XIX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 7 al 14 de agosto de 2022

DOMINGO 7 de agosto  (Lucas 12, 32-48)

 

“Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá.”

Sobre nuestras cualidades personales existe una hipoteca social. Los dones que el Señor nos ha dado no están destinados a la autocomplacencia sino al servicio de la comunidad.

Somos depositarios de talentos de los que debemos dar cuenta ante nuestros enfermos y enfermas, ante nuestros colegas de trabajo, nuestras hermanas de comunidad, nuestras familias, la sociedad toda.

Podemos preguntarnos por nuestra responsabilidad personal y también eclesial. ¿Damos todo lo que podemos dar?

El Evangelio de hoy es una advertencia y a la vez un impulso. El Papa Francisco nos recuerda que  “quedarse encerrados en la comodidad, la flojera, la tristeza insatisfecha, el vacío egoísta”, (EG,  275) nos empobrece personal y comunitariamente.

 

 

LUNES 8 de agosto  (Mateo 17, 22-27)

 

“… págales por mí y por ti.”

Jesús podría haber hecho una proclama alta y clara de su filiación divina negándose a pagar el impuesto en cuestión. Prefiere buscar la verdad desde la reflexión compartida y esperar las condiciones necesarias de sus interlocutores.

La opción por el diálogo, la discusión amable y el respeto a los ritmos cognitivos, emocionales, culturales… de quienes piensan distinto, aparecen como criterios que orientan la propuesta y la vivencia del Evangelio.

El principio de fondo es el de la contextualización. La asertividad es tan importante como la flexibilidad y la capacidad de adaptación. No por ser claros en nuestro modo de pensar y de ser debemos llevarnos por delante  los ritmos de los demás.

 

 

MARTES 9 de agosto  (Mateo 25, 1-13)

 

“Os lo aseguro: no os conozco·”

La RAE define la prudencia como “Una de las cuatro virtudes cardinales, que consiste en discernir y distinguir lo que es bueno o malo, para seguirlo o huir de ello.” Los Escolásticos la definen como recta razón en el obrar.

En definitiva, obrar con clara conciencia y para ello es preciso cultivar el discernimiento, como actitud de base. Nos volvemos a encontrar, por tanto, con la llamada a asumir crítica y conscientemente nuestras vidas.

Se trata de algo que no podemos “pedir prestado” a nadie. Así lo revela la parábola. Ese “aceite” que permite la luz, debe ser nuestro,  un producto intransferible. Nadie puede discernir por nosotros, nadie puede controlar todas las variables que inciden en nuestras decisiones.

Vivir conscientemente y responsablemente no es algo transferible ni delegable. Ni siquiera en la vida religiosa, donde el voto de obediencia, mal entendido, podría ocultar una forma impersonal de asumir la propia biografía.

Mantener las lámparas de nuestras vidas con aceite suficiente para iluminar nuestras noches, es la imagen que nos propone la parábola de las diez vírgenes y que nos convoca a asumirnos como protagonistas de cuanto somos y realizamos.

 

 

 

MIÉRCOLES 10 de agosto  Juan 12, 24-26)

 

“Si un grano de trigo no cae en tierra y muere, seguirá siendo un grano único.”

Todo proyecto de vida tiene su precio. Cuanto más sublime, más vida reclama. Podríamos decir que la medida de nuestra entrega es proporcional a la misión que abrazamos. Los resultados también mantienen esa relación. Una vida centrada en las propias necesidades no deja rastro alguno. Por lo contrario, una vida expandida en la entrega, se multiplica.

Pero la muerte no genera vida por sí misma. Solamente lo hace cuando es fruto de un proyecto que opta radicalmente por dar vida. Así sucedió en Jesús de Nazaret, así continúa sucediendo en quienes le siguen.

 

 

JUEVES 11 de agosto (Mateo 18, 21-19,1)

 

“¿Cuántas veces le tengo que perdonar?

El perdón constituye una dimensión básica en nuestras vidas. Da respuesta a los desequilibrios que normalmente se dan en las relaciones interpersonales.

Perdonar puede implicar un largo recorrido de objetivación y ascesis personal. Ver con serenidad la verdad, reconocer las inconsistencias que están detrás de nuestros sentimientos de ofensa, de ira, de venganza, comprender al otro en sus propios procesos, aceptarlo y aceptarnos, dejarnos sanar, asumir el lento camino de reconciliación del corazón.

El perdón es uno de los rostros que tiene la misericordia, actitud y valor central en la vivencia de la misión como agentes de pastoral de la salud.

 

 

 

VIERNES  12 de agosto  (Mateo 19,3-12)

 

“Lo que Dios ha unido no debe separarlo el ser humano.”

El camino es “estrecho”, el mensaje no deja resquicios: optar por la indisolubilidad o bien por la continencia. Leer e interpretar este texto desde el contexto cultural en el que nos movemos resulta, como mínimo, complicado y comprometedor.

La postura de Jesús es transparente pero de difícil “digestión” para un pensamiento tolerante que ronda lo permisivo, desde una ética que llamamos humanista pero que puede esconder no pocos eufemismos.

Si alzamos la mirada y nos permitimos contemplar esta exigencia evangélica, sin enredarnos en los compromisos emocionales, descubrimos no pocos valores objetivos: la fidelidad y la perseverancia, afrontando y superando las dificultades del camino, son oportunidades de crecimiento personal, familiar, comunitario…

Al mismo tiempo, la misericordia con quienes no han podido sostenerse es la respuesta que no puede faltar.

 

 

 

SÁBADO 17 de Agosto  (Mateo 19, 13-15)

 

“No impidáis a los niños acercarse a mí.”

Recordamos la entrañable escena de Jesús acogiendo a los niños y amonestando a los suyos para que no pongan impedimento alguno.

¿No son acaso los más pequeños entre los pequeños los destinatarios de nuestra misión? ¿Qué significa dejar que se acerquen al Señor?

Visiones antropológicas opuestas a la atención espiritual, razones de tipo legal, valoraciones de sus deficiencias, temor a molestar a terceros… pueden interponerse en ese deseo expreso de Jesús de encontrarse con cada uno de ellos.

El Evangelio es claro: estamos invitados a ser facilitadores del encuentro del Señor con estos “pequeños”.