XXIV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 11 AL 17 de setiembre de 2022

DOMINGO 11 de septiembre  (Lucas 15, 1-32)

“El Padre le vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello…”

En estos tiempos en los que el perdón parece no tener lugar y en el que se impone la condena sin paliativos, el desprecio, el desprestigio, la Palabra nos presenta el rostro de un Dios que es MISERICORDIA.

La parábola del hijo pródigo nos permite confrontarnos con diversos personajes. Quisiera centrarme en el padre y su forma de perdonar.

Hacerlo de este modo implica salir en búsqueda de quien me ha ofendido, verle en su realidad, conmoverme ante su debilidad, acortar los tiempos del encuentro, estrechar distancias, demostrarle afecto…

Se trata de ser facilitadores del perdón, desde la conciencia de que no siempre es sencillo perdonar. El perdonar nos acerca a la imagen del Padre. Es don y también es tarea.

El Padre de la parábola nos señala un itinerario que puede iluminar el siempre difícil proceso del perdón y de la reconciliación. El Papa Francisco nos recuerda que el perdón es la forma más exigente del amor.

 

 

LUNES 12 de septiembre  (Lucas 7, 1-10)

“Señor, no soy digno de que vengas a mi casa, pero di una palabra y mi criado sanará.”

Quisiera detenerme en la importancia de la intercesión, en la necesidad de presentar a las personas atendidas para que Jesús les acompañe.

Me pregunto si esta actitud es frecuente entre nosotros o si más bien la rutina terapéutica nos hace olvidar que el Dios de Jesús de Nazaret es un Dios cercano y comprometido con el que sufre.

¿Oramos suficientemente por las personas con enfermedad que nos han sido encomendadas? La premisa es la misma que la vivida por el centurión: estimar, querer mucho a las personas acompañadas. Si la persona con enfermedad pasa a ser una más a quien aplicar el protocolo correspondiente, difícilmente llegaremos a preocuparnos por cómo se sienten, qué anhelan, qué temen, qué más podemos hacer por ellos…

Podemos decir que el centurión tenía “alma hospitalaria”. Había acogido a su criado, le había dado un lugar importante en su corazón, en sus afectos y por eso se preocupó sobremanera cuando enfermó.

Recojamos hoy la llamada a ser intercesores e intercesoras ante el Señor por la salud de quienes tanto queremos: las personas con diversas dolencias que acuden a nuestros centros.

 

  

MARTES 13 de septiembre  (Lucas 7, 11-17)

“Se acercó al ataúd, lo tocó y dijo…”

La narrativa de la resurrección del hijo de la viuda de Naín nos confronta con elementos significativos del itinerario terapéutico Hospitalario: saber ver al necesitado,  sensibilizarnos, detenernos, tocar, implicarnos, correr riesgos, contar con el otro, integrarlo… Podemos detenernos en el aspecto que más nos impacta.

El punto de partida consiste en ser capaces de ir más allá de la norma cuando está en juego el bien de las personas. Una actitud que puede resultar incómoda porque se convierte en una denuncia testimonial ante la pasividad o la protección que nos brinda el “cumplimiento del protocolo”.

La sensibilidad por los excluidos marca el itinerario de la Hospitalidad, “educa nuestra mirada, nos introduce en la com-pasión y nos promueve a la solidaridad.”

 

  

MIÉRCOLES 14 de septiembre  (Juan 3, 13-17)                                  EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

“Para que el mundo se salve”.

La de hoy es una celebración “anticultural”. Lo era en tiempos de San Pablo. ¡Un escándalo! Así también es vista la cruz en nuestros días.

En el documento del XX Capítulo General, las hermanas afirman que: “la experiencia de la cruz y el servicio hospitalario fortalecen nuestra opción, personal y comunitaria.”

No es posible vivir la acogida incondicional y el servicio a personas marcadas por el dolor psíquico, sin aceptar las renuncias que ello conlleva. La cruz, desde su profundidad evangélica, es escuela de Hospitalidad.

¿Cómo hacer para que la experiencia de la cruz sea fuente de fortaleza y no termine desmotivando el compromiso?

Formación en la espiritualidad Hospitalaria y acompañamiento parecen ser dos claves necesarias. ¿Estamos en ello? ¿Suficientemente?

 

 

JUEVES 15 de septiembre            NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

 “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre…”

La fiesta de Nuestra Señora de los Dolores nos ubica, con María, al pie de la cruz de su hijo. Ese hijo que perpetúa su presencia en los pobres, los sencillos, los sufrientes…

Y allí nos encontramos nosotros, llamados desde la Hospitalidad a “ser como sus madres”, contemplando en María el perfil más certero de aquello que estamos llamados a ser.

Como “sanadores heridos” la necesitamos cercana a nuestras cruces, al tiempo que nos sentimos llamados a estar presentes, como ella, junto a las personas que acompañamos.

María, ven con nosotros al caminar.

 

  

VIERNES 16 de Septiembre (Lucas 8, 1-3)

“Le acompañaban los Doce y algunas mujeres…”

Jesús integró entre sus seguidores a un grupo significativo de mujeres que colaboraban eficazmente en el desarrollo de la misión.  Fue un paso provocativo y anticultural orientado a una nueva propuesta de relación entre el hombre y la mujer.

A pesar de ello, tanto la reflexión como la vivencia eclesial de esa igualdad esencial, ha sido empobrecedora y contradictoria.

El Evangelio nos invita a reflexionar sobre el lugar de la mujer en la Iglesia en general y en la Hospitalidad en particular. Se trata de un aspecto a profundizar en sus vertientes de vida consagrada y laical.

El Papa Francisco, desde una mirada al Jesús de los Evangelios, afirma: “En la Iglesia hay que pensar en la mujer en esta perspectiva de decisiones arriesgadas, pero como mujer. Creo que todavía no hemos hecho una profunda teología de la mujer en la Iglesia. Sólo un poco de esto y de lo otro: lee la lectura, mujeres monaguillo, es la presidenta de Cáritas…Pero hay más. Hay que hacer una profunda Teología de la mujer».

 

 

SÁBADO 17 de Septiembre  (Lucas 8, 4-15)

 

“… oyen el mensaje, y lo guardan, y permaneciendo firmes dan una buena cosecha.”

La parábola del sembrador se reitera a lo largo del año litúrgico, evidenciando la importancia que tiene el valorar nuestras actitudes personales y comunitarias ante la Palabra.

Nos recuerda que el hecho de entrar en contacto con ella no garantiza fruto alguno. La agresividad del contexto socio-cultural, la falta de profundidad vital, el acoger intereses incompatibles con el seguimiento de Jesús, minan nuestras buenas intenciones e impiden que la Palabra genere y afiance en nosotros una vida en clave de evangelio.

¿Cómo volver fértil nuestra tierra para acoger la Palabra y dar frutos “permaneciendo firmes”? Nuestra cultura se distingue por lo provisorio, lo inmediato, lo pasajero…  Permanecer firmes en la Palabra, sostener su inspiración en nuestra conducta cotidiana implica superar esta tendencia a “vivir el instante”, sin reconocernos en camino…