

LUNES, 25 de abril (Marcos, 16, 15-20)

“Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos.”

Celebramos hoy a San Marcos Evangelista. El mismo Marcos nos narra el envío que Jesús hace a los once discípulos después de su resurrección. “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. 

Es imposible reflexionar sobre este texto sin sentirnos interpelados desde la sensibilidad evangélica del servicio que prestamos como agentes de pastoral de la salud. ¿Cómo entender, a partir de nuestra experiencia cotidiana, el signo de sanación a través de la imposición de las manos?

Nuestra visión asistencial, fundada en los conocimientos y procesos terapéuticos, se resiste a creer en una manipulación del poder divino a través de determinados ritos, como la imposición de manos. De alguna manera lo identificamos con una visión infantil de la fe.

Al mismo tiempo existe sobrada literatura de acompañamiento terapéutico y también espiritual que recupera y pone en valor la función sanadora de la cercanía con la persona que sufre, del encuentro personal, de la caricia, del coger y apretar con cariño la mano de las personas confiadas a nuestro cuidado, especialmente en momentos críticos de su proceso.

Recuperar el lenguaje de las manos en la praxis del acompañamiento parece encontrar su fundamentación en el texto que hoy reflexionamos. Un gesto que nos ayuda a asumir las limitaciones ante el misterio del dolor, a la vez que reafirmamos nuestra fe en la presencia amorosa de Dios en tantas biografías quebradas como las que acompañamos a diario.

 

 

MARTES, 26 de abril (Mateo 5, 13-16)

“… una lámpara no se enciende para taparla.”

Ante la tendencia cultural que nos invita a un anonimato cómodo, el Evangelio nos sale al paso y nos invita a ser luz y sal.

La observación final del texto que reflexionamos toca de lleno el aspecto motivacional: no se trata de hacernos evidentes para reivindicarnos ante los demás sino de ser puentes para el encuentro de cuantos nos rodean con el Dios de los evangelios.

Ser sal y luz no es entrar en una especie de exhibicionismo, por más espiritual y digno que parezca. Implica un discipulado cargado de rotundidad y profunda sencillez.  El Papa Francisco nos recuerda en Christus Vivit que: “Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz […].” (CV, 175)

 

 

Miércoles, 27 de abril (Juan 3, 16-21)                                                                                                                                           

“Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.”  

Muchos hemos crecido con una visión moralista desde la que consideramos buena o mala a una persona según sus obras. Y solemos poner como referencia de esa bondad o maldad el mensaje evangélico.

Deberíamos releer con atención el texto de hoy para darnos cuenta que no hay nada más lejano al Dios de Jesús de Nazaret que esta intencionalidad de juicio moral

En Dios, la misericordia siempre va por delante. Eso es lo que machaconamente nos está recordando el Papa Francisco.

¡Cuánto debemos caminar para entender que la bondad, el perdón, la cercanía, la empatía, la tolerancia… constituyen el eje del mensaje y de la vida de Jesús de Nazaret!

 

 JUEVES, 28 de abril (Juan 3, 31-36)

“El que cree en el Hijo, tiene vida eterna.”

Jesús manifiesta su autoconciencia como Mesías a fin de afianzar la frágil adhesión de sus seguidores y de denunciar la terquedad de quienes le rechazaban visceralmente.

Hoy somos testigos de cómo hacer pública la identidad creyente, en diversos contextos de nuestro mundo, puede costar la propia vida. Pero, ¿qué ocurre con nosotros, habitantes de una región que se considera tolerante y plural? ¿No confundimos el respeto por el pluralismo con la falta de identidad o con la difusión de identidades débiles, sometidas al vaivén de las corrientes ideológicas imperantes?

Creer en el Hijo de Dios, creer en el Mesías Resucitado, ya no resulta cómodo, ni tan siquiera en un país de profundas raíces cristianas. Ser profetas, ser misioneros de la misericordia, implica reafirmarnos en la certeza de que la fe en el Hijo, es motivo de VIDA. Una VIDA distinta… que puede traer consigo la incomprensión y hasta el ser socialmente segregados.

 

 

VIERNES 29 de abril (Mateo 11, 25-30)

 “Mi yugo es suave y mi carga ligera.”

El Evangelio nos habla hoy de la sencillez como exigencia en el seguimiento de Jesús. En un contexto cultural en el que todo se cuestiona y todo adquiere valor en tanto en cuanto es convincente para la persona, la llamada del Evangelio a asumir con sencillez el mensaje de Jesús nos pone fuera de la pretendida sapiencia de quien todo lo quiere controlar con la razón.

El profundo misterio pascual que celebramos en este tiempo litúrgico violenta el pseudo-cientificismo con el que pretendemos controlarlo todo.

¿Quién puede decir que Jesús VIVE si no es desde la fe, desde el abandono confiando en el testimonio del mismo Resucitado y sus primeros discípulos?

La humildad del corazón es la condición necesaria para vivir en la fe un hecho tan desconcertante como maravilloso.

En la Resurrección se centra el sentido más profundo de la reconciliación entre Dios y cada uno de nosotros. Jesús dio su vida para darnos VIDA, para decirnos que el Padre nos ama incondicionalmente, para asegurarnos que el mal, los cansancios, las dificultades en el seguimiento, no tienen la última palabra. Por eso… porque Él resucitó, su yugo termina siendo suave y su carga ligera.

 

 

SÁBADO 30 de abril (Juan 6, 16-21)

 “Jesús caminaba sobre el lago y se acercaba a la barca.”

¿Acaso no estamos viviendo tiempos difíciles, con el “mar alborotado” y sufriendo la “noche” del desencuentro? ¡Cuánto dolor en la martirizada Ucrania y en tantos otros puntos del planeta que sufren guerras enquistadas que los medios de comunicación olvidan!

Nos consuela la certeza de no estar solos. Jesús, el Resucitado, “camina sobre las olas” de ese mar embravecido, se hace cercano y nos invita a la esperanza.

Es en Él que debemos y podemos vislumbrar que la VIDA puede más. Pero… qué difícil se hace la fe en su presencia cuando vemos que la violencia se impone. ¿Cómo sostener la fe en los pueblos que están siendo masacrados por los poderosos? Ayer mismo lo hablaba con un sacerdote ucraniano. Me comentaba su desolación. Oremos hoy con el salmista: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.”